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Searching for Pantoja

La Pantoja tiene una legión de fans a los que poco importa su condena judicial.

Rosa Belmonte
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Fui con una amiga a ver Searching for Sugar Man. Mi amiga se sentó al lado de un tipo que no le gustó. Tenía la chaqueta encima del regazo y las manos debajo. A mí no me cabía en la cabeza que un tío fuera a un documental en versión original para meter mano. Pero nos cambiamos de sitio. Dicen que Isabel Pantoja estaba nerviosa antes de su actuación del domingo en el Benidorm Palace. Dicen que por la reacción del público. ¿Pero va a pagar el personal 50 euros para llamarla choriza? La gente que hace eso suele ser más partidaria del todo gratis. Insultos incluidos. Vámonos a la puerta del juzgado a gritar a los famosos (gratis, no como las tricoteuses, que cobraban). Gratis, igual que Rafael Alonso iba en La colmena a ver posturitas en los billares.

Por supuesto, Pantoja comprobó que tiene un público cautivo al que le importan un pito sus asuntos judiciales. Pero siempre ha sido así. Es verdad que ahora está condenada, pero hubo un momento más difícil. Su primera actuación después de ser detenida fue en la plaza mayor de Valladolid y eso sí era gratis. Ahí podía entrar cualquiera, no sólo fans dispuestos a pagar por ver a su ídolo (“pantojos”, según ultimísima definición de la propia Isabel en Benidorm). Era mayo de 2007. En pocos días, la cantante había pasado del calabozo a la plaza pública. Y no sabía si habría ruido de ejecución. No lo hubo. Los gritos eran de “Te queremos, te queremos”. Y ella: “Lo sé, lo sé”. Otros gritos: "Fuera el Tomate, fuera el Tomate". Por el programa de televisión, no por el tomate contra el que clama Beatriz de Orleans desde que se hizo macrobiótica, Sha mediante.

En la carrera de Pantoja hubo un momento en que empezó a haber enemigos. Y esos enemigos flotaban en sus conciertos como la madre de Woody Allen en aquella película. El Tomate o la misma María Patiño fueron enemigos durante muchos años. Y la guardia de corps de Pantoja lo hacía saber en alto. En Valladolid llegó a pasearse un tipo por la plaza repartiendo pegatinas de “Freedom for Pantoja”. Además, llevaba una hucha petitoria. “Para un juicio contra el Tomate, para que se dejen de meter con ella”, decía. Pasó el Tomate y Pantoja continuó. Criando enemigos.

El domingo, con Que se busquen a otra, consiguió uno de los momentos culminantes. Es una letra que da mucho de sí. También la ranchera Tú a mí no me hundes, mucho más floja (pero ya se encarga ella de darle aire con sus carcajadas y desplantes). Lo cierto es que asistir a sus conciertos es un continuo retorno. Siempre es lo mismo. Que si el ‘jitazo’ Así fue y todos coreando “no te aferres”, que si se saben hasta Feriante. Hace muchos años que los conciertos se parecen demasiado. Y no es solo por el repertorio. Recuerdo otra actuación en agosto de 2006 en Almería. Cuando ella cantaba “Por si hay una pregunta en el aire”, la gente contestaba: “Ninguna”. Y ella continuaba: “Por si hay alguna duda sobre mí, hoy quiero confesarme”. Entonces, alguien del público volvía a intervenir: “No hace falta”. Ese diálogo entre artista y público era lo más parecido a una canción de Los hermanos Calatrava. Esa es la parte divertida. La pesada es que siempre es igual. Por eso Searching for Sugar Man es tan extraordinaria. Por lo extraordinario de la novedad. Por esa historia de un tipo del que no habías oído hablar en la vida. Lo que me extraña es que en Searching for Sugar Man no haya una voz en off, como en Testigo de cargo, que advierta de que no contemos a nadie de qué va. No el final, nada. Para Pantoja ya es tarde. Ya sabemos de qué va.

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