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Últimamente, porque aquí todo ocurre a última hora, se escucha que los socialistas andaluces han decidido que son una "realidad nacional" porque no quieren quedarse atrás en la reordenación territorial. La idea es que las competencias adquiridas por la Generalitat se deben al "reconocimiento" de Cataluña como nación, por lo que la Comunidad Autónoma que quiera tener el mismo nivel de autogobierno y financiación debe anunciarse como un ente, realidad o identidad nacional.
En esta argumentación socialista no sólo cabe la dudosa pretensión de que Andalucía va a estar mejor económica y socialmente con la nueva realidad nacional catalana. Es que, además, supone la recreación de un principio erróneo: la descentralización responde únicamente al reconocimiento de las "realidades nacionales".
La descentralización no requiere ir repartiendo cartas de nacionalidad a cualquier ente territorial que así la reclame. Es decir; Andalucía puede tener tantas competencias como un Estado federal sin necesidad de que se inventen una nación, ni un Padre de la Patria, un idioma, o un pasado mítico plagado de héroes y opresores.
La sociedad española ha admitido como dogma de fe que la descentralización tiene el objetivo de que las "realidades nacionales" tengan las competencias que como tales les corresponde. Lejos queda aquello de acercar el gobierno al ciudadano, mejorar la gestión de lo público o modernizar la administración. No; la descentralización se ha considerado un calmante, un analgésico para los nacionalismos. La consecuencia es que toda Comunidad que quiere incrementar sus competencias ha de recrear un discurso y reivindicación nacionalistas, convirtiendo a su territorio en una "realidad nacional". Así, se sigue el juego a unos nacionalistas que no quieren más autogobierno, sino todo el gobierno. De hecho, ERC se va a abstener en el referéndum sobre el Estatuto que ellos mismos han hecho.
Porque ya no se concibe, en la España de hoy, una descentralización política y administrativa que no suponga la quiebra de la españolidad. Sólo se puede estar al día en la vida política actual reclamando un mentido doble patriotismo, una nacionalidad histórica imaginada, o una realidad nacional distinta a la española.
Pero no pasa nada. Frente al fundamentalismo nacionalista se ha instalado el más puro "indeferentismo", el qué más da, el qué importa. Eso sí. Uno dice que los hombres de la Transición se equivocaron, que el principal obstáculo para nuestro desarrollo es este Estado de las Autonomías indefinido, tembloroso y herido, y se convierte en un "hombre preconstitucional". Si uno dice que los nacionalismos son anacrónicos, fantasiosos y totalitarios, le grapan la vitola de "preconstitucional". Y si argumenta que la colaboración con ellos no los integra en la democracia contemporánea, sino que les da poder para conseguir sus objetivos, ha reafirmado su carácter "preconstitucional". Puede ser cierto, porque la libertad y la democracia son valores y principios que existían en el planeta Tierra mucho antes que la Constitución de 1978, incluso antes que alguna "realidad nacional".

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