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Columna publicada el 15-03-2004
En estas elecciones estaban en juego el modelo de Estado español y la pervivencia de la Constitución. También estaba en juego la seguridad colectiva y, en consecuencia, las libertades. Y probablemente estuviera en juego también el modelo económico que ha llevado a España a ocho años de crecimiento y de prosperidad ininterrumpidos.
Los resultados de estas elecciones ponen en cuestión todos estos elementos. Con la particularidad de que no arrojan una alternativa clara y fiable, que permita prever ni siquiera las grandes líneas de lo que ocurrirá con respecto a todo esto en los próximos meses y años.
Es posible que ahora el PSOE en el poder pueda encauzarlos de una forma razonable para el bien común. Sería deseable que así ocurriera, aunque la forma en que se han transgredido todas las formas democráticas en los últimos dos días de campaña electoral, con la violación de la jornada de reflexión y la de votación, el acoso a las sedes del PP y la maniobra de intoxicación y de insultos, no llevan a hacer esta previsión.
Aún así, conviene ser prudentes. Es indudable que en las elecciones ha jugado el miedo. Los atentados del 11 M reintrodujeron en la campaña el terrorismo internacional, uno de cuyos tentáculos es, y será cada vez más, el terrorismo etarra. Podemos decir casi con toda seguridad que las consecuencias de ese factor serán devastadoras, porque en más de un sentido el terror ha ganado la partida en estas elecciones.
Ahora bien, ese miedo –explicable– estaba ahí. Lo estaba desde el compromiso del Gobierno español en la guerra contra el terrorismo y se mantuvo durante las elecciones municipales y autonómicas. Entonces, sólo la situación del PSOE consiguió disimular, que no variar, su expresión en las urnas. Como esperaban quienes los cometieron, los atentados del 11 M lo han reavivado.
Ante eso, el PP se ha comportado como siempre lo ha hecho. Ha confiado en los buenos resultados económicos, en una ejecutoria honrada y en la firmeza de unas convicciones morales. Está bien, pero no basta. Ni se hizo un esfuerzo por explicar el compromiso con los aliados en la Guerra de Irak, ni se han razonado las consecuencias de esa posición, ni se ha intentado convencer a la opinión pública española de que esa toma de partido se hacía en su beneficio.
Las razones de estos errores son muy variadas. Si el PP –como yo lo creo– tenía razones suficientes para mantener la política que ha mantenido en estos años, conviene que abra un debate interno serio acerca de por qué no ha sabido convencer a los españoles.
Muchos de quienes hemos defendido y argumentado las posiciones de fondo del PP lo seguiremos haciendo. Y lo haremos desde donde siempre lo hemos hecho, desde la trinchera. En estos ocho años, el PP no nos ha dado la ocasión de salir de ella. Es un dato mínimo, pero no del todo irrelevante, para comprender lo que acaba de ocurrir.

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