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El nombramiento de Pérez Rubalcaba, el pasado viernes, como ministro del Interior ha levantado una oleada de críticas. De entre las muchas bien razonadas, cabe destacar el que fuera portavoz del Gobierno de los GAL, que transgrediera el día de reflexión acusando al Gobierno de mentir, su entusiasmo ante el asalto de las sedes del PP el 13 de marzo y que impulsara las filtraciones a la Cadena SER que desestabilizaron aquellos tremendos días entre la matanza de Madrid y las elecciones. Críticas todas ellas evidentes y que, en principio, hacían suponer que el nuevo ministro del Interior iba a aterrizar en su departamento procurando aparentar prudencia y discreción.
Nada más lejos de la realidad. Rubalcaba ha irrumpido en el Ministerio con toda su maldad a cuestas, pasándose de frenada. En ese juego del actual ministro del Interior –un juego entre infantil y retorcido– ha dicho que algún día Rodríguez Zapatero y Fernández de la Vega contarán la verdadera intrahistoria de su nombramiento. Dicho y hecho. Los rumores se han disparado, y no es para menos. El que Rubalcaba, conocido por sus maquinaciones, sus filtraciones, sus mentiras a medias y sus mentiras completas, siembre esa duda en un nombramiento clave del gobierno es cuando menos una irresponsabilidad. Y más cuando todo el mundo sabe que el nuevo ministro del Interior no suele cometer errores, ni suele abrir la boca sin tener en cuenta la repercusión de lo que va a decir. Rubalcaba ha dicho lo que ha dicho sabiendo lo que decía y conociendo perfectamente los efectos posteriores. Hasta tal punto tiene trasfondo esta historia que el secretario de estado de Comunicación ha tenido que salir corriendo a corregir al nuevo ministro catalogando de broma lo dicho por Pérez Rubalcaba.
Pero lo dicho por Rubalcaba no es ninguna broma. El nuevo ministro, tal y como han reconocido distintos políticos nacionalistas cercanos al Gobierno, está siendo el muñidor de las negociaciones con los terroristas etarras. Está siendo el impulsor de las cesiones del Ejecutivo de Zapatero ante el terrorismo. Está siendo el maestro de ceremonias de la claudicación. Rubalcaba lo sabe todo y más. Y por lo tanto no debería permitirse ningún brindis al sol. El ministro no debería de jugar así con los ciudadanos.
Ya tiene suficiente con ser el elemento clave de la rendición como para que ahora se burle de tantos millones de personas que han sufrido durante décadas la lacra del terrorismo. En especial, el ministro del Interior debería de guardar un mínimo de compostura hacia las víctimas del terrorismo, los familiares de las víctimas y aquellos ciudadanos que siguen siendo potenciales objetivos de los etarras. Y si eso es incapaz de hacerlo, lo menos que podría hacer es callarse. Y en todo caso, que sea consciente de que los españoles tenemos el derecho y él la obligación de contarnos esa intrahistoria tan misteriosa y tan maquiavélica. Rubalcaba, si tiene un mínimo de responsabilidad, lo debería de explicar. Hasta que no lo haga está en deuda –más todavía– con todos los ciudadanos.
Además, ¿a qué viene esa "gracieta" sobre el Partido Popular? Rubalcaba ha dicho que "no sabía" si la oposición se merecía recibir información sobre la situación del alto el fuego etarra. Bromas, las justas. Y en este tema, ninguna. Aunque cabría preguntarse por qué los populares no han respondido a esa ofensa de Rubalcaba a sus millones de votantes. Será que están de vacaciones.

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