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No es un capricho del "Gran Satán". No es un antojo de Estados Unidos y de los gobiernos europeos de derecha el que el Consejo de Seguridad de la ONU haya dado un ultimátum para que Irán deje su programa de enriquecimiento de uranio. La razón es bien simple: no armar a un Estado, el iraní, en el que no se confía como promotor de la paz, sino todo lo contrario. Resulta más que lógico impedir que un país cuyo gobierno está detrás de Hezbolá y desea públicamente la desaparición de Israel, posea la tecnología nuclear suficiente como para ponerla al servicio de la guerra.
Si la ONU ha establecido sus propias normas y canales de presión, sus interlocutores y plazos, ¿a qué viene que un enviado del gobierno español, sin mandato alguno de las Naciones Unidas, se presente en Teherán para darle la razón a Ahmadineyad? La fuerza de un organismo internacional está no sólo en su poder militar –de lo que habría mucho que hablar– sino en que su voz, sus resoluciones y ultimátum se conviertan en la única voz de sus miembros. Así se le confiere autoridad y respetabilidad. Y esto lo deberían saber todos los que sostuvieron, y se aprovecharon, del "No a la guerra".
Ahora que las potencias parecen moverse a través de la ONU, de la legalidad, para mantener el status quo en Oriente Medio, no es inteligente la intervención unilateral de España en la cuestión. El Consejo de Seguridad dice que Irán debe detener su programa nuclear, pero Felipe González y Máximo Cajal dicen lo contrario. Y no dan la razón a Ahmadineyad porque el enriquecimiento de uranio sea para fines pacíficos, porque de ser así, Máximo Cajal no habría dicho que es lógico que Irán tenga la bomba atómica si sus vecinos la tienen. El gobierno español defiende la "Alianza de Civilizaciones" –una idea nacida, por cierto, en Irán– pero no respalda a su mayor encarnación, la ONU, en su intención de preservar la paz. Se da la razón al gobierno islamista de Irán en contra de lo dicho por la ONU, pero España manda sus tropas junto a las de Naciones Unidas para contener a las milicias libaneses mantenidas por los iraníes.
Asistimos a un doble juego. Por un lado se envían soldados para interponerse entre israelíes e islamistas libaneses, lo que no es del agrado del mundo musulmán, que esperaba una dura condena de Israel por la matanza de civiles. Por otro lado, para no alterar a Irán, que se ha convertido en el mayor foco de inestabilidad de la zona, se donan 31 millones de euros para la reconstrucción del Líbano –la UE donará 42– y se pasa la mano diplomática por su lomo apoyando el plan nuclear de Ahmadineyad.
No es malo tener una "democracia deliberativa", pero sí una diplomacia nacional deliberativa, con distintas opiniones e iniciativas sin coordinación, que llevan a contradicciones e incoherencias. Si todo esto es poco comprensible desde aquí, no sé si alguien lo entenderá fuera. Quizá, en el futuro, tras la resolución de la Conjetura de Poincaré, los más sabios de la Tierra se dediquen a descifrar la política exterior española.

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