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Discriminaciones

El próximo mes de julio tendrá lugar en París un festival afrofeminista en el que los blancos tendrán prohibida la entrada.

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Stefan Zweig contó en su extraordinario El mundo de ayer cómo su anciana madre, desde el Anschluss, no pudo volver a sentarse en los bancos del parque, ya que la nueva legislación reservaba el uso de los bienes públicos a los ciudadanos alemanes, condición de la que ella carecía por ser judía. Y cuando poco después falleció con sus hijos ausentes, su sobrino no pudo acompañarla en sus últimos momentos, junto con la enfermera, porque la ley, en evitación de contactos sexuales inadecuados, impedía que un judío pasase la noche bajo el mismo techo que una aria. Otro caso curioso de discriminación en la Alemania de la Segunda Guerra Mundial fue el de los refugios antiaéreos, pues judíos y arios no pudieron usar las mismas instalaciones, por lo que cada uno tuvo que correr a la que le correspondiese dependiendo de su condición. Así les sucedió, por ejemplo, al eximio filólogo Viktor Klemperer y a su mujer, obligados a separarse en cada bombardeo.

Los judíos han sufrido discriminación prácticamente en todo tiempo y lugar, al parecer incluso en alguno tan insospechado como la Canadá de los años 30. Porque, según sorprendentes declaraciones efectuadas recientemente por el prestigioso arquitecto Frank Gehry, los judíos canadienses debían llevar una estrella amarilla en la chaqueta y sufrir que a los niños les pegaran sus compañeros de colegio por haber matado a Jesucristo.

La historia de las discriminaciones por color de piel, tamaño de la nariz, filiación étnico-religiosa u otros motivos daría para un voluminoso catálogo de anécdotas a mitad de camino entre lo odioso y lo ridículo. Los irlandeses, por ejemplo, tienen clavado en el corazón el "No Irish need apply" ("Irlandeses abstenerse") con el que, en la Inglaterra decimonónica y sobre todo en los Estados Unidos, se avisaba a los de esa nacionalidad de que no eran bien recibidos. Y los falashas, israelíes de piel oscura y origen etíope, no acaban de considerarse completamente integrados entre sus compatriotas de piel blanca, muchos de los cuales los miran por encima del hombro por no considerarlos auténticos descendientes de las doce tribus de Israel.

También están, evidentemente, unos negros estadounidenses que tuvieron que esperar hasta bien entrada la década de los sesenta para ver derogadas las Jim Crow Laws, que, desde el final de la Guerra de Secesión, habían establecido todo tipo de discriminaciones en colegios, universidades, prisiones, tribunales, viviendas, baños públicos, cabinas de teléfono, salas de espera, bibliotecas, bares, restaurantes, hoteles, hospitales, manicomios, coches fúnebres, cines, comedores de empresa, piscinas, parques, autobuses, trenes, fuentes públicas, barberías, cementerios…, además de la prohibición más importantes de todas, la de mantener relaciones sexuales con blancos, convivir con ellos y, por supuesto, casarse. Por todo ello pudo declarar el celebérrimo Jesse Owens:

Cuando regresé a mi país natal, tras todas las historias sobre Hitler, no pude sentarme en los asientos delanteros del autobús. Tuve que entrar por la puerta trasera. No pude vivir donde quise. No fui invitado a dar la mano a Hitler, pero tampoco fui invitado a dar la mano al presidente en la Casa Blanca (…) Hitler no me despreció; el que me despreció fue nuestro presidente. Ni siquiera me envió un telegrama.

Por supuesto, el régimen segregacionista ejemplar fue el surafricano, más restrictivo de los derechos de los negros que cualquier otro: hasta las playas, las paradas de autobús y las salidas del metro estuvieron divididas para que no se mezclaran en ellas los blancos y los negros. Sin embargo, los crímenes perpetrados por negros contra otros negros dejan muy pequeños, en cantidad y calidad, a los del apartheid. Además, la mayoría de ellos encajan en lo que en Europa se llamaría racismo, pues sus motivos son de índole étnica: por ejemplo, el genocidio de los tutsis a manos de los hutus en la Ruanda de 1994. Jean-François Revel, en su clásico El conocimiento inútil (1988), denunció la hipocresía de los occidentales cuando denunciaban el apartheid pero guardaban silencio ante los crímenes cometidos por otras razas por motivos igualmente racistas:

Las personas que defienden los derechos del hombre en un caso y no en los otros se descalifican a mis ojos por esta misma selección. Los derechos del hombre son universales o no son. Invocarlos en un caso y silenciarlos en otro prueba que se están burlando de ellos y que se utilizan como armas políticas con vistas a objetivos que les son ajenos.

En España, naturalmente, tenemos nuestras variedades locales. Por ejemplo, el padre de la variedad vasca fue el inconmensurable Sabino Arana, que propuso mantener la pureza de la raza "haciéndole aborrecible al español la vida en Bizkaya por medio del desprecio y el aislamiento".Y sobre los pocos españoles a los que se permitiría vivir en la Euskadi independiente estableció lo siguiente:

Como extranjeros, estarían siempre aislados de los naturales en aquella clase de relaciones sociales que más influyen en la transmisión del carácter moral, cuales son el culto, las asociaciones, la enseñanza, las costumbres y la amistad y trato.

Sus colegas catalanes no quedaron rezagados. Por ejemplo, en L’Estat Català, el periódico de Macià, pudo leerse esto el 15 de abril de 1923:

No sirve de nada que los hombres se dispongan a defenderla [la tierra] si una mujer la regala. Es preciso que la mujer catalana se imponga como primer deber patriótico el no tener amor por ningún enemigo natural de su patria. Para una mujer catalana sólo un patriota catalán como marido. Es preciso infiltrar a la mujer catalana una máxima repulsión por toda unión que además de entregar al enemigo tierra y bienes catalanes, venga a impurificar la raza catalana.

Regresando a nuestros días, no queda más remedio que constatar que el ser humano es un mal bicho poco dado a aprender de sus errores. Pues el último berrido en materia discriminatoria, en este caso bendecido por la Santa Madre Iglesia de la Corrección Política, es el racismo antiblanco, también llamado en el mundo anglosajón racismo inverso.

En Suráfrica y Zimbabwe, como revancha histórica singularmente sangrienta, los blancos llevan décadas pasando las de Caín sin que casi nunca se hagan eco de ello los medios de comunicación. Uno de los ejemplos más inocuos es el de que el himno Dubula ibhunu ("Matad a los blancos") fue declarado inconstitucional en 2010, pero el Congreso Nacional Africano, partido de Nelson Mandela, ha recurrido la sentencia.

Sin embargo, son los Estados Unidos, como casi siempre, los encargados de marcar tendencia. Además de la ya vieja polémica sobre la affirmative action y del indisimulado supremacismo negro de grupos como Black Muslims y Nation of Islam, he aquí un ejemplo entre mil: el profesor de filosofía de la Universidad de Texas Tommy Curry ha levantado cierta polvareda hace unas semanas al declarar que "para ser iguales, para liberarnos, habrá que matar a algunos blancos".

Saltando el charco, el próximo mes de julio tendrá lugar en París un festival afrofeminista en el que los blancos tendrán prohibida la entrada. Ante las protestas tanto del Frente Nacional como de SOS Racismo, la alcaldesa Anne Hidalgo anunció hace unos días que solicitaría la prohibición del festival por discriminatorio. Pero al día siguiente anunció que se había llegado al compromiso con los organizadores de que mientras que en los lugares públicos no habría prohibición para los blancos, en las reuniones celebradas a puerta cerrada sí. Lo que es lo mismo que aceptar el apartheid antiblanco en Francia siempre que se limite a lugares cerrados.

Entre cosas como ésta y el terrorismo islamista, luego habrá quien se extrañe de que aumente el apoyo al Frente Nacional.

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