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Terrorismo

Ojo al doble rasero

La mañana del lunes, un hombre armado abría fuego en Toulouse, mientras los alumnos llegaban a una escuela judía al inicio de la jornada lectiva. Dos chavales y una niña (menores de ocho años todos) y un profesor perdían la vida. La baronesa Ashton, el halcón mezcla de Brown y Tony Blair que ocupa el puesto de Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad de Europa, daba su pésame pero decidía encajar el suceso dentro del panorama general.

En un acto celebrado en Bruselas el lunes, organizado por la agencia de las Naciones Unidas para los refugiados palestinos, Ashton distinguía a los menores de todo el mundo incluyendo a los del accidente de tráfico fatal de Suiza que costó la vida a más de una veintena de menores belgas, los del conflicto sirio, los del tiroteo de Toulouse y "los de lo sucedido en Gaza”.
 
Lady Ashton afirma ahora que sus comentarios “se sacaron de contexto". El contexto que importa es que la vida judía en Europa se está desarrollando en la actualidad exclusivamente detrás de medidas de seguridad cada vez más estrictas -en las sinagogas, en los centros escolares, en los centros comunitarios-. Eso solamente deja los desplazamientos de un sitio a otro, rutas que muchos judíos cubren hoy sin signos de identificación de su confesión: en la calle, por ejemplo, el hijo del rabino de Ámsterdam oculta su kippá bajo una gorra de béisbol. Como escribí hace tres años:
 
"en Toulouse, una sinagoga incendiada; dos carniceros kosher de Bordeaux, atacados; en la estación de cercanías de Auber RER, un caballero judío atacado salvajemente por una veintena de jóvenes al grito de 'Palestina matará a los judíos'; en Villiers-le-Bel, una colegiala judía brutalmente apaleada por una banda callejera al grito de 'los judíos tienen que morir'".
 
En Helsingborg, los fieles de la sinagoga sueca se refugian mientras las ventanas se rompen y caen al interior trapos incendiados; en Odense, el director Olav Nielsen anuncia que el centro escolar local va a dejar de admitir menores judíos después de que un holandés de origen libanés acudiera al centro comercial local y abatiera a tiros a dos caballeros que trabajaban en una tienda de productos cosméticos del Mar Muerto; en Bruselas, un cóctel Molotov arrojado contra una sinagoga belga; en Amberes, trapos encendidos introducidos a través de la ranura del correo de un domicilio judío; y al otro lado del Canal, unos "jóvenes" tratan de prender fuego a la sinagoga histórica de Brondesbury Park.
 
Esta retahíla de acontecimientos, y muchos más transcurridos desde entonces, tendrían que ser una fuente de vergüenza hasta para los bufones de la vida pública como Catherine Ashton. Antes de ponerse a curar Oriente Próximo, a lo mejor sus colegas Eurócratas y ella podrían tratar de aplicar su toque mágico a la jurisdicción geográfica que tienen realmente a su cargo.
 
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