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El PNV rompe la baraja

El PNV viene saboteando la Constitución y el estatuto de autonomía desde sus mismos comienzos. Lo ha hecho con doblez característica, en un juego mutuo de hipocresías con quienes siempre estaban dispuestos a un diálogo en que los perdedores fueran los demócratas y los partidarios de la unidad de España, y los ganadores los separatistas. empezó con Suárez, aunque entonces podía comprenderse en alguna medida. Suárez practicó una política entreguista en la creencia, supongo, de que su excesiva generosidad movería al contrario a una generosidad equivalente. Algo así dicen que hizo Roosevelt con Stalin ¡Enorme error, en los dos casos! El proceso separatista se aceleró con la reacción popular ante el asesinato de Miguel Ángel Blanco, que movió al partido de los asesinos y al nacionalismo “moderado” a fraguar el pacto de Estella, y acaba de culminar ahora, cuando el PNV ha formado piña, sin disimulo, con las bandas criminales y proclamado la ruptura abierta con las reglas de la democracia.

No se entiende bien qué razones le han llevado a este desafío, quizá la creencia de que las últimas elecciones otorgaban al separatismo un respaldo moral y político, o quizá la sensación de que se le acaba el tiempo, siendo muy difícil que en adelante las cosas mejoren para su proyecto. En todo caso la vuelta atrás es ya prácticamente imposible, el desafío está ahí y debe ser aceptado en todos sus términos. Si ellos dan por rota la Constitución y el Estatuto, entonces una de las primeras medidas sería quitar al PNV el control de la policía autonómica, convertida impunemente por dicho partido en policía política totalmente inoperante, ¡y por algo!, contra el terrorismo.

En este desafío el estado democrático tiene todas las de ganar si obra con energía. Pero no basta la energía. Es absolutamente imprescindible que la batalla de la opinión pública sea también plenamente ganada. Una de las grandes bazas del nacionalismo para suscitar apoyo y simpatía ha sido siempre la presentación de sus intereses como los intereses del “pueblo vasco”, acompañada del griterío que presentaba a dicho pueblo y a “su” partido como víctimas de una secular opresión y agresión foránea. Ambas pretensiones son falsificaciones radicales, y es preciso llevar la verdad al ánimo del mayor número posible de personas, en España y fuera: ningún partido democrático puede creerse representante del pueblo en su conjunto (tal creencia ya lo vuelve totalitario), y los separatistas, unos como asesinos y otros como encubridores, son los victimarios, no las víctimas. Si no se presta la mayor atención a explicar esto a todo el mundo, la energía, por justificada que esté, puede crear la imagen de despotismo.

Hay una experiencia histórica muy importante: en octubre de 1934 los socialistas y los nacionalistas catalanes se sublevaron contra un gobierno legítimo y democrático. Fueron vencidos con la energía necesaria, pero a continuación el gobierno agredido y las fuerzas que habían salvado la legalidad, fueron presentados por los vencidos como un poder ilegítimo y tiránico, y no supieron defenderse de la bien orquestada campaña. ¿Por qué ocurrió así? Porque los vencedores no dieron la importancia debida a lo que los marxistas han llamado “lucha ideológica”, y porque cayeron en querellas, zancadillas y celos internos. Ojalá la experiencia sirva ahora para algo.