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Salir de la Terminal T4 del aeropuerto de Barajas para coger un taxi o el autobús es enfrentarse directamente a una imagen de guerra: el gigantesco agujero bombardeado por los etarras, donde se afanan algunas máquinas que a primera hora de la mañana, entre la niebla y el estrago de hierros y cemento retorcidos, parecen minúsculas, como casi liliputienses parecen los operarios que las manejan.
También es la visión inolvidable de la tumba de dos personas, por cuyo recuerdo surge inevitablemente el deseo de rezar.
En el avión acabo de leer las palabras que Rodríguez Zapatero dedicó al PNV en el famoso pleno de enfrentamiento con Rajoy, un pleno que al parecer no se repetirá porque la democracia española ha decidido suprimir de un plumazo la discusión sobre el terror en sede parlamentaria: "Quiero resaltar desde esta tribuna, no sólo agradecer sino resaltar, el comportamiento del PNV. Quedará, se lo aseguro, en la memoria de muchos ciudadanos de este país, quedará en la memoria del PSOE cuál ha sido su comportamiento. Quedará grabado para mucho tiempo, se lo puedo asegurar, y esas son las cosas que merecen la pena haber vivido: sabedor que existen formaciones políticas integradas por personas tan responsables."
No son las palabras de un aliado político. Son palabras de amor. Las palabras de amor de un hombre al que acaban de rescatar de un aislamiento infinito, de una depresión tan profunda como el hundimiento de todo un proyecto de vida.
Es inevitable relacionar la visión de la ruina y la muerte con esta gratitud, expresada como pocas veces se expresa en público. Como si la ruina del aparcamiento de la T4 y el asesinato de dos personas hubiera conseguido lo que Zapatero había estado buscando: la reconciliación con el nacionalismo llamado moderado, el que no pone las bombas pero jamás será bombardeado y ahora, como Zapatero, recoge los cascotes como si fueran el premio de su empeño... pacifista.
Paradójicamente, lo que tenía que haber sido la ruina del Gobierno de Zapatero parece haberse convertido en una vía de salvación. Recentrado gracias a la obsequiosidad del PNV, Zapatero parece incluso haberse reconciliado con Rubalcaba. En contra de lo que apuntó Felipe González, el amortizado Líder Máximo, sí que había un plan B. Parece que consistía en esto, justamente... Ahora queda el precio, que pagaremos todos los "ciudadanos de este país". ¿En qué consistiría el Plan C del que presumió en su recuperado tono desafiante el ministro del Interior? Mejor no imaginarlo.
El caso es que sobre la terrible ruina del aparcamiento de la T4, paisaje español donde los haya en estos momentos, se cierne otra sombra no menos siniestra. La de un partido nacional y democrático –el PP– que, habiendo visto cumplidos todos sus análisis, contempla con irritación –habrá quien lea en esa clave el tono empleado por Rajoy en el pleno del Congreso– cómo el responsable político del estrago ha conseguido zafarse una vez más del agujero.
Después de todo lo que el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid hicieron en las horas posteriores al bombardeo, faltó la voz que diera sentido al esfuerzo, a la buena voluntad, a la solidaridad y al sacrificio. En la cúpula del Partido Popular harían bien en reflexionar cómo se ha podido llegar a tamaño desperdicio. ¿Hasta dónde creen algunos responsables políticos que puede llegar la confianza y la paciencia del electorado?

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