Cercano al medio siglo y lograda la paz con Francia, Carlos V pudo centrarse en el conflicto protestante en Alemania. El Rey llegaba maduro y achacoso, con ataques de gota que mermaban sus facultades, pero pleno de voluntad y firmeza. Si los luteranos no se atenían a negociar habría guerra. Y la hubo. La campaña del emperador en Alemania tuvo dos fases, la primera, en la línea del Danubio, se desarrolló durante la primavera y el otoño de 1546. La segunda, la del Elba, durante la primavera de 1547. En ella tendría lugar la decisiva batalla de Mühlberg.
El 25 de abril de 1898 Estados Unidos le declaraba oficialmente la guerra a España. La explosión del crucero Maine, con 260 muertos entre sus tripulantes, había facilitado una excusa. Las autoridades españolas ofrecieron una comisión de investigación conjunta, pero los americanos no la aceptaron. En Estados Unidos los medios sensacionalistas habían creado un ambiente de preguerra que rozaba la euforia, aunque las autoridades, con el presidente McKinley a la cabeza, eran todavía reacias al conflicto. En España, pese a que todo el mundo era consciente del poder del gigante americano, se vivió una situación parecida. Una parte de la sociedad, secundada por la prensa más conservadora, se mostró triunfalista. Apelaban al espíritu patriótico y a la inexperiencia bélica de los americanos, e incluso apostaron por la invasión del país. La última oferta de paz del embajador americano, cien millones de dólares a cambio de la isla, más un millón de comisión para quien cerrase la operación, era completamente inaceptable. La defensa de la colonia se estaba convirtiendo en una cuestión de honor y ante esa tesitura no había español que claudicara. «Guerra o deshonor», había sentenciado Sagasta.
El 26 de abril de 1899 el gobierno de la Unión Conservadora, presidido por Francisco Silvela, suprimía el Ministerio de Ultramar por falta de competencias. Era el golpe de gracia para la que había sido la gran nación del descubrimiento, la que había poseído mayor extensión de tierras, la que había hecho de la conquista de América un destino histórico. España había perdido sus últimas colonias de forma lamentable, sin presentar una defensa a la altura de su historia, a la altura de aquellos primeros conquistadores que con imaginación y voluntad inquebrantable habían desmoronado imperios. Puede pensarse que en aquel momento en España cundió el desánimo. Lo cierto es que no fue para tanto. Hubo un apagado silencio en torno a la catástrofe. Las corridas de toros tuvieron una entrada notable, no se registraron disturbios, ni protestas, ni tan siquiera discusiones más altas de lo debido. La casta intelectual lideraría la gestión moral del desastre desde aquel primer diagnóstico de Francisco Silvela, que sentenciaba que España no tenía pulso.
En la noche del 27 de abril del año 711 las primeras tropas del valí Musa Ibn Nusayr, gobernador del norte de África, desembarcaban junto al peñón de Gibraltar con el caudillo militar bereber Tariq Ibn Ziyad al frente. A lo largo de toda la noche y hasta la mañana del 28 desembarcan hasta 7.000 hombres, que tras tomar con facilidad la ciudad de Cádiz se hacen fuertes en un radio que llega hasta Algeciras, recibiendo refuerzos de un nuevo contingente de 5.000 hombres enviado por Musa. De este suceso tomará su nombre el promontorio de Gibraltar: Yabal Tariq o Monte de Tariq.
El 28 de abril de 1503 las tropas españolas al mando del Gran Capitán destrozaban a la caballería francesa del duque de Nemours en una batalla que cambiaría para siempre los viejos conceptos de la guerra. Gonzalo Fernández de Córdoba fue el segundo hijo de la casa de Aguilar, noble familia cordobesa oriunda de Montilla. Como correspondía a los segundones en épocas de mayorazgo, desde muy joven tuvo que ganarse un nombre con las armas vinculado a la corte castellana. Ayudó a la reina Isabel en sus pugnas civiles con la Beltraneja y se distinguió en la toma de Granada que pondría fin a la Reconquista. Sin embargo, sus mayores glorias vendrían en la campaña italiana, donde sería capaz de recuperar Nápoles para su Rey haciendo valer sus grandes dotes tácticas para inclinar la lucha hacia el lado que mejor le convenía, sumando el fuego de artillería a las batallas cuerpo a cuerpo y sentando los pilares de lo que sería en los años posteriores la mejor infantería de occidente.
El 29 de abril de 1935 se disputó la primera etapa de la primera edición de la Vuelta Ciclista a España, que contaba con 50 participantes y un recorrido de 3.425 kilómetros distribuido en catorce etapas. Se impuso el belga Gustave Deloor que dejó a catorce minutos al español Mariano Cañardo, segundo. La carrera nacía gracias al patrocinio del diario Informaciones y pretendía emular el prestigio de los campeonatos francés e italiano que, interrumpidos por las guerras civil y mundial, no tuvieron continuidad hasta 1955. La vuelta de 1936 estuvo en el aire hasta el momento preciso de la salida. Se celebró al fin y se impuso de nuevo Deloor, que se libró del deseado duelo con Cañardo porque éste cayó al cruzarse con un perro. Deloor compitió a placer y se permitió ayudar a su hermano Alphonse, que fue segundo. No habría nueva competición hasta 1941. Europa estaba en guerra y sólo cuatro extranjeros, todos suizos, pudieron sumarse a la carrera. Este año y el siguiente serían de dominio del español Julián Barrendero a pesar de los doce triunfos de etapa del esprínter Delio Rodríguez. La carrera se suspendería dos años por la mala situación económica del país y en 1495 volvería a celebrarse, con triunfo de Delio Rodríguez, que figura en el palmarés de la Vuelta como el mayor coleccionista de etapas, 39.
La Real Academia Española de la Lengua, fundada en 1713, reconoce al menos dos ilustres antecedentes en los siglos anteriores: la Accademia della Crusca, creada en Florencia en 1583, que publicó el Vocabulario de la Lengua Italiana en 1612, y la Académie Française, nacida en 1635 por iniciativa del cardenal Richelieu, reinando Luis XIII. Ambas instituciones tenían y tienen como finalidad la preservación de la pureza de la lengua de cada una de esas naciones. La misma intención animaba al marqués de Villena y sus ilustrados amigos en 1713, cuando concibieron la Academia Española, que Felipe V se apresuró a colocar bajo su «amparo y real protección».
El 24 de mayo se aprobaba la Constitución de 1876, que sería la de mayor vigencia de todas las propuestas a lo largo del siglo xix. Y es que entre la Constitución de 1812, la célebre Pepa, y la de 1876 se ensayaron cuatro proyectos constitucionales y un intento de unión federal. 1837, 1845, 1856 y 1869 dejaron textos constitucionales, mientras que en 1873 se diseñaba todo un proyecto federal, el de aquella caótica República que duraba once meses y digería cuatro presidentes distintos.
El 25 de mayo de 1085 el rey castellano Alfonso VI hacía su entrada triunfal en Toledo. Tras un concienzudo asedio arrebataba a los moros la que fuera la gran capital del reino visigodo, ciudad que albergaba toda la carga simbólica de la Reconquista. Lejos de poder resistir, el débil rey Al-Qádir obtuvo un buen pacto de capitulación, que incluía el respeto de la vida, las haciendas y las costumbres religiosas de todos los musulmanes que escogieran quedarse en la ciudad.
El 26 de mayo de 1642 el ejército español de Francisco de Melo, muy superior al de su contrincante, derrotaba a los franceses del mariscal Guiche en Honnecourt. Sería una victoria pírrica. Francia se tomaría la revancha nada menos que en la batalla de Rocroi, el gran descalabro de los tercios españoles en Europa.