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Aprendiendo de Sirk

La televisión ofrece el mundo en general, es la gran escuela. Así pues, hay que aprender de ella, como hizo Douglas Sirk.

Rosa Belmonte
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El que no aprende viendo la tele no aprendería ni con un transplante del cerebro de Montaigne (en el caso de que tuvieran conservada su cabeza en los tarros de Futurama). Y cuando digo la tele digo todo lo que la tele ofrece. Y ofrece el mundo en general, aunque esto parezca el eslogan del No-Do ("el mundo entero al alcance de todos los españoles"). Pero es que en la tele hemos visto todo el fútbol y todo el cine clásico (cuando lo ponían). Toda la ópera, todos los Juegos Olímpicos y todos los toros. Todo. Entre las últimas adquisiciones, Ana Botella en Buenos Aires. Su interpretación ha sido un acto involuntario de servicio público para incentivar la educación. Para poner a los niños con el inglés antes de que puedan hablar. Para quitarse de comer antes de que tus hijos no se expresen en otra lengua. Ha sido tan servicio público como Encarcelados, el programa de presos españoles en el extranjero que el otro día estrenó La Sexta. Deberían poner los capítulos en todos los vuelos con dirección a cada uno de los países latinoamericanos cuyas espantosas cárceles y sus condiciones de mala vida se retratan. Para no caer en la tentación de ser correo de la droga.

Pero volviendo al cine, que es la gran escuela, me hace mucha gracia el redescubrimiento de Thoreau, al que hasta se ha calificado de apóstol del 15-M. Me alegro de que las pequeñas editoriales hayan rescatado Cartas a un buscador de sí mismo, la edición crítica de Walden (ambas en Errata Naturae), La vida sublime (Impedimenta), El diario (Capitán Swing) o la biografía que escribió Antonio Casado de Rocha (Acuarela Libros). Pero me sorprende el desconocimiento del escritor. Si no conoces a Thoreau tampoco conoces a Douglas Sirk, otro director al que hemos disfrutado en la tele. Y eso me parece más grave. En Solo el cielo lo sabe, el director se encarga de enseñar un ejemplar de Walden cuando Jane Wyman va a visitar a los amigos de Rock Hudson. Jane Wyman lee el más famoso párrafo: "Una inmensa mayoría de mortales vive en desesperación callada. ¿Por qué hemos de afanarnos tanto por alcanzar el éxito? Si un ser no vibra al compás de sus semejantes, quizá es porque oye una música diferente. Debe seguir el ritmo que oiga, no importa cuál sea ni de dónde provenga". Introducir a Thoreau fue un empeño de Douglas Sirk, que lo admiraba desde que tenía catorce años. Aunque las películas del director alemán se han emitido muchas veces, me siento privilegiada por haber visto en los 80 el ciclo de Sirk en La 2 y la serie de entrevistas que Antonio Drove le hacía antes de cada película. Y de conocer a Thoreau por ver la tele. Lo mismo podría decir de Ayn Rand (otra redescubierta hace pocos años, en este caso por los conservadores americanos).

A la chiflada de Rand la conocimos por ver El manantial de King Vidor en el mismo sitio. En televisión, en la segunda cadena. Tengo amigas jovencísimas que van al cine todas las semanas y no tienen ni idea de cine clásico. Hay que reconocer la suerte que tuvimos los que lo veíamos continuamente en las dos únicas televisiones que había. Sin ir a filmotecas que no existían. La misma suerte del Príncipe a la hora de aprender idiomas. La misma que los hijos de Ana Botella.    

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