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Katy Mikhailova

Los chorizos de Lujo II

El estado anímico de Domenico Dolce y Stefano Gabbana va de mal en peor, a pesar de que la ostentación no les abandona.

Katy Mikhailova
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El estado anímico de Domenico Dolce y Stefano Gabbana va de mal en peor, a pesar de que la ostentación no les abandona.
Alfonso Dolce y Giuseppe Minoni. | Efe

El estado anímico de Domenico Dolce y Stefano Gabbana va de mal en peor, a pesar de que la ostentación no les abandona cuando la musa de la creatividad les inspira. Y es que su última colección del tándem de diseñadores italianos se resume en monedas bizantinas que redecoran bolsos y sandalias, entre otras prendas. ¿Será que lo que escasea potencialmente en sus bolsillos lo quieren ver en sus creaciones? Y es que fue en junio de 2013 cuando se daba a conocer la "trágica" noticia para la comunidad de ‘fashion victims’: el destino de los diseñadores podría acabar en 20 meses de cárcel, además de una multa de 500 millones de euros.

Corría el año 2004 cuando a Domenico y a Stefano, y a parte de su equipo implicado en este intento malparado, se les ocurrió la presunta pero "brillante" y original idea de crear una offshore en Luxemburgo, ya que en este país a los empresarios se les asfixia menos con los impuestos. Entonces, Dolce y Gabbana vendieron su marca a un holding, cuya sede se encontraba en el país, famoso por ser un paraíso fiscal. Sin embargo, la realidad era otra. Todo este holding no era más que un apartamento vacío, desde el que -supuestamente- se ejercía toda la actividad empresarial. Pero Domenico y Stefano vivían y, sobre todo, trabajaban en su Italia natal y adorada.

Cuando el caso se reabría por segunda vez en 2013 y la noticia se hacía pública, los diseñadores no dudaron en ejercer el victimismo demagógico amenazando, con sutileza, con cerrar las tiendas si perdían en los juzgados. Ante tal "comunicado" al Corriere della Sera -que entristecía la comunidad de la moda-, no descartemos que el fenómeno termine como el de la Pantoja, en un intento de recaudación popular de fondos bajo el posible lema de "Salvemos a Dolce&Gabbana, que sin ellos la moda se hundirá", a sabiendas de que la pasión de los italianos y la fiebre de estos por el lujo y la ostentación no sabe de límites.

Al cabo de poco tiempo, los creadores vestían su tienda de luto. A las semanas de conocerse la presunta estafa, colgaban un cartel en la entrada de sus tiendas de Milán un 19 de junio de 2013: "cerrado por indignación". Y es que la pataleta de los italianos no era otra cosa que su respuesta ante la negativa del concejal del Ayuntamiento de la capital de la moda italiana a dedicarle espacios simbólicos urbanos a unos sujetos condenados por presuntos delitos como la evasión fiscal. A pesar de movilizar a los twitteros seguidores de la marca de lujo, que no dudaron en ayudar al linchar al Ayuntamiento, todo quedó en nulas manifestaciones escondidas bajo el anonimato.

Y por si fuera poco, la "mano negra" de los creativos no quedaba ahí. Al mes de todas estas revueltas digitales, la firma italiana volvía a pisar los juzgados por usar ilícitamente la imagen del actor Peter Fonda en una colección de camisetas. Así, el actor pedía una indemnizción de 6 millones de euros.

Lo sorprendente es que ese mismo año la empresa finalizaba con una facturación que alcanzaba los mil millones de euros. Debe de ser que los ‘dolce-gabbana victims’ se solidarizaban con los presuntos chorizos de lujo para ayudarles a salir de tal situación; o, que, simplemente, al ser noticia, despertaban mayor interés incluso en los más reacios a portar productos de la marca. Creaciones pintadas de barroco puro y duro, que roza el rococó, en las que no escatiman en dejar con claridad <Dolce&Gabbana>, no vaya a ser que alguien no reconozca la marca. Ajo y agua para los creadores que han metido la gamba convirtiéndose en los chorizos de lujo más famosos de la historia.

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