
Es totalmente cierto que el ser humano es capaz de normalizar hasta la mierda más cruda que se te pueda cruzar. Depende de cómo, quién y cuándo te la cuenten. Depende también de la necesidad de reafirmarte que tengas, o del grado de ineptitud o "sudapollismo" que atesore tu existencia.
Cuando era niño, normalicé, como todos los niños de mi edad, que existiera una tubería de mierda que impregnaba, según qué días, el mar y nuestra vida con las cosas más fecales que te puedan pasar por la cabeza después de salir del culo. Era normal que una tubería estuviera en mitad del mar sacando los interiores pasados del bar Paco. Francisco, Teresa o Pedro tiraban de la cadena en su tercer piso de aquel pueblo de costa y, minutos después, Pablito, que por edad todavía no había clavado ningún clavito, se encontraba un truño del tamaño del faro de Alejandría delante de su martillo. No sé si primero gritaba y luego lo apartaba, o si primero lo apartaba y después gritaba a sus amigos: "¡Cuidado, que estamos cerca del emisario!". Por supuesto, la culpa era nuestra; nuestra por estar nadando donde no debíamos.
La culpa nunca fue, ni es, del que ideó el emisario. Tampoco del que, sabiendo que estaba mal, miró para otro lado y se fue a tirar de la cadena al cuarto piso de aquella urbanización en aquel pueblo de costa.
La culpa no fue de nadie, pero las consecuencias las pagamos todos, apartando mierdas o pagando multas. Las pagamos todos porque normalizamos que es imposible cambiar el trayecto y destino de una tubería de mierda.
Al paso de los días, de los meses y de los baños, las tuberías van superando un calibre que es directamente proporcional a nuestra inmunidad. Así, ese niño se convierte en medio hombre y ve normal la mierda. Ya no solo la aparta, ya no solo grita. Es incluso capaz de comérsela si la aderezan con salsa, con tango o con reguetón. Si hay una pelota de furgol, mejor.
Hoy, en España, han conseguido que nademos entre los despojos más inmundos que se puedan imaginar. Llevan años emitiendo odio, rencor y división. Llevan años soltando al mar compresas, condones y falacias. Y lo hacen a través de cables que, en ausencia de tuberías, colocan la mierda en la mitad de nuestras vidas.
Paco, que cerró el bar hace tiempo, harto de pagar y no cobrar para vivir, pasó el cerrojo del baño, cumpliendo el objetivo del que, hace tiempo, decidió que la mierda era negocio. A Paco lo quieren en su casa recibiendo mierda por un cable, pensando que la culpa es suya. Y a ti, también.