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Cristina Losada

Regreso al futuro en Andalucía

Moreno Bonilla ha hecho lo que ha hecho el PP en muchas autonomías y no le ha ido mal, pero el mundo donde la política de los apolíticos funciona se hace más pequeño.

Juanma Moreno, a su llegada a la sede de su Partido en Sevilla para seguir los resultados electorales. | EFE/ Raúl Caro.

El horrible desempeño de María Jesús Montero en las elecciones andaluzas solo tiene una irónica ventaja respecto al gran resultado de Moreno Bonilla. Lo del PSOE es como hacer un examen y equivocarse en todas las respuestas. No hay manera de maquillar el desastre, pero tampoco da pie a más lecturas que esa. Los socialistas, en su derrota, pueden descansar tranquilos. Lo del PP, en cambio, es 'según se mire'. Abre la puerta a interpretaciones variadas, distintas y opuestas, y si el partido ganador cae en la tentación de elegir únicamente las más benévolas, comete un error. Porque lo ocurrido en Andalucía no es ni será la excepción. Es la regla. Lo fue en el pasado reciente y lo será en el futuro. Las mayorías absolutas son un milagro político desde hace tiempo y hay más razones que antes para que lo sigan siendo.

La no tan cómoda mayoría que ha obtenido confirma el principal logro del PP en tierras andaluzas, que es el de haberse establecido como partido hegemónico en una comunidad que hasta 2018 fue siempre feudo indiscutible del PSOE. El problema es que ese pasado ejerce todavía cierto poder sobre los populares y los induce a portarse como si estuvieran en un territorio que pertenece a otros, en el que deben andar con cuidado para no despertar a los amos de toda la vida –y a sus votantes–. Por eso se moderan extraordinariamente y acentúan, ante todo, su ya proverbial perfil de gestores que no entran en batallas políticas ni, Dios no lo quiera, ideológicas. Este apoliticismo casa bien con un cierre regional, donde el partido se identifica solo con la autonomía y huye de nacionalizar una campaña electoral. Porque nacionalizar es politizar, es jaleo, ruido, follón y el gestor ofrece alejarse de la trifulca. Es un procedimiento clásico de los PP autonómicos, que servía de pasarela confortable para el votante que en las generales se iba al PSOE o a la aventura, pero en las autonómicas quería algo seguro y estable.

El PP de Moreno Bonilla ha hecho lo que ha hecho siempre el PP en muchas autonomías y no le ha ido nada mal, pero el mundo donde la política de los apolíticos funciona se va haciendo más pequeño. Son los restos del mundo de ayer, todavía en pie, pero amenazados. Las andaluzas de 2022 fueron, por coincidencias, un revival del viejo mundo. No podía durar y no ha durado. Más cuando España y, por tanto, Andalucía, ya no son en 2026 como eran en 2022. Incluso algo tan básico como la población ha cambiado en estos cuatro años por la oleada de inmigración pos-Covid. Los cambios tienen su reflejo político y electoral, un reflejo casi siempre distorsionado, pero que existe. No se puede hacer política como si el mundo de ayer fuera a regresar solo por desearlo mucho y llamarlo con mucha fuerza.

El objetivo central de la campaña andaluza del PP fue repetir el milagro de la absoluta, pero al hacerlo, lo que puso en marcha no fue la mecánica de la profecía autocumplida, sino un proceso que condujo a su incumplimiento. Moreno Bonilla dejó muy claro desde el principio que no quería gobernar con Vox y este propósito presidió toda su campaña. Su esfuerzo por movilizar al votante propio y desmovilizar al de Vox solo tuvo un éxito parcial. El PP fue lo suficientemente eficaz como para frenar el voto a Vox, pero no como para ganar los votos necesarios para olvidarse de Vox. Este desequilibrio anticipa un riesgo para el futuro.

Trasladado a unas generales, es un aviso. Porque Vox es el único aliado que tendrá un PP que gane sin mayoría absoluta. Si frena o baja y el PP no crece de manera espectacular, ya pueden decir adiós a gobernar.

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