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Las sutilezas del lenguaje sobre la crisis

Amando de Miguel
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Lo de menos fue que en 2007, al estallar la crisis económica, el Gobierno de Zapatero no la reconociera. En su lugar, se aprestó a diversas metáforas, como "desaceleración" o "reajuste". De esa forma el Gobierno quitaba importancia a algo amenazante que se echaba encima y que podía ser atribuido a falta de perspicacia política. Por lo mismo, siete años después, el Gobierno de Rajoy insiste machaconamente en que ya no hay propiamente crisis, que estamos saliendo, que vamos a salir. Lo común de esas dos actitudes es que sustituyen la realidad por el deseo. Se parte de la falsa presunción de que la crisis o su resolución son consecuencia de la acción del Gobierno. Es algo que está por demostrar.

El debió inicial más grave es calificarla de "económica", cuando se trata de algo mucho más general. La explicación de ese adjetivo está en que en nuestro tiempo los economistas vienen a ser los sucesores de los sofistas, filósofos, ilustrados o intelectuales de épocas anteriores. Es decir, se consideran depositarios del saber fundamental. Es una forma de decir que los legos no tenemos pito que tocar en asuntos tan arcanos. Para reforzar su autoridad, los economistas se parapetan con tecnicismos cuando se dirigen al público. Su idea es convencer a la gente ignara de que las leyes económicas son tan universales como la ley de la gravedad.

La voz crisis es eminentemente médica. Equivale al punto de inflexión en el curso de una enfermedad, en el que se pide una decisión definitiva. De ahí se pasó a la noción de que se trata de una adversidad que puede ser corregida por el Gobierno.

Otra creencia general e indiscutible es que el desarrollo económico es indefinido: siempre se puede crecer. Es el voluntarismo deportivo de "vamos a ganar", cuando no se gana siempre. Además, los dos equipos sostienen lo mismo. Se sustituye la posibilidad por la deseabilidad.

La crisis actual se agrava porque lo que ha crecido de modo inexorable es que muchos deseos de la gente se truecan en derechos. Ante la realidad de que a veces no hay recursos suficientes, se acuña la divertida expresión de "crecimiento negativo".

Es conocido el fenómeno de la falacia de algunas estadísticas. Por ejemplo, las de paro, que son tan características de España. En ese concepto de parados no se cuentan los que han emigrado, han fallecido, han desistido de buscar trabajo. El sesgo más general es el de los millones de españoles que están trabajando de manera opaca a la Seguridad Social o al Fisco. Total, que no hay forma de saber cuántos parados hay.

Cuando un fenómeno colectivo no se sabe cuantificar, se acude al recurso mágico del 20%. Es el caso de la economía sumergida o también el de la pobreza. Esa constancia del 20% para ambos hechos se observa desde hace medio siglo. Tengo escrito por qué se recurre a la cifra del 20%, pero no voy a repetirme.

Hay un caso escandaloso de alteración del significado. Son las "energías limpias o renovables" para conseguir un "desarrollo sostenible". Nada de eso. Realmente son las energías más caras, que, por tanto, son un obstáculo al desarrollo.

El fracaso del desarrollo pasa también por la tendencia a despilfarrar el dinero público, que puede ser una acción legal o ilegal. En ambos casos ese fenómeno se concentra sobre todo en las autonomías. Donosa palabra para designar territorios heterónomos, pues se subordinan al Estado, a la Constitución. Los casos de corrupción política se disimulan muy bien si aparecen como "irregularidades".

Dado que la salida más expedita que le queda al Gobierno es la de subir los impuestos, lo mejor es llamarlos "ajustes fiscales". Los impuestos raras veces se designan con ese nombre, a no ser que se refieran a acrónimos: IRPF, IVA, IBI. Otra forma de disfraz es llamarlos de distintas formas. Por ejemplo, tasas, sanciones, licencias, copagos, cuotas a la Seguridad Social, retenciones, recargos, etc. El idioma es rico.

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