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Columna publicada el 25-06-2002
El Partido Popular ha anunciado que abre un período de reflexión en sus relaciones con los nacionalistas catalanes de CiU. Era previsible, sobre todo a la luz de las últimas actitudes del partido de Jordi Pujol. A nadie puede sorprenderle que los populares se hayan cansado de la estrategia cambiante, ambigua y temerosa que mantienen los convergentes desde hace ya algunos años. Los dirigentes del nacionalismo catalán, inmersos en la duda sobre su propio futuro y en los problemas internos que tiene toda federación política de estas características, llevan tiempo demostrando que sus alardes de grandeza de la anterior legislatura eran pura ficción. Hablaban y hablaban de su visión del Estado, de un importante sacrifico por el bien de todos y de esa teórica capacidad de colaboración con el Gobierno central; pero el tiempo nos ha enseñado que eran simples apariencias de una actitud que sólo utilizan cuando pueden sacar algo a cambio. Los hechos demuestran que los nacionalistas catalanes entienden la política como un mercadeo en el que adoptan posiciones de cierta prestancia cuando pueden obtener réditos.
Desde el inicio de la legislatura actual, cuando los ciudadanos enviaron a CiU a los “cuarteles de invierno” del Congreso de los Diputados, los nacionalistas catalanes han brujuleado sin dirección, timoratos ante cualquier responsabilidad política y evitando todo compromiso. Los convergentes han huido del Pacto Antiterrorista, se han escondido ante la Ley de Partidos, no han querido saber nada del equilibrio presupuestario y, ante la huelga general, se han refugiado en una posición que les ha situado junto al frente de los huelgistas. Tanta huida y tanto miedo a retratarse les ha llevado en algunas ocasiones a cambiar de posición sobre la marcha e incluso a votar de forma diametralmente opuesta en un mismo proceso legislativo. Han ejecutado un ejemplo de libro sobre la contradicción como forma de actuar y el miedo como sentimiento político.
Con este panorama, no resulta extraño que el PP anuncie un periodo de reflexión para estudiar la colaboración entre las dos formaciones. A esto habría que añadir que el Partido Popular va a estudiar, más bien, la “no colaboración” de los nacionalistas catalanes. Convergencia ha dado un ejemplo de egoísmo político, con el agravante de que, en el Parlamento catalán, CiU necesita de los populares para sacar muchas iniciativas adelante. La marcha de Pujol, la ausencia clara de liderazgo interno y la falta de cohesión entre “convergentes” y “unionistas” están comenzando a poner en duda un modelo nacionalista que parece tener fecha de caducidad. En esta actitud huidiza, quienes tienen más que perder son ellos. En Cataluña es seguro que no tendrán mayoría absoluta, y a este paso es muy complicado que en el futuro lleguen a tener peso especifico en Madrid. Y es que no entienden que en la política se puede pedir mucho, pero siempre hay que dar algo. El nacionalismo ha vuelto a demostrar que pedir, piden; pero no saben qué es eso de dar. Exigen y exigen, pero nada más. Ciertamente, es evidente su pobreza ideológica.

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