El 12 de septiembre de 1213, Pedro II de Aragón perdía la vida al ser derrotado por Simón de Monfort en la batalla de Muret. Paradojas de la historia, el héroe de las Navas de Tolosa, el Rey que había sido coronado en Roma, renovando los votos de su vasallaje al pontífice Inocencio III, moría defendiendo la herejía albigense ante los caballeros cruzados de Simón de Monfort.
El 13 de septiembre de 1598 fallecerá, víctima de la gota, Felipe II, llamado el rey prudente. Afrontó con admirable resignación sus últimos días aquejado de fuertes dolores por la supuración de sus llagas. Desde 1595 yacía postrado en un diván portátil, curioso ingenio que hoy se exhibe en El Escorial y que bien puede ser el precedente de la silla de ruedas. Anteriormente contaba con un sofá articulado pero hubo que añadirle movilidad a raíz de un incidente que por poco acaba con su vida. Un día de fuerte tormenta su estancia se inundó llegándole el agua hasta la cintura y como nadie era capaz de mover la pesada silla tuvo que aguantar allí resignado hasta que la lluvia cesó y bajó el nivel del agua. Sus facultades mentales también decaían y, aunque delegó en su hijo la firma de documentos y otras tareas burocráticas, se resistió a dejar el poder como hiciera su padre Carlos V. Al menos hasta que encontrase una solución para los Países Bajos. Creyó encontrarla separando el reino de la corona española y entregándoselo al archiduque Alberto de Austria, que casaría con su hija Isabel.
El 14 de septiembre de 791 el rey astur Bermudo abdicaba en la figura del joven Alfonso al verse incapaz de responder a la terrible amenaza bélica del nuevo emir cordobés, Hisham I. Hijo del feroz Fruela y nieto del primer Alfonso, el Rey Casto parecía escogido para afrontar los peligros que se cernían sobre el joven reino astur. Por delante tenía la ardua tarea de convertir un reino frágil y amenazado en una realidad imparable que Córdoba no podría más que asumir. Entre Alfonso II y su misión se erigió un rival formidable, el joven emir Hisham. Ambos alternaron grandes victorias con sonados desastres. Pegó primero el Rey Casto con una gran victoria en Lutos, pero al año siguiente, ante una nueva campaña musulmana, se confió en exceso y presentó batalla en campo abierto, cayendo derrotado en Las Babias. Alfonso fue perseguido y tuvo que sacrificar a su caballería, mandando a la muerte al fiel Gadaxara, al mando de tres mil caballeros contra el triple de moros. Ambos bandos asumían que el reino no podía maniobrar sin cabeza y la de Alfonso era la más cotizada.
El 15 de septiembre de 1585 sir Francis Drake partía del puerto de Plymouth al mando de una flota de 23 barcos rumbo a las Indias. Francis Drake era entonces un marino de prestigio que había emulado a Magallanes y Elcano dando la vuelta al mundo a bordo de su nave, la Golden Hind. El pirata, que ya contaba con patente de corso, se había despachado a gusto saqueando poblados indefensos y desvalijando a todo mercante que se le ponía a tiro. Frente a Costa Rica apresó uno de los galeones de Manila, donde encontró cartas de navegación para la travesía del Pacífico. Sabiendo que toda la Armada española estaría esperándole, aprovechó su botín para lanzarse hacia el Pacífico y regresar a Inglaterra rodeando África. La reina recibió su hazaña con entusiasmo y en la misma cubierta del barco le nombró caballero, asegurando que era el primer comandante que daba la vuelta al mundo y tachando a Elcano de mero lugarteniente.
El 16 de septiembre de 1913 tomaba la alternativa el torero Juan Belmonte, el hombre que revolucionaría el mundo del toreo. Era Belmonte el tipo de torero hecho a sí mismo. No tuvo más remedio. Quedó huérfano de madre muy niño y sólo asistió a la escuela hasta los ocho años. Ayudaba a su padre en una modesta quincallería y empezó a frecuentar pandillas de las que nada bueno podía aprender, salvo resistir y endurecerse. Fue creciendo el torero, con su aire triste y famélico, fiero y desgarbado. Sus amistades, cada vez más toreras, no dejaban de ser poco aconsejables. Belmonte toreaba de noche en las dehesas, ocultándose de la Guardia Civil, a menudo en cueros, empapado tras haber cruzado un río o lleno de ortigas.
El 17 de septiembre de 1580 nacía en Madrid Francisco de Quevedo y Villegas. De niño se educó con los jesuitas, de donde le pudo venir tanto su noble espíritu como ese afán peleón que le acompañó en vida. Estudió en las universidades de Alcalá de Henares y Valladolid, coincidiendo su estancia allí con la capitalidad del reino, lo que aprovechó para darse a conocer en la corte. Trabó amistad con el duque de Osuna, que se lo llevó a Sicilia aprovechando su habilidad con las lenguas. Al caer en desgracia el duque lo hizo también su protegido, siendo recluido en su señorío manchego de Torre de Juan Abad. De vuelta a Madrid supo frecuentar la amistad del conde-duque de Olivares y hacerse hueco de nuevo. Al contrario que Góngora, Quevedo fue siempre un poeta cortesano. Su ingenio hiriente y certero se acomodaba bien a esa frivolidad elevada que cultivaba la nobleza. Pero a un autor de su talento tanta ligereza se le terminó haciendo pesada. Alternó sus andanzas cortesanas con largos periodos de distancia y soledad en su señorío manchego de Ciudad Real. Así pudo el poeta afrontar sus obras de mayor hondura, desde las series de Sueños hasta su ensayo patriótico, La España defendida.
El 18 de septiembre de 1475 se produce la batalla de Baltanás dentro de la Guerra de Sucesión por el trono de Castilla. A la muerte de Enrique IV los partidarios de su hija Juana no aceptaron la coronación de Isabel como reina de Castilla. Para los opositores a la Reina, su matrimonio con Fernando de Aragón sin autorización regia había invalidado el acuerdo de Toros de Guisando. Cierto era que ahora Isabel contaba con el apoyo de la corona de Aragón pero su rival tenía el favor de la nobleza castellana y también el de su poderoso tío, Alfonso V, rey de Portugal.
El 19 de septiembre de 1468 Isabel, la futura Reina Católica, es jurada princesa de Castilla en la venta de Toros de Guisando. Días antes había obtenido de su hermanastro Enrique IV el compromiso de la sucesión al trono de Castilla por delante de su hija Juana. Sobre la Beltraneja pesaba la sospecha de la ilegitimidad. Se decía que era fruto de las relaciones de la esposa de Enrique con uno de sus validos, Beltrán de la Cueva (de ahí su apodo), pues el monarca castellano, llamado el Impotente, no podía mantener relaciones normales. Pero si el acuerdo de los Toros de Guisando suponía un reconocimiento implícito de la bastardía de su hija Juana, ¿por qué lo aceptó Enrique?
El 20 de septiembre de 1604 finalizaba el sitio de Ostende, que se prolongó durante casi tres años. La ciudad de Ostende tenía una importancia moral y estratégica para el gobernador español, por entonces el archiduque Alberto. Por un lado era la única plaza rebelde en Flandes que nunca había sido española; por otro estaba su importancia táctica. Ostende dominaba la salida al mar del Norte, había sido base de operaciones en la reciente victoria holandesa en Nieuwpoort y era nido habitual de los llamados «mendigos del mar», flota corsaria de las Provincias Unidas. La empresa no iba a ser sencilla, la ciudad tenía fama de inexpugnable. Amurallada, contaba con dos fosos defensivos y un sistema de esclusas que permitía jugar con el nivel del mar, haciendo los fosos navegables o convirtiéndolos en trampas de fango. Alejandro Farnesio ya había tratado de rendir la ciudad en el pasado y había tenido que desistir.
Juan de la Cierva y Codorníu nació en Murcia el 21 de septiembre de 1895 y murió en Inglaterra, en un accidente aéreo, en diciembre de 1936. Fue ingeniero de caminos, canales y puertos, inventor, científico aeronáutico y aviador. Su mayor creación, un hito en la historia de la tecnología española, fue el autogiro, predecesor directo del helicóptero. Era hijo de Juan de la Cierva y Peñafiel, abogado, varias veces ministro y alcalde de Murcia. Su vocación se manifestó muy temprano: era un niño cuando construyó, con su amigo Tomás de Martín-Barbadillo, modelos capaces de volar. En 1912, cuando aún no había cumplido los diecisiete años, construyó y puso en el aire un avión biplano, llamado El Cangrejo o BCB-1, con piloto y pasajero. Lo logró desde la sociedad BCD, que había constituido con sus compañeros José Barcala y Pablo Díaz, pionera en la aeronáutica española. En 1920, diecisiete años después de los vuelos autopropulsados de Richard Pearse y de los hermanos Wilbur y Orvile Wright, De la Cierva construyó en Madrid el primer autogiro. Si en el avión las alas están unidas al fuselaje, en el autogiro lo están a un rotor. El Cierva C.1 llevaba el fuselaje, las ruedas y el estabilizador vertical de un monoplano francés Deperdussin construido en 1911, sobre el cual el inventor montó dos rotores de cuatro palas y, sobre ellos, una superficie vertical para el control lateral. Los rotores dependían de un motor Le Rhône de 60 caballos. El aparato no llegó a volar, pero permitió a De la Cierva descubrir qué debía corregir. Tras dos intentos fallidos más, los modelos C.2 y C.3, y numerosas pruebas realizadas en el túnel de viento de circuito cerrado del aeródromo de Cuatro Vientos —construido por Emilio Herrera y el mejor de Europa en aquella época—, De la Cierva construyó en 1922 el C.4, con las palas del rotor articuladas en encaje en el eje. Alejandro Gómez Spencer lo pilotó con éxito en enero de 1923 en el aeródromo de Getafe: 180 metros de recorrido. Días después, introducidas algunas modificaciones, se logró un vuelo de 4 kilómetros y 4 minutos en Cuatro Vientos. El motor tenía ahora más del doble de potencia. En julio se construyó el C.5, que voló en Getafe, y De la Cierva consiguió el apoyo del Estado. Paradójicamente, su muerte, en 1936, fue en un accidente de un avión tan probado —un Douglas DC-2— que hacía la línea regular entre Londres y Amsterdam.