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Champán y soda

Hay gente que es demasiado pobre para los ricos y demasiado rica para los pobres. Como David Cameron.

Rosa Belmonte
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David Cameron | EFE

David Cameron es rico, aunque no tenga mucho dinero. Es la suya una riqueza modesta. Pero es uno de esos privilegiados económicos que, por ser políticos, tienen que exponerse al escrutinio público. En su Historia natural de los ricos, Richard Conniff sostiene que en esa seudoespecie surge una tendencia a excluir los elementos más bajos de la población incluso como espectadores cuyo aplauso o mortificación debería buscarse. "Para los ricos el deseo de impresionar a un extraño en la calle tiene tanto sentido como que un pavo real quisiera impresionar a un perro". Pero si eres político y necesitas los votos, de momento para que no se produzca el Brexit, acabas presentando tus seis últimas declaraciones de la renta. Los papeles de Panamá, esa manifestación de cotilleo financiero, han conseguido que el premier británico tenga que dar explicaciones de su herencias y sus chanchullos. Chanchullos menores en todo caso, pero suficientes para sacar los colores en Gran Bretaña, un país civilizado. Los ricos suelen decir que no lo son. Siempre hay alguien por encima. O se comportan como Cornelius Vanderbilt cuando el médico le recomendó champán para el dolor de estómago poco antes de morir. "No me lo puedo permitir. Supongo que la soda hará el mismo efecto". Y el tío tenía (en 1876) ciento diez millones de dólares.

Cameron recibió una herencia de su padre (que tenía una offshore) de 300.000 libras, una cantidad por debajo de las 325.000 que obligan a pagar el 40% de impuestos. Luego su madre le dio 200.000 para mejorarlo (el primogénito se había llevado la mejor parte, como en Sentido y sensibilidad). Y es el legado de la madre, el obtener el dinero por separado, lo que evitó pagar 70.000 libras a Hacienda, cosa que habría tenido que hacer si lo hubiera recibido con el dinero anterior. Los ingresos de Cameron están ocho veces por encima del británico medio que se manifiesta lo más cerca que puede de Downing Street. Pero no es la suya una gran fortuna. Muchos de sus compañeros de Eton y Oxford deben de estar compadeciéndose de él. "Van a pensar que soy pobre", decía un amigo mío al que acusaron en la prensa de haberse quedado con un millón de pesetas de Cajamurcia. Las clases sociales en Gran Bretaña siguen siendo algo menos permeables que en otros países. Y no sólo hay que ir al lenguaje, a la forma de hablar, a qué palabras son U o no U (por upper class) según Nancy Mitford. En los todavía recientes años 80 la decoración con muebles de la familia seguía siendo un símbolo de estatus. Michael Heseltine, Secretario de Estado para el Medio Ambiente y Secretario de Estado para la Defensa con Margaret Thatcher, era un millonario que había hecho su fortuna con el negocio editorial. Por méritos propios. Un miembro del partido conservador y de la clase alta, dijo de él con sorna: "El problema con Michael es que tuvo que comprar todos sus muebles".

Cameron, haga lo que haga, no tiene remedio, como en la canción de Agustín Lara. Es demasiado pobre para los ricos y demasiado rico para los pobres.

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