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Columna publicada el 27-01-2004
No podemos admitir lo que ha hecho Carod porque si lo hacemos estaremos insultando a las víctimas que hoy se han reunido en Madrid y estaremos traicionando el pacto espontáneo y multitudinario que los españoles alcanzamos en las calles tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco. El pacto para no ceder nunca un palmo más, para avanzar solamente en la lucha contra el terror y por la libertad. Por eso no se puede admitir esta indignidad, por mucho poder que ostente el primer ministrillo en su comunidad y por mucho ascendiente que tenga sobre el PSOE. Cada día que pase sin que sea destituido aumentará el deshonor de Maragall, el descrédito de Zapatero y la desorientación de su malhadado partido.
Dice el líder independentista que actuaba a título personal en ese encuentro infame e infamante. Tanto peor, porque si así fuera estaríamos ante un delincuente que llega a acuerdos mutuamente beneficiosos con un hatajo de asesinos. Pero no, claro que no actuaba a título personal. Actuaba representando, para empezar, a todos los que no digirieron la explosión de dignidad que supuso el espíritu de Ermua, lo que incluye, por desgracia, a varias formaciones políticas con representación parlamentaria.
En su oscura negociación, Carod estaba dispuesto a aceptar que se siguiera matando fuera de Cataluña, y también dentro si se trataba de objetivos señalados. Si esto no es cierto, que se desdiga de lo que todos hemos oído en televisión cuando confirmaba las informaciones aparecidas en ABC. ¿Cómo se atreve nadie a traficar con la muerte, a utilizarla como variable de negociación? ¿Cómo se atreve un representante público? Se atreve porque considera que sus fines son esencialmente buenos, aunque pasen por contribuir a la estrategia de los asesinos mediante pronunciamientos institucionales de no sé qué derechos a la autodeterminación. ¿Le cuesta mucho a Carod cumplir su parte del pacto? Vamos, hombre, eso lo habría hecho con o sin ETA. A los terroristas los sube a su carro –e, inevitablemente, él se sube al de ellos– para pasar por un benefactor que se sacrifica por la paz.
Antes de ser conseller en cap ya había hecho el hombre sus intentos de aproximación al club del tiro en la nuca. Descubierto y sin éxito, lanzó a ETA el mensaje de que antes de actuar en Cataluña deberían mirar un mapa. Con ello quería decir que Cataluña no es España, porque los mapas que maneja Carod se los ha pintado él con lápices de colores y luego se los ha creído. Pero imaginemos que tuviera razón y esta tierra desde la que escribo estuviera en el extranjero. Imaginemos que Cataluña fuera en realidad un país fronterizo, como Francia. Supongamos a continuación que el primer ministro francés alcanza acuerdos estratégicos de apoyo al programa político de ETA a cambio de no sufrir atentados en su territorio, salvo que las víctimas estuvieran previamente señaladas. ¿Qué opinaríamos de ese primer ministro? ¿Qué dirían la mayoría de españoles de él?

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