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Columna publicada el 28-04-2004
Nos hemos quedado sin una política exterior. Esta es la evidencia del falso debate sobre la retirada de las tropas españolas de Irak. Zapatero insiste en contestar con política restrospectiva a preguntas sobre el futuro internacional. Las buenas intenciones y las frases hechas pueden valer para una campaña electoral que evite la responsabilidad y apele al voto emotivo, pero no son el contenido de una política internacional.
La alianza con los EE.UU. que llevó a cabo el Gobierno Aznar supuso, en cambio, la definición de unos objetivos internacionales que marcaban firmemente la posición de España ante la democracia, el terrorismo y la implicación sincera y directa en su resolución. El compromiso de aquel Gobierno para criticar y obstaculizar a las dictaduras en defensa de los derechos individuales, fue sólida, y convirtió a nuestro país en aliado preferente de los EE.UU. La democracia no se entendió como un fin en sí mismo, sino como el medio imprescindible para el reconocimiento y garantía de los derechos de la persona. El terrorismo se interpretó, sobre todo a partir del 11 de septiembre, como la prueba final del desafío del totalitarismo a la democracia, y la actuación práctica, no retórica, fue la consecuencia natural de tal pensamiento.
Implantar la democracia en Irak, como lo fue en Japón tras la Segunda guerra mundial, no era cuestión de ganar una batalla, de unos meses o de una fecha; sino de establecer los mecanismos necesarios para el funcionamiento de dicho régimen, en un país que carecía de historia liberal y democrática. El nacionalismo y el socialismo fracasaron en Oriente Medio –sí, también allí– en el establecimiento de democracias, alimentando, por el contrario, el surgimiento de un nuevo totalitarismo enemigo de la libertad dentro y fuera de sus fronteras: el islamismo integrista. Este planteamiento político y religioso sustenta al terrorismo internacional y, si bien Sadam Husein no estaba relacionado directamente con Ben Laden, sí cobijaba y financiaba el terror palestino. Y Palestina se ha convertido en el símbolo y el origen de este movimiento. Democratizar Irak era una primera fase en un plan más ambicioso, que consistía en cambiar los regímenes de Oriente Medio. Se esperaba un efecto en cadena, a medio plazo, para que Siria y Jordania, principalmente por ser los países más moderados, iniciaran transiciones a la democracia. La democratización de la vida política en aquella zona, se pensaba, sería un elemento más para acabar con el terrorismo islámico. Esto exigía un esfuerzo militar y material constante, un esfuerzo real en la reconstrucción del país y un apoyo a los sectores demócraticos iraquíes.
El repliegue de las tropas españolas no sólo rompe esta política y da al traste con la credibilidad de España y la alianza preferente con los EE.UU, sino que es un pasó atrás en la democratización de Irak, de Oriente Medio, y, en definitiva, en la lucha por el respeto a los derechos individuales. Este vacío, y este retroceso, no se pueden llenar con la nueva pretendida política exterior socialista. La paz y el “diálogo entre los pueblos” no son fines, son medios para mejorar la vida de las personas. Y a estos medios, además, los socialistas no los han definido ni han dado un mínimo contenido.
El debate sobre el repliegue de las tropas debía haber servido para que el nuevo Gobierno detallara, no solamente las razones de tal decisión, sino su futura política exterior. ¿Cómo, a partir de ahora, se va luchar contra el terrorismo internacional? ¿Qué acuerdos internacionales va a proponer el nuevo Ejecutivo y en qué foro, después de haber perdido la posición privilegiada y fuerte que se tenía con la anterior política exterior? ¿Qué hará el Gobierno si hay una resolución de la ONU en el sentido que Zapatero exigía antes de las elecciones? ¿Qué postura se va a adoptar frente al conflicto que existe en Irak? ¿Hasta cuándo van a estar las tropas españolas en Afganistán? La respuesta a todo esto no puede ser, sin más, sin contenido ni postura propia, “diálogo entre los pueblos”.
Zapatero insiste en que tiene un Gobierno soberano, que ha actuado por y para los españoles. Esto es, es el viejo eslogan que en nuestro país compartieron los intransigentes y exclusivistas: “España para los españoles”. Volvemos a la introversión de tiempos pretéritos y peores, que se tradujó en un rancio ensimismamiento, o un desempeño, modesto, del papel de escribano del ministro de Asuntos Exteriores francés. Sólo falta la manifestación en la Plaza de Oriente, convocada por la “Plataforma Cultura Contra la Guerra”, con aquello que se decía en la España franquista de principios de los años cincuenta: “Si ellos tienen UNO –la ONU en inglés–, nosotros tenemos DOS”.

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