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Columna publicada el 15-07-2003
El famoso pleno de la Asamblea de Madrid en el que el candidato del PSOE no se presentaba a presidente de la Comunidad tuvo un 40% de audiencia. En términos televisivos, resultó todo un éxito. Y en cuanto a lo que refleja acerca del interés de la gente por la cosa pública, aporta un dato interesante. Se puede atribuir el éxito al morbo, a lo extraordinario de la función..
Los personajes estuvieron muy bien. Esperanza Aguirre reveló a algunos lo que muchos otros sabíamos hace años: que tiene temple, carácter y conocimiento más que sobrados para ser lo que seguramente llegará a ser, una gran presidenta para Madrid. Su adversaria encarnó con naturalidad y desparpajo admirables algunos de los rasgos más expresivos de la maldad: la vulgaridad, el resentimiento, la sed de poder descarnada. Eduardo Tamayo imprecaba con tono impertérrito y retórico, de abogado de oficio, al compañero Simancas. Y este ofició de comparsa, como su grupo parlamentario, llenando y vaciando el escenario al modo de los coros de mercenarios y gitanas en las óperas románticas, con Ruiz Gallardón de joven figurante destacado o compañero de viaje.
Sin duda fue un gran espectáculo, pero los ha habido por decenas en el propio Congreso de los diputados durante todo el año. En realidad, el interés que suscitó venía motivado por otra cosa. Tamayo y Sáez, al romper los compromisos con su partido, habían abierto la posibilidad de que allí ocurrieran cosas como no suelen ocurrir nunca en la política española. De pronto se había roto el tabú que pesa sobre la vida parlamentaria en España. Nadie sabía el final del guión.
Era un espectáculo en directo de verdad, un auténtico reality show. En eso estribaba el interés que atrajo al 40% de la audiencia. Ahora bien, el interés de la gente no se tradujo en desórdenes públicos, ni en inestabilidad institucional. No hubo ninguna perturbación de ninguna clase. Eso sí, los políticos habían perdido el control del espectáculo y eso devolvió la vida parlamentaria a la realidad.
Después las cosas han vuelto a su cauce. Primero los votos del PP sirvieron para hacer a Simancas senador, lo que da poca credibilidad al intento de los populares por crear un “caso Simancas”. ¿O es que les da igual? Luego se ha formado una comisión de investigación que, a lo que se ve, investigará poco o nada. Las comparecencias estarán pactadas, y aunque el PP se ha reservado algunas preguntas, da la sensación de que todo estará dicho de antemano.
La vida política española (y en general, la europea) es así. Los políticos no suelen estar a la altura de la gente ni de la propia democracia. Pero lo que se destapó un poco, aquella tarde, ha dejado entrever hechos demasiado escandalosos. Si la comisión de investigación no investiga, como parece que va a ocurrir, dará la sensación de que todos los que participan en ella tienen algo que ocultar. En el caso del PSOE resulta bastante evidente. En el caso del PP no lo ha sido tanto, por lo menos hasta hace pocos días. Si la actuación de la comisión es como se prevé, todos estarán bajo sospecha. Ya lo están, de hecho, porque es difícil pensar que actores tan avezados como los que protagonizaron aquella función tengan eso que se llama miedo escénico.

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