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No pierdo la esperanza de que algún día comprendamos y echemos por la borda, al basurero intelectual, todas las teorías derivadas del fracasado colectivismo utópico que considera al ser humano como un instrumento de la sociedad y no una criatura de Dios, con individualidad propia, con derechos inherentes a su condición humana y no concedidos graciosamente por los políticos gobernantes.
No pierdo la esperanza de que algún día podamos recobrar un país en el que el gasto público se destine a lo que es genuinamente bienestar social, como un sano y eficiente Poder Judicial, amigables fuerzas del orden, adecuadas vías de comunicación, en vez de todos los programas ensalzados como "sociales" que consumen recursos de la sociedad y fomentan una subcultura de parasitismo, pobreza y corrupción.
No pierdo la esperanza de que se comprenda que el fin no justifica los medios y que toda redistribución es un robo a quienes los miembros de la sociedad dispusieron libremente retribuir, por producir las cosas que la sociedad misma escogió, para dárselo en propiedad a quienes no las han producido.
No pierdo la esperanza de que liberemos a los trabajadores víctimas del engaño de sus llamados "protectores" que han hecho una industria de sus necesidades. La legislación laboral ha convertido a los obreros en trabajadores cautivos, sin poder negociar sus salarios, restringiendo así sus merecidos aumentos y convenciéndolos –contra su propio sentido común– de que los patronos son sus enemigos.
No pierdo la esperanza de que recobremos nuestra dignidad como país y no permitamos la interferencia de otros países y organizaciones extranjeras, aunque sean amigos y estén motivados por buenas intenciones y nos regalen dineros con tal que implementemos sus consejos. Lamentablemente, por muchas razones, sus consejos no han beneficiado al país. Queremos amigos y comercio, no dádivas con indignantes intromisiones.
No pierdo la esperanza de que mi país rechace y desprestigie para siempre todas esas iniciativas racistas para dividirnos según la etnia, origen y cultura, sino que surja una sociedad armónica, basada en la tolerancia y respeto a la diversidad, las diferencias de religión, raza y costumbres, todos regidos por la misma ley.
No pierdo la esperanza de que en Guatemala se reconozca que con todos sus defectos debemos agradecer al ejército habernos salvado del terrorismo guerrillero marxista que secuestró, asesino y destruyó infraestructuras, provocando la guerra de guerrillas que tantas desgracias causó y en la que justos pagaron por pecadores, como suele suceder en las guerras.
No pierdo la esperanza de que finalmente enterremos al socialismo, como se hizo con el nazismo (Nacional Socialismo) y abandonemos la doble moralidad en la enseñanza de la historia. Por ejemplo, se reconoce que el nazismo causó varios millones de muertos, mientras que el socialismo-comunismo, que fue mucho peor, más bien se trata simplemente como un evento desagradable, aunque causó la muerte, no de varios millones, sino de más de cien millones de seres humanos por todo el mundo. ¡Qué ironía! Mientras nadie se atrevería a incluir en el nombre de su partido político la palabra nazismo, la palabra socialista se considera políticamente correcta.
No pierdo la esperanza de que en aras del interés general priven los derechos individuales y así disfrutemos de muchos años felices.

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