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Los brazos de Bartoli

La tenista Marion Bartoli tiene unos kilos de más, algo que saca a colación el tema de la gordura y su reflejo en los medios.

Rosa Belmonte
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La celulitis de Serena Williams levanta el ánimo de cualquier chica. Cada vez que la pillan en biquini y veo sus muslos como la superficie lunar me quedo más tranquila. Es una de las nuestras. Las fotos de los hermanos Gasol en bañador también ayudan con sus barriguillas. Cielos, ¿cómo estarían estos muchachos si no trabajaran en la NBA a tiempo completo? El deporte está sobrevalorado. Practicar deporte no ayuda a la delgadez. Ni siquiera al más alto nivel. Ahora tenemos el ejemplo de Marion Bartoli, la ganadora francesa de Wimbledon. Una tenista que se ha puesto recia en los últimos años. La chica tiene brazos de señora normal, de esas cuyo máximo ejercicio es limpiar cristales. Nada que ver con los brazos de Navratilova en su día o aquellos que se puso su compatriota Mary Pierce, que era El increíble Hulk en rubia y gritona. Le salía una bola que ni la que perseguía a Indiana Jones en la primera película.

Eso sí, Marion Bartoli es la más inteligente de todas. Su cociente está por las nubes. Por ello le da igual lo que diga el comentarista de la BBC que se preguntó en antena si su padre la habría dicho alguna vez que no iba a ser un bombón. Y mira, seguramente eso no lo habría dicho de Amélie Mauresmo, que es un tío. Un tío delgado. Es algo así como Feliciano en mujer. Pero Bartoli tiene unos kilos de más. Tanya Gold, que también los tiene, ha recordado en The Guardian que en Twitter hasta se escribió de Bartoli que era demasiado fea para ser violada (y Gold ha resaltado, claro, que ninguna mujer es demasiado fea para ser violada porque la violación no tiene nada que ver con el deseo). Otra columnista británica, Caitlin Moran, tiene en su libro Cómo ser mujer un capítulo titulado ‘Soy gorda’ (y ella no lo es como Gold). Sobre el término, escribe: "Es una palabrota. Es un arma. Una subespecie sociológica. Es una acusación, un rechazo, un repudio". Y cuenta que fue a ver a una amiga suya ingresada en 'The Priory’, el hospital londinense al que van los famosos a desintoxicarse. Además de comprobar que por dentro el centro pijo huele igual que un hotel familiar de medio pelo, la amiga le dijo que allí los heroinómanos desprecian a los cocainómanos y que los cocainómanos desprecian a los alcohólicos pero que la gente con trastornos alimenticios, gordos o flacos, son la escoria. "A veces me pregunto si sólo nos tomaremos en serio los trastornos alimenticios el día que tengan el mismo glamour perverso de rock and roll que caracteriza al resto de las adicciones", dice Moran.

Preparando una charla, he recuperado el vídeo de una presentadora estadounidense que respondió el año pasado a un telespectador que le afeaba su gordura. Jennifer Livingston, conductora del noticiero matinal de la WBKT, leyó la carta:"...me ha sorprendido que tu condición física no haya mejorado después de tantos años... No eres un ejemplo... La obesidad es una de las peores elecciones...". Livingston aprovechó que era el mes internacional contra el ‘bullying’ para hacer un alegato, para invitar a dar ejemplo, pero no siendo delgado sino evitando llamar gordo a quien lo fuera: "Si en ese momento, en casa, estabas hablando de la presentadora gorda de las noticias, probablemente cuando tus hijos vayan a la escuela llamen gordo a alguno de sus compañeros...

Pues a mí los brazos de Marion Bartoli también me levantan el ánimo.

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