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1256: Nace Guzmán, apodado «El Bueno»

El 24 de enero de 1256 nacía en León Alonso Pérez de Guzmán, apodado el Bueno por el increíble sacrificio del que sería capaz. Alonso era hijo natural del adelantado mayor de Andalucía, Pedro Núñez de Guzmán. Fue educado en armas junto a sus hermanos y demostró bien pronto sus buenas cualidades. El destino parecía augurarle una vida de éxitos militares, pero en lugar de eso encontró el exilio. Durante una discusión con su hermano en presencia del rey Alfonso X, éste le recordó su condición de bastardo. Humillado, puso rumbo a Algeciras entrando al servicio del sultán de Marruecos bajo condición de no pelear nunca contra cristianos. En 1291, muerto el emir Yusuf, Alonso se considera libre de compromisos y regresa a Castilla. Su fama había crecido y el rey Sancho IV le contratará como experimentado soldado en las guerras del Estrecho. Guzmán participará en la toma de Tarifa y se ofrecerá para proteger la plaza.

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1990: Fallece Dámaso Alonso

«Madrid es una ciudad de un millón de cadáveres», dice el primero de los poemas de Hijos de la ira (1944), la obra más célebre de Dámaso Alonso, poeta, filólogo, presidente de la Real Academia Española de la Lengua y enlace permanente entre los escritores del exilio republicano y los que permanecieron en España, como él, además de miembro de la llamada «Generación del 27». En Sevilla, los días 16 y 17 de diciembre de 1927 se reunieron José Bergamín, Juan Chabás, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Gerardo Diego y Jorge Guillén, muchos de ellos jóvenes alumnos de la Residencia de Estudiantes, para hacer un homenaje a Luis de Góngora, reivindicación que en sí misma representaba una toma de posición estética. De ahí el nombre de la generación literaria, a la que se unen históricamente los nombres de otros artistas de distintas disciplinas, como Luis Buñuel o Salvador Dalí, y de poetas que no asistieron a aquel acto, como Vicente Aleixandre, Luis Cernuda o Pedro Salinas. La Guerra Civil de 1936-1939 separó al grupo y la mayoría, políticamente comprometida con la izquierda y la República, emprendió el camino del exilio. Sólo Alonso y Aleixandre permanecieron en España, y Guillén regresó por primera vez en 1949.

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1564: El Concilio de Trento y la distinción entre protestantismo y catolicismo

El 26 de enero de 1564, la bula del pontífice Pío IV, Benedictus deus, daba carta de legitimidad a todos los decretos debatidos y resueltos en el Concilio de Trento. El Concilio de Trento, inaugurado en su primera sesión el 13 de diciembre de 1545, iba a prolongarse por veinte años y tres convocatorias sucesivas para dirimir las cuestiones dogmáticas más candentes de la época, tergiversadas por el empuje de la herejía protestante. Entre otras controversias se debatió con furor el papel de la tradición y los padres de la Iglesia en la interpretación de las Sagradas Escrituras, rechazado por los protestantes, que sólo admitían como dogma el Libro Sagrado, o el significado de la justificación del hombre por sus obras.

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1158: Nace la Orden de Calatrava, los templarios ibéricos

El 27 de enero de 1158 nacía la Orden militar de Calatrava, la primera que emulaba en España el espíritu de sacrificio guerrero de las órdenes del Santo Sepulcro. La vieja fortaleza de Calatrava había sido encomendada por el rey castellano Alfonso VII a los caballeros templarios. Al morir el monarca a mediados del siglo xii los templarios abandonaron la fortaleza, aduciendo que aquel promontorio fortificado era indefendible en medio de la estepa castellana si no se contaba con fuerzas suficientes. Como era de esperar, los almohades atacaron la fortaleza toledana, pero el abad Raimundo, del monasterio cisterciense de Fitero, organizó su defensa auxiliado por un monje que había sido caballero, Diego Velázquez. Entre los dos aguerridos clérigos convocaron una cruzada, logrando formar un pequeño ejército que resistió heroicamente el ataque. En recompensa, el rey castellano Sancho III otorgó la plaza de Calatrava a Fray Raimundo de Fitero, quien para su defensa establecería una guarnición permanente de soldados con votos monásticos, que llamó la Gran Orden Militar de Calatrava. Los caballeros de Calatrava vestían hábitos, salvo en la guerra, y juraban un voto único de obediencia, aunque en la práctica éste incluía pobreza y castidad.

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1920: Millán Astray funda la Legión

El 28 de enero de 1920 un Real Decreto aprobado por Alfonso XIII creaba el Tercio de Extranjeros, una unidad armada del Ejército cuyo objetivo sería actuar como fuerza de choque en la guerra de Marruecos. Venía a sustituir a las unidades de reemplazo, mal preparadas para la dureza de la guerra africana. El Tercio de Extranjeros fue un empeño personal del teniente coronel José Millán Astray, veterano de Filipinas y de la guerra de Marruecos, que quería fundar una unidad a semejanza de la Legión Extranjera francesa. Millán Astray contó desde el principio con la complicidad y el auxilio del monarca Alfonso XIII. De la Legión Extranjera tomaron el sistema de reclutamiento, que quedaba abierto para todo nacional o extranjero sano, fuerte y en disposición de empuñar armas. A cambio se le ofrecía la posibilidad de prosperar militarmente dentro del cuerpo. Para Astray, el reclutamiento de soldados extranjeros tenía un doble beneficio, ahorraba un soldado nacional y sumaba otro.

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1888: Teatro Variedades, la cuna de la zarzuela

El 29 de enero de 1888 ardía por completo el Teatro Variedades de Madrid. El incendio no produjo víctimas personales, aunque con el popular teatro se perdía la que puede considerarse cuna del género chico español. La zarzuela, el género lírico genuinamente español, combina escenas declamadas o dramáticas con otras cantadas, a menudo aderezadas con bailes multitudinarios, coros y grandes orquestas, resultando una atractiva mezcla de comedia y ópera. Su origen se atribuye a los espectáculos celebrados en el Palacio de la Zarzuela, llamado así por la gran cantidad de zarzas que rodeaban el palacio, y que servían de distracción a la corte de Felipe IV después de largas jornadas de caza. Se trataba de simples recitales de canciones que poco a poco fueron ganando en elaboración, de acuerdo con la moda de la ópera italiana. Lope de Vega y Calderón de la Barca iniciaron el género y es este último quien compuso la primera obra teatral lírica a la que llamó explícitamente zarzuela, El golfo de las sirenas, de 1657. En esta época los temas distaban mucho del costumbrismo posterior, siendo obras trágicas con elementos mitológicos y grandes personajes, héroes o reyes, como protagonistas.

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1797: Fallece el intrépido marino Antonio Barceló

El 30 de enero de 1797 moría el mallorquín Antonio Barceló, que de simple marinero llegó a ser almirante de la Armada. La historia de Antonio Barceló es la de un hombre sencillo, que apenas sabe leer y que no recibe más herencia que un pequeño jabeque con el que su padre transporta el correo desde la isla de Palma a Barcelona. El Mediterráneo es por entonces un mar infestado de piratas y los marinos mercantes tienen patente de corso para hacerles frente. Barceló, que navega desde niño y es capitán de su barco desde los dieciocho años, se convertirá en el terror de los piratas berberiscos, y sus hazañas inspirarán multitud de coplillas y expresiones de admiración. Por Andalucía aún se puede escuchar aquello de «ser más valiente que Barceló por mar».

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1578: Juan de Austria derrota en Gemblox a los Países Bajos

El 31 de enero de 1578 don Juan de Austria vencía a las Provincias Unidas de Guillermo de Orange en la batalla de Gembloux, en una de las últimas victorias del héroe. Don Juan de Austria había llegado a los Países Bajos para sustituir al antiguo gobernador, Luis de Requesens, fallecido en los motines de sus propias tropas debido a los atrasos de meses en sus soldadas. No parecía el mejor destino para el soldado, que por entonces estaba más pendiente de arrebatarle el trono británico a Isabel I mediante el enlace con la reina de Escocia, María Estuardo. Las provincias católicas del sur se habían unido en torno al príncipe de Orange después del terrible saqueo de unos tercios descontrolados a la ciudad de Amberes. A su llegada, don Juan tuvo que firmar el Edicto Perpetuo, en el que era reconocido como gobernador a cambio de retirar sus tropas. Poco más podía hacer el gobernador en aquella tierra traicionera y hostil, tumba de tantos hombres valiosos, a la que llegaba sin hombres ni recursos.

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1525: Carlos I vence a los franceses en la batalla de Pavía

El 24 de febrero de 1525 las tropas de Carlos I vencían al enemigo francés en la batalla de Pavía y hacían prisionero al rey de Francia. A lo largo de todo su reinado, Carlos I encontró un único monarca capaz de ensombrecer su hegemonía, Francisco I. Había rivalizado con él por la corona imperial y ambos pugnaban ahora por el control de la Península Itálica, el termómetro de Centroeuropa. La de Pavía no fue una batalla decisiva desde el punto de vista del daño bélico que se infringe al adversario, pero sí desde el moral. Tres soldados españoles, Juan de Urbieta, Diego Dávila y Alonso Pita, habían conseguido apresar nada menos que al monarca francés en pleno campo de batalla. Los ojos de Europa empezaban a ver al español como el nuevo enemigo a batir.

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1906: Miguel de Unamuno y «la crisis del patriotismo»

Don Miguel de Unamuno (1864-1936) fue en más importante de los intelectuales de la «Generación del 98», así llamada por el año en que España perdió sus últimas posesiones de ultramar, Cuba y Filipinas. Gran pensador, filósofo, novelista y poeta, la cuestión nacional española y la de los nacionalismos periféricos, especialmente el vasco y el catalán, fueron cuestiones centrales en su vida, como se evidencia en sus obras y en su extenso epistolario. En 1896, Unamuno publicó un artículo titulado «La crisis del patriotismo», en el número 6 de la revista Ciencia Social. En aquel año, el autor pertenecía aún al Partido Socialista, con el que rompería un año más tarde, cuando, además, entró en su etapa de meditación religiosa que tan grande saldo dejaría para la cultura española. En aquel artículo reivindicaba el derecho de cada pueblo de España a «desarrollarse como es él». «La unión fecunda», escribe, «es la unión espontánea, la libre unión entre los pueblos», todos, los de España y otros, porque las naciones, como le dirá a Ganivet en una carta de 1898, «están destinadas a desaparecer». Muy distinta será la postura del filósofo diez años más tarde, el 25 de febrero de 1906, cuando, llamado por un grupo de intelectuales notables, pronuncie una conferencia en el Tea­tro de la Zarzuela de Madrid con idéntico título que el de su texto de 1896, pero de contenido muy diferente. Lo dicho por Unamuno se encuentra en los breves ensayos titulados La crisis actual del patriotismo español (1905), La patria y el ejército y Más sobre la crisis del patriotismo español (ambos de 1906). No se trataba de una reunión espontánea: «Movidos por Azorín, decenas y docenas de escritores y artistas, Galdós, doña Emilia Pardo Bazán, Azcárate, Melquiades Álvarez, Julio Camba, Manuel y Antonio Machado, Rusiñol, Ricardo y Pío Baroja, Eduardo Marquina, Ciges Aparicio, Amadeo Vives, Pijean, Ors, Zulueta e tutti quanti», escribió Pedro Laín Entralgo, convocaron al maestro a la capital. En un tiempo agitadísimo (en 1905 se habían sucedido cinco gobiernos, las huelgas prosperaban, el hambre en Andalucía era atroz, como testimonió Azorín en La Andalucía trágica), el Ministerio de Gobernación tomó todas las precauciones en espera de que Unamuno diera lugar a una sublevación. Pero no será así. Unamuno dirá entonces, ya plenamente español, que «en el fondo del catalanismo, de lo que en mi País Vasco se llama bizcaitarrismo, y del regionalismo gallego, no hay sino anti-castellanismo, una profunda aversión al espíritu castellano y a sus manifestaciones».

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