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Carmelo Jordá

De perros, ciclistas y consejeros de IU

Si quiere hacer lo que le de la gana, cómprese un chucho, una bicicleta o métase en un partido comunista.

Carmelo Jordá
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He estado en una zona natural de Madrid haciendo un poco de senderismo. Al principio del camino un cartel metálico describía las actividades permitidas y las no permitidas en el espacio natural. Entre las prohibiciones estaban el ir en bicicleta, el acampar o cosas tan lógicas como hacer fuego.

Tampoco se puede llevar los perros sueltos; sin embargo, durante nuestro paseo nos hemos cruzado con cerca de una veintena –no exagero, los he contado–, y adivinen ustedes cuántos de ellos llevaban puesta la correa. Sí, efectivamente: ninguno.

La culpa, obviamente, no es de los canes, sino de sus dueños, una clase especial de ciudadanos que –a partir de aquí generalizamos, pero también admitimos la existencia de excepciones: si no se siente usted aludido no se me ofenda, por favor– tiene un curioso rasgo en común: se creen con derecho a todo o, mejor dicho, creen que su encantador –para ellos– animal de compañía tiene derecho a todo.

Con la excepción de defecar en mitad de la acera y dejar ahí la plasta para deleite de los transeúntes, una tradición afortunadamente en retroceso, los dueños de perro creen que pueden hacer lo que les salga de las gónadas: soltarlo en parques y jardines, subir en el ascensor y no en el montacargas, meterlo en todo tipo de lugares y transportes…

A mí los que más me gustan son el derecho a husmearte o lamerte, algo que todo ser humano debe disfrutar porque si no te gusta que un animal peludo te llene de babas es que eres mala persona; y el derecho a ladrarte como si estuviese poseído por una legión de demonios babilónicos sin que el dueño haga nada. Y ¡ay como se te ocurra gritarle algo al chucho!

Es algo parecido a lo que ocurre –y no se me tomen la comparación por lo que no es– con los ciclistas: los usuarios de este método de transporte tienen también derecho a todo, desde saltarse los semáforos a circular por la acera a alta velocidad pasando por ir por mitad de la carretera y, por supuesto, a no llevar casco, no sea cosa que nos sude la cabeza.

Unos porque son los representes en la tierra del mejor amigo del hombre y cuanto más conocen a los hombres más quieren a su chucho, otros porque usan el vehículo ecológico –molón– perroflaútico por excelencia, pero el caso es que las normas no les aplican. Es algo así como si fuesen consejeros de IU en una Junta cualquiera: les dan los pisos a quien le sale de la Corrala, que para eso ellos son los que molan y los que representan al pueblo de verdad.

Así que ya sabe: si quiere hacer lo que le dé la gana, cómprese un chucho, una bicicleta o métase en un partido comunista. Y si hace las tres cosas a la vez –que no sólo no son incompatibles sino casi complementarias–, será usted el rey del mambo… o, mejor dicho, el presidente de la República Mambera.

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