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El debate sobre el estado de la Nación ha respondido a las expectativas creadas. La situación terminal de un Gobierno entregado a las exigencias etarras era tan evidente y Rajoy la ha expresado tan bien que el presidente no ha podido evitar mostrarse aún más nervioso y encrespado de lo que era previsible.
Zapatero no tiene fácil justificar tanta prepotencia, tanto engreimiento y tanto desprecio si las cosas van tan bien como dicen que van. Es llamativo el contraste entre el "país feliz" del que presume a todas horas y los sonoros enfados con los que responde a las críticas de la oposición. ¿Que pretende? ¿Tener una oposición dócil y pesebrera? Pues eso es algo propio de repúblicas bananeras; en España disfrutamos de un sistema de democracia parlamentaria y, por lo tanto, el Gobierno debe dar cuenta de su gestión y la oposición no debe tener piedad a la hora de controlar la actuación del Ejecutivo. Lo demás son pataletas del presidente y sus acólitos.
El presidente del Partido Popular no lo tenía fácil. Disponía de un tiempo muy tasado para abordar el gran número de barbaridades cometidas por el Gobierno de Zapatero durante esta legislatura convulsa, inestable y descontrolada. Pero lo cierto es que Mariano Rajoy ha sabido poner de los nervios a Zapatero al hablar de varias cuestiones clave y ha conseguido llevar el debate a los asuntos que el jefe del Ejecutivo pretendía rehuir. El presidente ha sangrado por varias heridas, pero el control lo ha perdido cuando se Rajoy le ha obligado a hablar de la asignatura de Educación para la Ciudadanía y del proceso de rendición ante la banda terrorista ETA.
Sobre su asignatura de Formación del Espíritu Nacional, a Zapatero no le ha hecho ninguna gracia escuchar que se defina como el "nuevo catecismo del buen socialista". El presidente, en un tono insultante y despectivo pero sobre todo dictatorial ha dicho que esta incursión sin precedentes del Estado en la tarea educativa de los padres, que esta imposición de sus valores sobre los niños, en realidad amplía nuestra libertad. Podía haberse buscado una excusa mejor, la verdad. O quizá es que no tiene ninguna.
Sobre el proceso de rendición, el envite de Mariano Rajoy ha sido muy claro: Zapatero debe publicar las actas de las negociaciones con ETA o convocar elecciones generales. Zapatero ha evitado responder al guante lanzado por el jefe de la oposición dando a entender que agotará la legislatura, pero negándose a publicar nada, lo que prueba que tiene mucho que esconder.
Preguntarse por el ganador del debate es siempre lo más socorrido en estas ocasiones. Aunque esta vez creo que la pregunta sobra. Zapatero no ha entrado en la lucha, la ha rehuido. Se ha refugiado en datos triviales en comparación con lo que allí se hablaba, cuando no increíbles, como cuando se ha referido a la inmigración ilegal. Se ha agazapado en sus formas de siempre, empeñándose en el insulto y en la descalificación a Mariano Rajoy y al Partido Popular. Demasiados nervios y demasiada agresividad como para ofrecer la imagen de un gobernante seguro de lo que hace. Lo que hemos podido ver es a un Zapatero en estado terminal que, si se empeña en agotar la legislatura, va a padecer una agonía lastimosa y dañina para todos. El debate del estado de la Nación ha confirmado que estamos ante un presidente acabado. Lo único que le queda por decidir es la fecha de caducidad.
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