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Los papeles de Crawford

Conversaciones secretas

Impresionantes las conversaciones entre Aznar y Bush preparando la batalla mediática previa a la guerra de Irak en Crawford, en febrero de 2003 (por una vez en años, vale la pena pagar un euro por ese seudo-periódico). Ignoro qué rebuscado partido encontrará la izquierda antibelicista en ellas, pero lo que se ve es un Aznar preocupado por el impacto social de un giro de 180 grados a la política exterior española y, como se vio después, con razón.

Aznar intentó sin éxito frenar el entusiasmo de Bush, hasta el punto de decirle: "Lo único que me preocupa es tu optimismo". Bush se mostró dispuesto incluso a jugar el papel de "poli malo" frente al tono más blando de Blair; quería acabar con Sadam sin más aplazamientos, antes de que el verano se echara encima y afirmó una cosa que nos debería hacer reflexionar: "Cuanto más me atacan los europeos, tanto más fuerte soy en los Estados Unidos".

Aznar quiso cubrirse lo más posible con una resolución del Consejo de Seguridad que neutralizara la virulencia ya iniciada en las calles por el inquilino de hoy en La Moncloa, para lo que propuso mandarle a Bush textos que pudieran servir de base de redacción. Bush le contesto que eso a él le daba igual, que su único texto es que Sadam debía marcharse.

Condoleezza Rice estuvo presente y realizó algunas frías intervenciones. Desconfiaba del sueco Blix, inspector de la ONU en Irak, y expuso su estrategia para que la ONU tomara resoluciones que Sadam no fuera a cumplir, con lo que se cargaría de razón el frente belicista... cuya primera intención, según Bush, no es la guerra, sino presionar a Sadam para que se vaya voluntariamente o le asesinen: "Yo no quiero la guerra. Sé lo que son las guerras. Además nos ahorramos 50.000 millones de dólares". Y concuerda con Aznar que "la mejor solución sería ganar sin disparar un solo tiro y entrando en Bagdad".

En fin, son unas conversaciones en las que puede verse el papel de un país escasamente relevante intentando contribuir a una acción que considera básicamente justa y que le puede reportar un fortalecimiento de su posición mundial, tan largamente desdeñada por el propio país durante "200 años", según Aznar (esto no es del todo cierto: la lucha de Franco en los años 40 para que España dejara de ser un país marginado fue dura, pero exitosa). Pero, sobre todo, lo que destilan es algo que pocas veces se ve tan de cerca y a lo vivo: el poder en estado puro. El poder de desencadenar la guerra, de desencadenar una máquina que nunca se sabe cuando se va a parar, que en el mejor de los casos da la victoria con pocas bajas y que puede volverse contra los responsables, como así ha sido para Aznar, Blair y parcialmente Bush.

Lo que vino después ya se sabe. O, mejor dicho, se sospecha, pues la información ha sido terriblemente sesgada. La guerra fue un vendaval que no hizo cambiar a la opinión pública europea contra la guerra, ni antes y ni después. Lo que es la pura acción bélica se ganó eficazmente, pero se hizo lo posible en todo el mundo para que cuanto antes supiera a derrota. La mala gestión de la posguerra, en la que gran parte de la culpa recae sobre Europa por su frivolidad, ahondó la división entre las dos orillas de Occidente y fue un golpe de gracia añadido para la OTAN.

No importa si Bush se sale con la suya y consigue pacificar Irak: para los europeos ha perdido y se alegran. Aznar intentó algo y fracasó. Su ansiedad en las conversaciones está más que justificada; seguro que salió de ellas intuyendo que le iban a pasar factura. Una de las directrices permanentes de Aznar, en mi opinión justificada, fue un mayor protagonismo exterior en todos los órdenes que le diera a España una mayor coherencia interna, pero fue al revés. No podía prever lo del 11-M, pero su guerra le costó las elecciones al PP y su sucesor ha destrozado a España en una legislatura y la ha recolocado en una posición inerme. Así de imprevisible es la historia.

Luis Hernández Arroyo es autor del blog Cuaderno de Arena.

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