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IZQUIERDA LIBERAL

Relato de una agresión nacionalista

No es nuevo. Desde hace años se siembra la intolerancia contra quienes no nos avenimos a formar parte de la cruzada nacional de Cataluña. El jueves 13 fueron especialmente graves el hostigamiento, los insultos y las agresiones contra Ciudadanos en la manifestación contra la Ley Catalana de Educación. Pero, insisto, no se trata de un suceso excepcional.

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Llegué a la manifestación a las 12 horas. La Calle Balmes ya estaba cortada a la altura de Ronda Universidad. Al fondo, la confluencia de ésta con Pelayo y Ronda San Antonio estaba abarrotada de gente. Una mañana soleada, y mayor éxito de lo esperado en la convocatoria. Al fondo, confundidos entre otros miles de manifestantes, vislumbré a mis compañeros de Ciudadanos. Enseguida me perdí en aquella maravillosa mezcla de maestros y estudiantes llegados desde diferentes ideologías a manifestarse contra la LEC. Un día festivo y lúdico, como suelen ser las manifestaciones relacionadas con la educación. Antiguos conocidos se encuentran de nuevo, se saludan y rememoran.
 
Mis compañeros me preguntan por nuestra enmienda a la totalidad contra la LEC, sustanciada el día anterior en el Parlamento. Me interrumpen, alguien me pide que explique a tres jóvenes de unos 16 ó 17 años por qué Ciudadanos está en la manifestación. No entienden cómo puede estar un partido como Ciudadanos en una manifestación como ésa. Me acerco, me muestran su extrañeza y les explico: "Porque defendemos una enseñanza pública de calidad…". Los chicos, muy educados, me miran con incredulidad. No me creen. Prefieren seguir pensando que somos los representantes de la ultraderecha. Y nos muestran su malestar. Quieren dar cuenta de la paradoja, pero son incapaces de metabolizar lo que les digo con la imagen previa que tienen de nosotros y los insultos que nos prodigan alrededor. Les reprocho: "Si da lo mismo lo que os diga, ¿para qué me preguntáis?".
 
Los chicos nos miran con desprecio, pero no pierden las formas. Aun así, quieren saber y vuelven a preguntar incrédulos qué hacemos allí. Educadamente. En ese momento irrumpe en nuestra conversación un señor canoso de cincuenta y tantos años. Muy violento: "Qué feu aquí, fatxes?"; y, dirigiéndose a los jóvenes, les recrimina: "Què feu parlant amb aquesta gent?". Vuelta a nosotros: "Foteu el camp de Catalunya, cabrons!". Varios compañeros a mi espalda tratan de hacerle razonar. Yo le miro a los ojos y le reprocho: "¿Le hemos tratado con mala educación para que nos trate de esta manera?". "Calleu, fatxes, us tenim ganes! M'enteneu? Ganes. Així que millor que calleu!".
 
Mis compañeros se indignan. Trato de calmarles. Los jóvenes insisten en que ellos no tienen nada que ver con el profesor que se ha acercado, ni con varios más que se han arremolinado en el mismo espacio. Les sigo atendiendo. Parece la única conversación civilizada que hay a lo largo de la pancarta de Ciudadanos que acabamos de desplegar: "Contra la LEC. Por una enseñanza pública de calidad y contra la discriminación" (en catalán y castellano). Ante ella se han concentrado jóvenes y adultos que profieren todo tipo de insultos: "Fora nazis, fora nazis", cantan. Quien ha empezado todo ha sido un profesor de unos cuarenta años mal encarado, de más de cien kilos y aspecto desgarbado. Logra incendiar a todos los jóvenes que hay a nuestro alrededor. Cada vez grita el estribillo con más violencia, mirándonos, escupiéndonos con los ojos, seguido por cientos de personas. Nos empujan, nos quieren expulsar físicamente de la manifestación.
 
No hay manera de razonar, ni de lograr que nos miren como a iguales. No aceptan nuestra presencia, la encuentran intolerable; y lo peor no es que lo digan a gritos: es que todo brota de sus rostros desencajados, henchidos de superioridad moral: "A la puta Espanya!, marxeu-vos!, nazis!, espanyols!". Ni un momento de duda, la percepción esperpéntica que tienen de nosotros está arraigada como la fe. ¿Cómo pueden tener una imagen tan distorsionada de Ciudadanos?
 
Su hostigamiento era la evidencia de un diálogo imposible: ¿cómo es posible que a quienes de entre nosotros más se empeñaban en hacerles entrar en razón, dirigiéndose a ellos en catalán, más culpables les hacían de querer acabar con dicho idioma? El mundo al revés: quienes nos trataban de nazis se comportaban como ellos. Sin matices, sin metáforas. Como nazis. En el lenguaje, con su intransigencia, en su desprecio, con su firme convicción de estar comportándose como buenos patriotas.
 
No eran unos cuantos piraos, una excepción anómala, ni siquiera se trataba de la locura inducida por un calentón o una borrachera de un grupo de tronados; ¡no!: era la atmósfera normalizada de la mayoría social que nos rodeaba. Una clase media ociosa y satisfecha de haber nacido en una nación mediterránea, maltratada por la pandilla de hijos de puta que se atrevían a reivindicar derechos en su propiedad. Ya no eran las ideas sostenidas por Ciudadanos, que también: lo que aborrecían era la identidad misma que los individualizaba como colonizadores. La misma identidad leprosa que hizo indeseables a gitanos, negros y judíos. Corten la historia por donde gusten y elijan.
 
Esa fobia no nace de la noche a la mañana, no explota en un momento de rabia, es el fruto de una educación. Alguien ha tenido que envenenar la mente de estos jóvenes para que sean incapaces de percibirnos como somos. Los lugares comunes mentales en que se movían los hemos visto y los vemos cada día a pequeñas dosis en TV3, periódicos comarcales, estadios de fútbol y escuelas. Incluso cuando un socialista en el Parlamento se desentiende de nuestros argumentos y nos llama falangistas. Innumerables irresponsables acarrean su granito de arena. Parece que no, pero hacen montón. A eso, Félix de Azúa lo llamó "pedagogía del odio".
 
Resistimos con coraje. La atmósfera de violencia lo impregna todo. Diez minutos antes se nos habían acercado muchos simpatizantes. Se sentían a gusto con nosotros. Algunos nos felicitaban y nos daban ánimos. Básicamente profesores. Incluso la asociación de catedráticos se colocó a nuestro lado, con dos pancartas. Pero enseguida nos fuimos quedando solos, bien visibles, remarcados por nuestra pancarta y media docena de banderas de Ciudadanos. Nos habían rodeado y todos habían preferido ahuecar el ala. Pintaban bastos.
 
Me di cuenta de que la situación se estaba volviendo peligrosa por momentos. Los insultos arreciaron. Los gritos eran ensordecedores: "Fora nazis, fora espanyols!", "Sou una merda, fora de Catalunya!", "Aneu-vos a Espanya!", "Sou polítics, no mestres, fora rates de Catalunya!"... No había diálogo posible, sólo insultos, sólo gritos y presión física contra la barrera de cuerpos humanos que sosteníamos la pancarta. Manuel, grande y ancho como un monte, y Alfonso, más grande aún, se sitúan inmediatamente delante de mí, temiéndose lo peor. Intimidan y consiguen que podamos respirar.
 
No nos dejaban avanzar, tampoco retroceder. Estábamos literalmente encinchados por docenas de jóvenes llenos de ira dispuestos a echarnos a hostias de la manifestación. Nunca vi tanto odio en la manera de escupir los insultos, los ojos inyectados de ira, ni una oportunidad al diálogo; como si todos hubieran esperado ese momento, a esa hora, en ese día y en aquel lugar, para linchar a las personas más abyectas de la tierra.
 
Temí por mis compañeros: muchos de ellos habían llegado a nuestras ideas con el nacimiento de Ciudadanos, muchos de ellos no eran conscientes del peligro real en el que estábamos, y todavía tenían agallas y dignidad para gritar "¡Libertad!, ¡libertad!, ¡libertad!". Allí había personas con dignidad que ponían épica donde ya sólo quedaba miedo y rabia.
 
La situación era literalmente insostenible. Miré a mi alrededor, sólo gritos y amenazas. Ni rastro de las fuerzas públicas de protección. Saqué el teléfono y llamé a mi asesora en el Parlamento. Alguien trató de arrancármelo de un manotazo. Estaba prevenido y sólo se encontró con el vacío. Logré contactar. El griterío la alarmó. Dos segundos. Nuevo intento. Logré darle nuestra posición. Lo intento con el jefe de prensa del partido. No lo encuentro, en ese momento vuela hacia Madrid. No hay un solo periodista que pueda intimidar a los agresores. Mientras tanto, al otro extremo de la pancarta la situación se ha vuelto insostenible. Empezaron a empujar, y de golpe un remolino de energúmenos se abalanzó sobre los que portaban nuestras banderas con puñetazos y patadas. José Antonio se resistió: recibió dos puñetazos en la cabeza y le dañaron la mano. Le sacaron como pudieron. Al día siguiente nos enteramos de que había tenido que ir al hospital por los golpes en la cabeza. La cámara que grababa la escena la destrozaron, como algunas gafas que rodaron por el suelo. Nos cayó de todo, mecheros y algún trozo de palo roto de los mástiles de las banderas. Incluso intentaron prender el cabello de una señora mayor.
 
Carmen salió ilesa, ayudada por Roig. Dueños del espacio, se abrió un claro, en medio del cual un joven exaltado desgarraba con rabia una de nuestras banderas, mientras el resto jaleaba el escarnio. Corrí hacia él y le arrebaté la bandera, mientras le gritaba quién era él para romper lo que no era suyo. Retrocedió y me la colgué del cuello. Instinto y razón me habían impulsado a la acción. Si se lo hubiésemos permitido, lo siguiente habría sido echarnos a patadas de la manifestación. Por unos minutos volvió la tranquilidad, aunque no se acabaran los insultos.
 
Ni rastro de los Mossos d'Esquadra. Volví a llamar. Ya estaban avisados, pero no aparecían. De hecho, no aparecieron hasta media hora más tarde, después de haber sido hostigados, agredidos y retenidos en la confluencia de las calles Pelayo, Ronda Universidad y Ronda San Antonio. Es decir, a escasos 25 metros de donde habíamos desplegado la pancarta. No nos habían permitido avanzar. Para cuando aparecieron los mossos por la Ronda San Antonio, la manifestación había desaparecido. Nosotros seguíamos retenidos en el mismo lugar. Sólo quedábamos treinta. Un numeroso grupo se había encargado de hacer un cinturón para impedirnos avanzar con el resto. Hasta interpusieron una furgoneta llena de carteles de Ustec-Estes, que hacía de servicio de orden, para cerrar la manifestación y dejarnos fuera de ella.
 
Los antidisturbios aparcaron en la Ronda San Antonio. Ni se bajaron de sus furgonetas enrejadas. Me tuve que dirigir a ellos, identificarme como diputado y pedirles por favor que nos garantizaran nuestro derecho a manifestarnos sin ser agredidos ni coaccionados. Al fondo de la calle, mis compañeros seguían acosados, empujados, acordonados. Nada. Una llamada. Ninguna intención de actuar. Volví con mis compañeros.
 
La presencia de los mossos, al fondo de la calle, mientras nosotros éramos vejados sin descanso, delante de toda su parafernalia antidisturbios, era una imagen patética. ¡Menudo Estado de Derecho!
 
El grueso de la manifestación se perdía ya por la vuelta de las Ramblas, nosotros a duras penas habíamos avanzado 50 metros. En un momento de respiro avanzamos la pancarta, sobrepasando la furgoneta que nos dejaba fuera de la manifestación. Ésta rugió y aceleró, pero no nos intimidó, logramos ponernos por delante. Nuevamente el acoso de los que nos frenaban el paso y de la furgoneta, que nos intimidaba desde atrás. Los mossos, ni se inmutaron. Me cabreé. Busqué al mando. "¿Es que no nos van a garantizar la marcha?". Me señaló el teléfono: "Tenemos órdenes de no intervenir si no hay una agresión". La contestación nos enfureció. O sea, ¿hasta que no nos rompan la cabeza, no intervendrán? "Lo siento, ésas son las órdenes. Mientras no haya agresiones, no podemos intervenir". Entendido. En la denuncia que pondría horas más tarde razonaba, ante las dos agentes que me envió al Parlamento Antonio Blanco, responsable de policía de Barcelona, lo siguiente: ¿debemos entender que si un mosso ve a unos desalmados acosando a una mujer en el parque no intervendrá hasta que la agreda sexualmente de verdad?
 
Habíamos entrado en Pelayo, y los furgones de los mossos nos seguían al fondo. Lentos, pero ahora avanzábamos. Si cualquier otro ciudadano, fuera de esa manifestación hubiera sido acosado, hostigado, insultado o retenido por otros ciudadanos, los mossos hubieran intervenido sin dilación. En la manifestación no intervenían porque, si lo hicieran, la prensa lo reseñaría. Mala cosa para un consejero de Educación que en una manifestación contra su proyecto de ley haya de intervenir el orden público; mala cosa para un consejero de Interior eco-socialista que confunde los antidisturbios con una floristería.
 
Con el claro de la confluencia Pelayo-Balmes-Vergara, la furgoneta de Ustec-Estes nos volvió a adelantar y a echar de la manifestación. Ya sólo éramos una estela al final de una reunión de cobardes. A la altura de la Puerta del Ángel optamos por plegar nuestra pancarta y dirigirnos directamente a la Plaça Sant Jaume por el atajo de la catedral. Esta vez sí, amparados por los mossos y agentes de la Guardia Urbana. Dimos esquinazo a los agresores y así llegamos a la plaza de la Generalitat, sin que nadie nos pudiera impedir que participáramos en una manifestación que trataba de defender la enseñanza pública, la calidad de la enseñanza y la igualdad de oportunidades para todos.
 
Por la tarde entré en el Hemiciclo con la bandera rota de mi partido colgada al cuello. Esperé a la primera votación y busqué allí mismo al consejero de Interior, Joan Saura. Me llevó a su despacho, me atendió correctamente y puso a mi disposición al jefe de policía de Barcelona. Di cuenta a ambos de la falta de medidas de seguridad y de lo que tardaron los mossos en llegar. Pero sobre todo les reproché la orden política de que las fuerzas del orden no actuaran, aun a pesar de que unos ciudadanos habían sido despojados de sus derechos.
 
A la mañana siguiente, Mari Cruz y yo denunciamos los hechos. Sabemos que hay cámaras de calle en la Plaza Universidad. La agresión no puede quedar impune. A esa misma hora, el grupo parlamentario de Ciudadanos presentaba una batería de preguntas. Estamos en un Estado de Derecho. Son nuestras únicas armas.
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