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Columna publicada el 28-03-2005
El guerracivilista Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero esparce el odio de las dos Españas. Cuanto más fractura haya, menos importará saber lo que ocurrió el 11-M a una buena parte de la población. El aparato de propaganda de ZP funciona a todo gas y toca los resortes sentimentales con precisión quirúrgica. Las riendas las lleva María Teresa Fernández de la Vega bajo las órdenes directas del presidente junto con una comisión interministerial ad hoc.
Empezaron con el homenaje a Lluis Companys, van por la estatua de Franco y acabarán convirtiendo en un aquapark el valle de los Caídos, y si no, al tiempo. En teoría, la comisión gubernamental trata del estudio de las víctimas de la guerra civil y del franquismo. En la práctica, se pretende remover las entrañas contra la derecha acusándola de intolerante, fascista, clasista y antidemocrática para dejarla fuera de juego durante largo tiempo.
Pienso enviar a los comisionados la traducción del impresionante libro de Felix Schlayer “Un diplomático en el Madrid rojo”. La obra, publicada en alemán en 1938 por la editorial Herbig resulta estremecedora de principio a fin. Se trata del relato de primera mano del cónsul noruego durante el primer año de la guerra en la capital de España.
No son referencias históricas, es el testimonio espantado de quien salvó a cientos de españoles “del paseo”; de quien vio con sus propios ojos las zanjas con los miles de cadáveres acumulados en el noviembre trágico de Paracuellos y en el Castillo de Aldovea; de quien visitaba a diario las checas de “Fomento 9”, de Atocha, las cárceles Modelo, la de San Antón, Porlier o la de mujeres de la calle Conde de Toreno, donde se hacinaban millares de personas cuyo único crimen fue no ser de izquierdas; de quien habló constantemente con el Gobierno para que impidiera aquel horror, en definitiva, de todo un testigo de cargo.
Sin juicios, sin tribunales de justicia, sin la menor dignidad fueron asesinados uno a uno y rematados con saña y odio en una crueldad infinita por millares, hombres, mujeres, niños y religiosos con el conocimiento expreso del gobierno del socialista Largo Caballero, beneficiario directo del terror. El valor histórico de las aportaciones de Schlayer resulta impresionante: transcribe incluso la descripción exacta de la conversación mantenida junto con el delegado de Cruz Roja Internacional con “la nueva autoridad policial, con quien tuvimos una conversación muy larga” para advertirle de las masacres en masa que se habían iniciado. Esa autoridad era Santiago Carrillo.
Recibimos toda clase de promesas de buena voluntad y de intenciones humanitarias con respecto a la protección de los presos y al cese de la actividad asesina. Él (Carrillo) pretendía no saber nada de todo aquello, cosa que me parece inverosímil. A pesar de todas las promesas, aquella noche y al siguiente día continuaron los transportes de presos que sacaban de las cáceles sin que Miaja ni Carrillo se creyeran obligados a intervenir. Y entonces sí que no podían alegar desconocimiento ya que ambos fueron informados por nosotros.
Lo cierto es que las “sacas” continuaron durante un mes. Ignora Schlayer quien dio la orden de las matanzas pero su testimonio resulta vital para desmentir a un Carrillo que en sus memorias reconoce la entrevista con el diplomático noruego aunque afirma que nada supo sobre los asesinatos masivos. Miente Carrillo. Y si a la comisión de ZP no le basta con el testimonio directo de Schlayer que lea a Cesar Vidal y a Pío Moa.

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