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Telepresidencia

El planteamiento de Puigdemont sirve para poner en cuestión algunos de los principales rasgos de la democracia.

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Carles Puigdemont, líder del plasma | EFE

En medio de la deserción de muchos de los integrantes profesionales de las cada vez menos prietas filas del secesionismo catalán, la brumosa figura del huido Carles Puigdemont mantiene una presencia cimentada en las tecnologías vinculadas a la imagen. A través de las diferentes telepantallas, el verbo del gerundense llega puntualmente a sus más arriscados seguidores, aquellos capaces de ver heroicidad en el abandono de la patria oculto en un maletero, los mismos que entienden como penitencia la regalada vida del expresidente en Bruselas.

En este contexto, mientras el plazo para constituir el nuevo gobierno de Cataluña se va agotando, don Carles maniobra para conseguir ser investido presidente in absentia. O lo que es lo mismo, sabedor de que si se personara en el hemiciclo barcelonés para postularse como candidato al más alto cargo político de Cataluña sería detenido, pretende revestirse de su antigua autoridad sin pasar por tan delicado trance. Tal posibilidad ofrece, no obstante su evidente oportunismo, un interesante motivo de reflexión en relación a los parlamentos, muchos de los cuales se alojan en arquitecturas decimonónicas de aromas clásicos. Concebidos para el ejercicio de la elocuencia, con la tribuna de oradores como foco principal, los escalonados salones han ido convirtiéndose, fieles reflejos de la partitocracia reinante en España, en un lugar en el cual los diversos bandos exhiben su sectarismo, también llamado "disciplina de voto". Una obediencia tan obscena, que a menudo ofrece la imagen de un maestro de ceremonias que, brazo en alto, indica a los autómatas de su parcialidad el botón que han de pulsar para sacar adelante la iniciativa de turno.

Teniendo todo esto en cuenta, el planteamiento de Puigdemont, más allá de los objetivos personales y programáticos que esconde –el medro personal y el proyecto de voladura de la Nación española mediante el robo de una parte de su territorio-, sirve para poner en cuestión algunos de los principales rasgos de la democracia de mercado pletórico que funciona razonablemente en España tras las décadas de acumulación capitalista posibilitadas por el franquismo. En definitiva, el sistema puesto de largo en 1978 funciona razonablemente para amplios sectores, hasta el punto de que las alternativas ensayadas, apoyadas en aventuras personales o en la interpretación de la sacrosanta voz del pueblo, sencillamente no han podido. Cimentada sobre una calculada ambigüedad favorecedora de determinadas regiones y oligarquías económicas e ideológicas, la Constitución española ha dado frutos tan logrados como el del compatriota Puigdemont, imaginativo y desleal, pero en ningún caso despreciable políticamente, por cuanto representa a muchos españoles deseosos de dejar de serlo para, dicen con candorosa ingenuidad o altas dosis falsa conciencia, "decidir su futuro".

Enfrentado a otras facciones del catalanismo unidas por su hispanofobia, superviviente a su quema en efigie por parte de algunos de sus compañeros de viaje cada vez más ansiosos de sustituirle, Puigdemont representa una alternativa a la opción plañidera y sentimental del beato Junqueras que consume sus días en Estremera enviando epístolas transidas de cursilería. Lejos del tedioso patio de la cárcel mesetaria, el de Amer encarna la esperanza de una internacionalización del conflicto, todavía precaria, cuyo futuro pasa forzosamente por mantener la tensión gracias a un mundo digital que ha sustituido al vegetal, representado por los ya inexistentes pasquines y carteles cuya pegada nocturna es más bien simbólica y, en todo caso, ecológica. Sin embargo, y a pesar de que todos sean conscientes de tal desplazamiento tecnológico, la presencia corpórea sigue siendo manteniendo cierto prestigio, acompañado de cierto fetichismo, entre las gentes de la política, tan pendientes de los finis operantis como de los finis operis. No en vano los atributos personales de cada candidato constituyen a menudo algunas de sus mayores fortalezas en un mundo político cada vez más homologado en lo discursivo. Ante las enormes semejanzas programáticas de las diferentes marcas, un flequillo, un bigote, una coleta o un color de piel particular, siguen operando, ya para atraer ya para repeler, en el momento en el cual el elector acude a escoger su mercancía en un escaparate político a menudo tallado bajo el canon demoscópico. Pese a todo, y pues los candidatos, en su pulcritud o desaliño, son cada vez más producto de una estudiada mercadotecnia, la opción barajada por Puigdemont plantea oportunamente una pregunta: ¿es imprescindible su presencia en carne mortal o basta con una presencia virtual?

Pregunta que corre pareja a las acciones realizadas durante años por el aparato paradiplomático de la administración catalana, aquel, invisible en el Principado, al que se destinaron ingentes cantidades de dinero que buscaban comprar voluntades, encontrar cómplices avecindados muy lejos del Parque de la Ciudadela, algunos de los cuales han podido colaborar con el bando golpista gracias a sutiles plataformas digitales. En estas circunstancias, la posibilidad de que se llevara a cabo una teleinvestidura, por más extravagante que parezca, cobra fuerza una vez agotados los subterfugios legales para excarcelar a Junqueras. Convertido en El Ausente, el empecinado Puigdemont ha propiciado una pugna en relación a la confección de una mesa, la del Parlamento de Cataluña, que soporta el tapete sobre el que se desarrolla el sordo juego de tahúres previo a una eventual telepresidencia, sólo sería posible tras un cambio de reglamento que colmaría los anhelos de Puigdemont quien, a 1.400 kilómetros de distancia del escenario de su acción de gobierno, convertiría en institución aquella tan criticada aparición en plasma de Mariano Rajoy.

Acaso el mayor valor del propósito de Puigdemont, más allá del mesianismo que siempre albergan los proyectos liberadores, por más delirantes que estos, como es el caso, sean, es mostrar la verdadera naturaleza de la democracia representativa, tan dada a la reelaboración de la geometría electoral en virtud de los pactos de gobernabilidad que suceden a las urnas. Un sistema que, pese a sus límites, se enfrenta a la pretendida pureza del asamblearismo, tan facilitada en la actualidad gracias a los dispositivos electrónicos que acercan a la yema de los dedos la posibilidad de participar en política, pero cuyo vigor se desvanece en el momento en el que los ciudadanos deciden no involucrarse constantemente en las tomas de decisión. Frente al influjo democrático ofrecido por una tecnología que permite al elector mostrar inmediatamente sus preferencias con la simple incorporación de su firma, corre paralelo el desistimiento forzado no sólo por el tedio, sino por la ignorancia ante cuestiones cada vez más técnicas y sofisticadas. Un dilema que, como el viejo Platón supo ver, tan sólo lo deshace la vanidad. Desengañado con la democracia ateniense que suministró cicuta a su maestro Sócrates, el de Atenas escribió:

Yo opino, al igual que todos los demás helenos, que los atenienses son sabios… Cuando nos reunimos en asamblea, si la ciudad necesita realzar una construcción, llamamos a los arquitectos… si de construcciones navales se trata, llamamos a los armadores… pero si hay que deliberar sobre la administración de la ciudad, se escucha por igual el consejo de todo aquel que toma la palabra… y nadie le reprocha que se ponga a dar consejos si no ha tenido maestro.

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