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Nuevo orden

Desprestigio democrático

El nuevo orden mundial, tal como ha surgido de la post guerra fría, parece caracterizarse por dos fenómenos. Uno es el de la multiplicación de los foros de y para la llamada gobernanza global, al margen de la ONU, que al parecer resulta demasiado rígida para dar cabida a las nuevas demandas y los nuevos anhelos. Ahí está el G 20, que de por sí es casi una asamblea, con los antiguos países del G 8 y los emergentes, que en algunos casos son ya bastante más que eso. Otro ejemplo ha sido la cumbre de Copenhague sobre el cambio climático. En alguna de sus jornadas se ha convertido en una asamblea auténtica, de las de antes, con protestas, pancartas y manifestaciones de salón aireadas y transmitidas en vivo a todo el mundo. Y otro ejemplo, de otra índole, es la propuesta de un impuesto global que respaldará al fin a una autoridad mundial con escasos controles, en manos de unas oligarquías que aspiran a ampliar su poder.

Por otra parte, desde hace unos cuantos años se ha aclarado definitivamente un hecho que pareció imposible –no a todo el mundo– en los años noventa. Y es que en contra de lo que se dijo entonces, las democracias liberales sí tienen alternativas creíbles y deseables. Y no me estoy refiriendo a regímenes neocomunistas, sino a regímenes autoritarios o dictatoriales, sin libertad de expresión ni derechos de participación, pero capaces de prosperar económicamente. En estos regímenes la población conoce un grado de prosperidad inaudito hasta ahora y no parece que en su conjunto esta misma población tenga el menor interés en experimentar con la democracia liberal. Rusia y China son los dos ejemplos más relevantes de esta nueva situación, que sólo debería ser sorprendente para quien creyó que la Historia se acabaría por culminación del proyecto idealista, y no por inutilidad y anacronismo (otra cosa es que el asunto mueva a escándalo).

La relación entre los dos factores nuevos –el Gobierno global y la pérdida de prestigio de la democracia– es un enigma. Es posible que quienes han empezado a vivir con un poco de holgura –y a cambio de un esfuerzo como ya no se conoce en las democracias liberales, excepto quizá entre los inmigrantes–, no estén demasiado dispuesto a arriesgar su nueva forma de vida para que los partidarios de la "gobernanza" se expresen a su sabor en esta nueva etapa de la Historia. O bien es posible que a la opinión de esos mismos países les resulte perfectamente indiferente lo que haga la oligarquía global, siempre que la dejen prosperar en paz. En los dos casos, la democracia liberal se enfrenta a un futuro turbio.

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