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Después de ver a la vicepresidenta del Gobierno tan alterada como ha estado en la sesión de control en el Congreso, sólo cabe concluir que esta señora esta superada por los acontecimientos. Hasta ahora se había dicho que De la Vega era el rostro de la constancia, del trabajo y de la eficacia del Gobierno, algo que se puede poner fácilmente en duda, pero que al menos es defendible. Pero lo que está claro es que no es el rostro de la educación, la corrección y el equilibrio. Ya no es que esté nerviosa; está simplemente desquiciada.
La imagen que ha ofrecido De la Vega en la sesión de control al Gobierno es la de una vicepresidenta al borde del colapso, rebasada por los acontecimientos y asediada por sus propios errores. Pero lo que no es de recibo es que trate de solucionarlo abroncando a quienes se limitan a hacer una crítica política, tal y como debe hacer cualquier oposición. Ya está bien de fabular sobre la maldad de los demás y la inextinguible bondad propia. Debería asumir alguna responsabilidad alguna vez, que es ella quien está en el Gobierno.
Los ciudadanos no tenemos la culpa de que el Gobierno haya convertido España en un coladero de inmigrantes, ni de que hayan iniciado un proceso de rendición ante ETA, ni de que a Zapatero le haya salido mal la OPA sobre Endesa, ni de su ridículo permanente en la política exterior, ni de la penosa gestión de los incendios de Galicia, ni de que se sientan acorralados por el 11 de marzo después de que la versión oficial haya saltado por los aires. No tenemos la culpa de nada de eso. De modo que lo mínimo que cabría esperarse de quien ostenta esa fama de trabajo y eficacia, seguramente sólo por contraste con sus compañeros de ejecutivo, es que deje de abroncar a la oposición y sea más eficaz. Los españoles, que somos de buen conformar, nos contentaríamos con eso.
De la Vega ha estado este miércoles muy fuera de su sitio. Muy nerviosa. Histérica. Son tantos los frentes abiertos que se siente superada por los cuatro costados. Pero estarán conmigo en que el hecho de que la vicepresidenta sea incapaz de defender sus políticas con argumentos, y sustituya las razones por gritos, no deja de ser un síntoma de que al Gobierno le va muy mal. Además, ahora con el 11-M y las nuevas investigaciones es comprensible que el Gobierno esté de los nervios. Pues esto no ha hecho más que empezar, de modo que será mejor que no griten, que van a llegar al final sin voz.

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