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Ya vamos viendo en qué consiste exactamente el liberalismo simpático propugnado por Lassalle en las páginas del diario de Prisa: en mostrar una feroz antipatía hacia los principios del Partido Popular y hacia quienes los representan. El otrora liberal se ha apuntado a la doctrina zapateril sobre la nación, un "concepto discutido y discutible", lo que ha provocado la lógica preocupación de San Gil, que al igual que miles de militantes y millones de votantes no tiene sitio en un partido que pone en duda hasta los principios más básicos.
El enfoque marxista del nuevo PP –eso sí, de Groucho, no de Karl– puede provocar la pérdida de uno de sus líderes más importantes. Mariano Rajoy no ha podido recuperar la confianza de María San Gil en su breve encuentro, en lo que no deja de ser un símbolo de lo que le sucede con buena parte de su electorado. La derecha social, convencida de una serie de ideas que el PP representaba mal que bien hasta hoy, necesita saber que sus líderes políticos no la van a traicionar. Y que alguien que representa, como Rosa Díez, la resistencia frente al nacionalismo obligatorio en el País Vasco ya no confíe en esta nueva y mediocre hornada de dirigentes, impregnados del arriolismo más extremo, no va a facilitar a Rajoy la tarea de convertir a los populares en el Partido Campesino de Zapatero.
Cada día que pasa se le hará más difícil rectificar y convencer a sus votantes de que esta deriva ha sido algo pasajero. Necesitaría un gesto enérgico y difícilmente reversible. Como deshacerse de lo que se ha dado en llamar la "banda de los cuatro".
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