El 8 de junio de 1873 nacía en Monóvar, provincia de Alicante, José Martínez Ruiz, escritor conocido por su pseudónimo, Azorín. Estudió en los Escolapios de Yecla e intentó sin éxito licenciarse en Derecho, una vocación forzada que cambió por otra más espontánea, la literatura. Quizás por rebeldía a su padre, militante del Partido Conservador, Azorín escribía en El Pueblo, periódico de agitación izquierdista. Llegó a Madrid con una recomendación para trabajar en El País y allí se distinguió por una serie de artículos exaltados donde cargaba contra las instituciones, las costumbres sociales, la situación política y cultural y cualquier clase de tradición burguesa que se le pusiera por delante. Tal fue su vehemencia que terminó por cruzar la raya y ser despedido, no obstante Leopoldo Alas Clarín le dedicaría estas líneas: «Martínez Ruiz es un anarquista literario; sus doctrinas son terribles; pero él es un mozo listo, listo de veras. Entre las pocas cosas que respeta está el castellano».
El 9 de junio de 1588 la Gran Armada debía tocar puerto en La Coruña debido a una tormenta que dispersó a la flota. Mal presagio para una empresa de envergadura que había partido de Lisboa a finales de mayo, con rumbo a las costas inglesas. El objetivo, derrotar y someter a Inglaterra. El motivo, su reina Isabel. España era con Felipe II la potencia hegemónica del mundo. Había derrotado a los turcos en Lepanto y a los franceses en San Quintín y Gravelinas, pero le habían nacido dos nuevos problemas: en Flandes los calvinistas se levantaron contra su Rey, y en las colonias el comercio se veía acosado por la piratería. De ambos problemas tenía culpa Isabel I, que financiaba a los protestantes rebeldes y otorgaba patente de corso a los piratas para debilitar a España. A Felipe II no le interesa una guerra abierta con Inglaterra hasta que pueda pacificar los Países Bajos, pero las noticias de los saqueos del corsario Drake en Santo Domingo y la ejecución de su aliada, la católica María Estuardo, por orden de la Reina terminaron por decidirle.
Antoni Gaudí i Cornet (1852-1926) fue un arquitecto español, el más importante del modernismo catalán. El 7 de junio de 1926, en su camino habitual hacia la iglesia de San Felipe Neri, fue atropellado por un tranvía en la Gran Vía, cerca de la esquina de la calle Bailén. Cayó sin sentido. Iba sin documentos y con las trazas de un indigente, pues se preocupaba poco por su aspecto. Un guardia civil le envió en un taxi al hospital de San Pablo. Sólo un día más tarde, el capellán de la Sagrada Familia, que lo buscaba, dio con él. En cualquier caso, era tarde. Murió el día 10 de junio y el 12, en un acto multitudinario, sus restos fueron depositados en la cripta del templo expiatorio de la Sagrada Familia, la más célebre de sus obras, entre las cuales ocupan lugares principales la Casa Batlló, la Casa Milá —llamada habitualmente «la Pedrera»—, la Cooperativa Obrera Mataronense —en la línea de las grandes construcciones industriales de finales del xix en Cataluña—, el Palacio, los Pabellones, las Bodegas y el Parque Güell —todos encargo de esta poderosa familia catalana—, la Casa Vicens, el Colegio de las Teresianas, la Casa Calvet y la Torre Bellesguard, todas ellas en Barcelona. Pero es el autor también de la Cripta de la Colonia Güell, en Santa Coloma de Cervelló; los Jardines de Can Artigas, en la Pobla de Lillet, Casa Botines, en León; el Palacio Episcopal de Astorga o la finca El Capricho en Comillas, Cantabria. La belleza de todos los trabajos de Gaudí hace olvidar a veces la importancia de sus aportaciones a la técnica de la construcción, tanto en lo estructural como en lo decorativo. Era un artesano exquisito que oficiaba a la vez como arquitecto, ceramista, vidriero, herrero, carpintero o albañil: la mayoría de las muestras de lo que él llamaba trencadís, es decir, las coberturas realizadas con cemento y fragmentos de cerámica de desecho, tan visibles en el Parque Güell, salieron de su propia mano. Tras una etapa neogótica, a la que corresponde la Cooperativa Obrera de Mataró y, algo más tarde, el Colegio de las Teresianas de Barcelona, Gaudí sumó sus esfuerzos al movimiento modernista, en su apogeo a finales del siglo xix y principios del xx, superándolo en muchos aspectos. Por otra parte, destaca su acendrado catolicismo, que le llevó a formar parte del Cercle Artistic de Sant Lluc, fundado por el obispo Torras i Bages y los hermanos Josep y Joan Llimona. Este último, autor de San Felipe Neri en la consagración de la Santa Misa, en la iglesia de Barcelona dedicada al santo, dio a éste el rostro de Gaudí.
La historia de los primeros viajes en avión sobre el Atlántico está llena de acciones heroicas que han merecido el recuerdo popular. España tuvo un papel destacado en esa enorme aventura, con dos vuelos, en 1926 y 1933. El primero fue el del Plus Ultra, un hidroavión que, comandado por Ramón Franco y con el capitán Julio Ruiz de Alda, el teniente de navío Juan Manuel Durán y el mecánico Pablo Rada como tripulantes, partió de Palos de la Frontera, Huelva, el 22 de enero de 1926, y llegó a Buenos Aires el 10 de febrero, siguiendo la ruta que habían hecho en 1922 los portugueses Sacadura Cabral y Gago Coutinho para ir de Lisboa a Río de Janeiro. Pero tanto el Plus Ultra como su antecesor habían hecho escalas en su recorrido, al igual que el italiano Francesco de Pinedo, que unió Roma con Buenos Aires en 1927, deteniéndose en Cabo Verde.
El 12 de junio de 1985 España firmaba el Tratado de Adhesión a la Comunidad Económica Europea, organismo que más tarde evolucionaría hacia la Unión Europea, tal y como hoy se la conoce. Lo hacía junto a Portugal, en un tratado común negociado particularmente y firmado en el Palacio Real de Madrid. Para España, la integración significaba liberalizar y ampliar mercados, pero también someterse a una avalancha de nuevos productos, fruto de una libre competencia que hacía temer una recesión inicial y la desaparición de algunos subsectores. La CEE también significaba la regulación de algunos sectores, como la pesca o la agricultura, que en España estaban protegidos y subvencionados pero que pasaban a reglamentarse con criterios diferentes.
El 13 de junio de 1348 moría el infante don Juan Manuel, sobrino del rey Alfonso X y figura intelectual y política de su tiempo. El nombre de don Juan Manuel ha llegado a la posteridad por su excelente aportación a la literatura, sobre todo con su obra cumbre, El conde Lucanor. Pero el infante fue además un destacado político con inclinaciones a la conspiración y un militar de prestigio que participó en la batalla del Salado y la toma de Algeciras, junto al rey castellano Alfonso XI. Don Juan Manuel tuvo siempre presente su buen nacimiento y condujo su vida al beneficio personal tratando de afianzar su posición aun a costa de otros, pero esa aparente ambición queda atemperada por su obra, de sencillo afán didáctico y moralizador. Así, su personalidad queda a caballo de ambas propuestas, ni tan arribista ni ejemplo moral.
Una de los elementos que caracterizan al Estado nacional moderno es el monopolio de la acuñación de moneda y valores postales. En España no se avanzó realmente en ese sentido hasta la llegada al trono de Felipe V, que reinó entre 1700 y 1746. Al comienzo del siglo xviii convivían varias cecas o casas de moneda estatales con otras privadas. El rey Felipe abolió las privadas y sometió a las estatales —Madrid, Barcelona, Sevilla, Pamplona, Segovia, Jubia (en la provincia de La Coruña), y hasta Manila, en Filipinas— a un régimen de total dependencia. Cada una de ellas tenía sus propias características gráficas, cosa que duró, igual que las siete cecas, hasta el 14 de junio de 1864, cuando Isabel II inauguró la Casa de la Moneda, con sede única en Madrid, en un edificio situado en lo que hoy es la plaza de Colón. La antigua Ceca de Madrid había estado en la calle de Segovia hasta 1861, cuando las instalaciones resultaron inadecuadas para la moderna maquinaria de impresión. En 1868, Laureano Figuerola, ministro de Hacienda del Gobierno provisional del general Serrano, implantó la peseta como moneda nacional, sustituyendo al escudo, con lo que se unificó el sistema. La Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, creada 1893, absorbería a la Casa de la Moneda y la Fábrica del Sello, institución de corta vida, puesto que el primer sello de correos se imprimió en España en 1850, y que también funcionaba en el mismo inmueble. En 1964, la Fábrica de Moneda y Timbre se trasladó a la calle de Jorge Juan 106, dando lugar a que el edificio de Colón fuera demolido y reemplazado por los Jardines del Descubrimiento en 1970 y, en 1978, el Centro Cultural de la Villa de Madrid, cuya construcción había sido aprobada en la misma fecha que la de los jardines, siendo alcalde Carlos Arias Navarro. La sede actual, en la calle Doctor Esquerdo 36, alberga también el Museo Casa de la Moneda, con una de las mayores colecciones numismáticas de Europa, y la Fundación Casa de la Moneda, que promueve actividades culturales. Además de imprimir billetes de banco y sellos, cosa que hace desde 1937, la fábrica produce documentos, como el DNI o el pasaporte, cartones de bingo, billetes de lotería y tarjetas inteligentes. Existe una delegación de la institución en Burgos, en la que se elabora el papel para la impresión de documentos y billetes de banco.
El 15 de junio de 1094 el Cid Campeador conquista la ciudad de Valencia. Se trata de una gesta sólo al alcance de este gran héroe, el mayor quizás de nuestra crónica histórica. A finales del siglo xi había penetrado una nueva fuerza en la Península, los almorávides, que habían asumido a las débiles taifas y unificado de nuevo la España islámica. De su ferocidad y resistencia daba buena cuenta el rey castellano, Alfonso VI, derrotado por el caudillo Yusuf en Sagrajas. Los almorávides habían sorprendido a los castellanos por la fiereza de su aspecto, sus poderosos escudos de piel de hipopótamo y el estruendoso redoble de sus tambores. Pero, además, luchaban en formación compacta y destacaban por su rudeza, habituados a las inclemencias del desierto. Se trataba, en definitiva, de un pueblo feroz pero disciplinado que infundía terror en sus enemigos y desconocía la derrota.
El 16 de junio de 1779 España le declaraba la guerra a Inglaterra. El Tratado de Aranjuez le comprometía a intervenir en la Guerra de la Independencia americana, donde a España no se le había perdido nada. La emancipación de las colonias inglesas era un mal precedente para los dominios españoles en América, el conflicto podía perjudicar al comercio y la lucha llegaba a la frontera con Luisiana, el nuevo territorio español que Francia había regalado a Carlos III. Sólo la rivalidad feroz con la Pérfida Albión y el deseo de recuperar Gibraltar y Menorca justificaban la guerra. España lograría algunas victorias que reverdecerían su marchito prestigio militar, recuperará Florida y Menorca, pero no volverá a ver ondear una bandera española en Gibraltar.
El 17 de junio de 1931 se inauguraba en Madrid la plaza de toros de Las Ventas. El primer toro que se lidiaba era de la ganadería Domeq, de nombre Hortelano, y sería estoqueado por el diestro Diego Mazquiarán «Fortuna». Tras la corrida, la plaza se cerraría durante tres años. El ruedo estaba en malas condiciones y la obra no había conseguido el acabado necesario. El 21 de octubre de 1934 se celebraría una nueva inauguración, ésta de carácter oficial, con presencia en el ruedo de Juan Belmonte, entre otros diestros. A partir de entonces, sólo la Guerra Civil interrumpiría su uso normal.