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Juan Manuel González

Crítica: '50 Sombras de Grey', con Jamie Dornan y Dakota Johnson

Lo peor que se puede decir de una historia como la de '50 sombras' es que todo está bajo control. Y eso es precisamente lo que ocurre.

Juan Manuel González
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A estas alturas es imposible descubrir nada. También fingir rechazo, o escándalo. En el momento de escribir estas líneas, Cincuenta sombras de Grey es un absoluto hit en la taquilla mundial, con 250 millones de dólares amasados en un solo fin de semana sobre un presupuesto de "apenas" 40. Mucho dinero, incluso para las películas confeccionadas para eso, hacer dinero. Y quizá sea porque la de Sam Taylor Johnson es más que eso, que una película o un libro. Estamos ante uno de esos fenómenos dignos de análisis que radiografían el estado de la industria del entretenimiento actual, fundamentada cada vez más en la creación del denominado "blockbuster", grandes eventos que abarcan todos los medios y que son capaces de canalizar el interés del público que los recibe, en este caso con una mezcla de entusiasmo y rechazo que -intuyo- proviene de la naturaleza pasional e instintiva del tema. Y sí, por ese componente de extravagancia "bondage" que tanta curiosidad ha despertado a ciertos sectores, por conservadurismo, lujuria o (estoy seguro) ambas cosas a la vez. Cincuenta sombras de Grey es un fenómeno industrial que nos lleva a otro sociológico, el de la atribulada y en ocasiones hasta naïf respuesta de todos aquellos que la han devorado con ansias, para destrozarla o disfrutarla. Y me refiero tanto a la crítica ofendida del Festival de Berlín como a ese espectador que "confiesa", entre avergonzado e indignado, haber leído las novelas de E.L. James (justo antes de aclarar que no, que no le han gustado nada, pero que desde luego tienen "algo"). Da igual, todos han recibido la película con los brazos abiertos, aunque todavía no se han dado cuenta. A mi, el visceral odio vertido hacia el fenómeno que nos ocupa me resulta más entrañable que otra cosa, dado que para ofenderme, la película tendría que despertarme primero alguna clase de sentimiento. La operación comercial es otra cosa, y en sus propios términos me resulta fácil de racionalizar.

Entre otras cosas porque sus características son de libro, nunca mejor dicho y perdón por la broma, en tanto de unos años a esta parte Hollywood parece haber (re)descubierto en el negocio editorial la fuente primordial para esos fenómenos globales transmediáticos que describíamos arriba, capaces de lanzar estrellas de cine, generar noticias de todo pelaje, apelar a nuestros instintos con todo el tema sexual y sí, llenar los cines de gente y las estanterías de libros. Esto no es tanto una crítica como la constatación de una evidencia. Sea como fuere y en términos ya estrictamente cinematográficos, Cincuenta sombras de Grey supone la entrada de ese blockbuster que les describíamos en el género romántico, razón por la cual el público puede haberla recibido como lo ha hecho. Supone, por tanto, la relativa recuperación de un género, el del drama de amoríos, que hacía años que no llenaba esas mismas plateas, quizá desde tiempos de Pretty Woman. Porque no se engañen: de eso va todo esto, por mucho que esta vez haya un presunto lado oscuro en forma de cuarto rojo con fustas, cuero y látigos destinados al placer. Cincuenta sombras de Grey es una "love story" con un puñado de escenas de sexo como en su momento tenían Nueve semanas y media o Emmanuelle. Novedad o escándalo, más bien poco.

Dicho esto, al grano: ni un solo latigazo ni un fogonazo de deseo, sólo la impresión de estar ante un producto prefabricado, una película que sin las dichosas secuencias del cuarto rojo sería parecida a aquellas de Sandra Bullock o Julia Roberts, sólo que algo más fría y torturada (signo de los tiempos). Y que aún con ellas resulta aburrida. Podemos, no obstante, buscarle tres pies al gato: Cincuenta sombras es una historia en la que dos personajes solitarios llamados Anastasia Steele y Christian Grey (que parecen, hablan y se llaman como dos actores porno) tratan de relacionarse manteniendo las apariencias, sus respectivas poses, y por tanto, sin llegar nunca a entablar un contacto auténtico. En esa lucha está la película, en la historia de dos sujetos solitarios con miedo a ser ellos mismos y con distintas excusas para ocultarlo. El meollo del trabajo de Sam Taylor Johnson está en ese juego de apariencias e identidades entre esos dos artificiales tórtolos, desunidos no ya por sus evidentes diferencias sociales (eso aquí ya no importa ¿o sí?) sino por la represión de sus propios traumas. Y ahí reside su fracaso fílmico, porque es precisamente lo que ignora en beneficio de los recursos típicos del cine romántico, ése que adorna el sexo con canciones de Beyoncé y evita los orgasmos para sortear una calificación por edades prohibitiva, negando al espectador toda liberación. Uno nunca sabe si le están contando una historia de amor triste o un sensual y exuberante viaje al placer, porque Cincuenta sombras de Grey, la película, resulta frustrante, inexpresiva y sólo rasca la superficie de ambas.

Estamos ante una nueva encarnación de una fantasía primordial, la de salir con un famoso, aderezada con elementos bondage que más que prohibidos, excitantes o molestos resultan una mera "salsa especial" para adornar el largometraje. La película ensalza una relación de dependencia enfermiza a través de una típica maniobra: ella se crece ante la adversidad, él desvela sus fallas tras su apariencia invulnerable, antes de la -suponemos- verdadera liberación mutua en próximas entregas. Dicen los críticos que se perpetúan roles sociales un tanto enfermizos, propios de una sociedad adulta atascada en la adolescencia intelectual, aunque quizá sea un mero daño colateral causado por los tropos típicos del relato romántico (y seriado), tan dependiente de las previsibles zancadillas y adversidades para deleite/sufrimiento del consumidor. Un convencional y básico cuento de princesa-salva-príncipe, solo que esta vez convenientemente vestido de cuero para darle ese calculado punto de polémica.

Si al menos fuera divertido de ver, otro gallo nos cantaría, y la verdad, no tendría problema en elevar la película por encima del aprobado. La dirección de Sam Taylor-Johnson es lo mejor del tinglado, depurada, siempre fría y elegante, estéticamente bella. La música de Danny Elfman triunfa al reflejar ese mundo más distante que verdaderamente sensual en el que se mueven sus actores, dos jóvenes promesas que hacen lo que pueden con lo que les ha caído encima. Jamie Dornan trata de repetir su personaje traumatizado y reprimido de The Fall, la excelente serie que supuso su carta de presentación al gran público. Y Dakota Johnson defiende su personaje con más dignidad que Kristen Stewart hizo en Crepúsculo, de modo que podía ser peor. Pero Cincuenta Sombras es todo pulcritud, no hay en ella pasión ni un ápice de suciedad. Es, sin saberlo, el retrato de una relación adulta que más bien parece adolescente, y no especialmente sexual dados los dos muñecos que la protagonizan. Nueve semanas y media al menos supuraba sensualidad turbia, ésta pone al torturado amante a tocar el piano después del coito y después pide al público firmar un precontrato como el que Grey le ofrece a Anastasia Steele, uno que destierra la sorpresa y la ofensa de la película casi por decreto. Lo de atarse y fustigarse es un simulacro de polémica que tarda más de una hora de metraje en llegar a un filme totalmente previsible y conservador, más lánguido que sexual, que anula sus propias promesas y algunas interesantes aristas de la historia: Christian Grey, al fin y al cabo, parece que está más locamente enamorado de ella que ella de él, pese a (o precisamente por) todas las cláusulas que le impone a la muchacha. En realidad, lo peor que podría decirse de Cincuenta sombras de Grey es que todo está bajo control, y es precisamente lo que ocurre.

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