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Columna publicada el 17-10-2005
La última jugada de Pascual Maragall, este fin de semana, ha sido una más de una larga lista de gestos poco presentables en una actitud de servicio al ciudadano. Estarán conmigo que es mucho pedir que todavía los ciudadanos catalanes sigan confiando en sus políticos. Después del acuerdo con ETA en Perpiñán de Carod Rovira, después de la pésima gestión de la crisis del barrio del Carmelo, después del silencio informativo impuesto a los medios de comunicación en aquella polémica y después de las denuncias del 3%, ahora esta nueva batalla de Maragall coloca a la clase política catalana en su sitio: una casta cerrada, muy alejada de las necesidades ciudadanas y exclusivamente pendiente de sus propios intereses.
La polémica surgida el pasado sábado ante el intento de Maragall de colocar a su hermano Ernest en una consejería ha sido lo que ha provocado toda la revuelta. Es verdad que la polémica ha derivado hacia la capacidad del presidente del gobierno catalán por afrontar una remodelación. En este contexto hay que afirmar que efectivamente el jefe de un Ejecutivo es el único que tiene potestad para los cambios. Lo que ocurre es que en esta ocasión Pascual Margall se ha olvidado de tres detalles:
Primero. Maragall es presidente de un Gobierno muy endeble en su constitución; muy débil en su gestión; muy complicado en su funcionamiento. Dicho de otra forma, Maragall hace que manda donde no decide nada. Su situación políticamente es precaria y no puede enterrar su incapacidad de hacer y deshacer.
Segundo. El error que supone dar un golpe de mano en un Gobierno de estas características en el momento clave de la legislatura cuando la reforma del Estatuto está en Madrid y en vísperas del Debate de política general en Cataluña.
Tercero. Toda esta movida tiene un objetivo final que no es otro que colocar a su hermano Ernest en una Consejería. Aunque, todo hay que decirlo, no es la primera vez que esas "fidelidades familiares" surgen como el motor de la forma de hacer política en Cataluña.
En fin, la situación, la crisis surgida en Cataluña es tan poco explicable que quedan muchos interrogantes por responder. ¿Ha hecho esto Maragall para enfrentarse a Montilla? ¿Lo ha provocado para que Zapatero se moje? ¿Quiere provocar una situación de crisis ante el futuro de la reforma del Estatuto catalán? ¿Quiere Maragall romper con su partido? Sinceramente, la última del presidente catalán es muy poco explicable, a no que ser que sea la confirmación definitiva de que la política catalana forma parte de otro planeta. Un planeta donde los ciudadanos no tienen ni voz, ni voto. Por cierto: ¿qué dice Ernest de todo esto?

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