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Sumergirse en las Dunas de Maspalomas como en el mar

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El paisaje rocoso y volcánico habitual de Canarias tiene a veces puntos de ruptura que le dan variedad y color a unas islas que son mucho más que volcanes y playas. Sitios como la Caldera de Taburiente, en La Palma, o Garajonay en La Gomera -a pesar de que ambos comparten el origen volcánico del resto del archipiélago-; o, en otro estilo, las Dunas de Corralejo, en Fuerteventura.

En Gran Canaria, isla que conocí hace poco en un estupendo viaje que me llevó del invierno a la primavera como quién no quiere la cosa, hay también un espacio de dunas, no tan grande como el de Fuerteventura, pero igual de fascinante e hipnótico, si no más: las Dunas de Maspalomas.

Se trata de un pequeño Teneré que afortunadamente se ha mantenido virgen a pesar de estar rodeado de hoteles y campos de golf: las infraestructuras turísticas han respetado un espacio natural que las separa del mar pero que también da origen a una de las más impresionantes playas de Canarias, que es decir casi lo mismo que de España.

Hay que madrugar

A cambio de su magia las dunas les van a pedir un pequeño esfuerzo: hay que madrugar. Otra opción es esperarse a la caída de la tarde, pero lo óptimo es aprovechar las dos ocasiones a lo largo del día en el que la luz baja da al perfil de las montañas de arena un color cálido y unos volúmenes más claros, con un punto de turgencia casi diría que cárnica, humana.

La mañana, además de la salida del sol sobre el mar, nos permite ver las dunas, o al menos parte de las dunas, en un estado curioso de virginidad: cada noche el viento va cubriendo las pisadas que los turistas han ido dejando durante el día, por lo que a primera hora en aquellas zonas más expuestas a los elementos la arena aparece como si nadie la hubiese pisado nunca. Y así un día y otro y otro en un proceso que tiene algo de simbólico y que nos ofrece un paisaje siempre nuevo y se diría que por descubrir.

Dentro de las dunas, y siempre con el paisaje arenoso como protagonista, hay zonas diferentes y todas merecen conocerse: una más al oeste en la que encontramos una vegetación desértica pero bastante abundante, ideal para los que buscan disfrutar de la arena y el mar pero con cierta intimidad –algunos con demasiada, pueden tener encuentros sorprendentes-, tomar el sol a salvo de miradas indiscretas es posible entre plantas y arena, siempre con el murmullo de las olas de fondo.

Paraíso fotográfico

Al este, por contra, la arena reina en solitario y nuestra mirada se desplaza por las dunas sin encontrar nada que la frene hasta el mar, azulísimo, de fondo. Las colinas que forma la arena son más altas también en esta parte, o quizá no lo sean pero su desnudez hace que nos lo parezcan. Fotográficamente el paisaje adquiere una plasticidad muy especial: si son ustedes aficionados carguen un tele y dispónganse a disfrutar.
Las urgencias propias de los viajes periodísticos –nos esperaba una durísima sesión de masaje y spa, les digo que a veces esto no es vida- me impidieron dedicarle a las Dunas de Maspalomas el tiempo que creo que se merecen, que es mucho porque se trata de uno de esos paisajes que cada minuto nos parece más interesante, en los que con dar sólo dos pasos se nos abre una perspectiva completamente diferente, nueva y más fascinante aun.

Estoy convencido de que en mi próximo viaje a Gran Canaria -espero que pronto- podré subsanar mi involuntario error y pasar todo un día entre dunas, no les digo que creyéndome explorador o caravanero, pero casi, quizá hasta me ponga un turbante o una gorra a lo Corto Maltés, para meterme más en el papel.

Si ustedes van a Gran Canaria no lo duden: guarden para las Dunas de Maspalomas el tiempo que se merecen, les aseguro que volverán con un recuerdo único, imborrable, como el de una primera inmersión en la que, eso sí, en lugar de agua estarán rodeados de arena.

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