
Pablo Iglesias se lavaba el pelo con champú anti-casta. Y mientras la caspa atraviesa su peor momento, confirmo que la grasa y el occidente más sostenible no se entienden. Se llevan mal. Y cuando hablamos de grasa, no sólo hago alusión a la corporal o la que se encuentra en la naturaleza, sino también a la del cuero cabelludo. Siguiendo mi -ya- eslogan, que es la herencia que deja aquella famosa serie de televisión protagonizada por Miguel Ángel Silvestre, sin champú no hay paraíso.
Reflexión que nace (o casi más bien, aterriza) en mis pensamientos, cuando descubro impresionada que hay personas que no se lavan el pelo. El hallazgo de semejantes joyas virales se produce esta semana, casualidad mediante, en el Instagram de @personalmeryyii . María, la autora, aunque carezca de muchos seguidores (a duras penas alcanza los 2000 followers), lleva 46 días (a fecha de ayer) sin lavarse el pelo. O más bien, sin lavárselo con champú (ni champán). Su día 45 alcanzaba más likes que seguidores: o sea 2.088, y un total de 108 comentarios reflejaban el descontento social con la praxis diaria de una Maria que presume de pelo brillante por no usar ningún químico que promete limpiar nuestro cabello. Podemos corroborarlo: nuestra sociedad exige higiene capilar y sentencia a aquellos que no la practican.
Greta debería estar orgullosa de esta niña, porque, piénsenlo: producir una sustancia llamada champú contamina "muy mucho" el medioambiente. Primero requiere de una fábrica que contaminará a partir de la receta secreta de algún laboratorio. Después, en la mayoría de los casos, el frasco o cualquier tipo de soporte será de plástico: más contaminación. El traslado del champú, que se dará seguramente por la vía terrestre, más contaminación. A lo anterior, sumemos el hecho de que seguramente uno comprará ese champú refugiándolo en una bolsa de plástico por 5 céntimos (menos las folclóricas, que van con su carrito). ¡Contaminación total! Y luego, ¡cómo no! Más agua será malgastada para aclarar el champú (yo me lo lavo dos veces con champú, más un extra de acondicionador… puedo estar 15 minutos lavándome el pelo. Pido perdón). Todo ello supone una inversión de entre 2 y 8 euros, para un bote que le durará a uno... ¿cuánto…? ¿3 semanas? ¿1 mes para los más "guarros y guarres"?
Nos llenamos la boca de la palabra sostenibilidad, pero a la primera de cambio nos horrorizamos con que alguien escoja no lavarse el pelo con champú. Por supuesto, el pelo de esta señora da grima. Pero, oigan (o lean), ¿cómo lavaban sus cabellos nuestros antepasados? Con agua y quizás algún jabón natural… que no contaminaba, claro.
Es evidente que, más allá de esto… La sostenibilidad y la ausencia de grasa son enemigos acérrimos. Analicen este otro caso: la mayoría (o una gran parte de nuestra población), coge su coche para desplazarse hasta su gimnasio para después pedalear una bicicleta que no lleva a ningún sitio y que, como el coche, a su manera también, contamina el planeta al consumir electricidad, en un espacio cerrado que, gran parte del tiempo, requiere de luz y que cuenta con una importante carga de aire acondicionado. Todo para borrar la grasa, entre otras cosas. De hecho lo más sostenible es pagar el gimnasio pero no ir. Se apoya la riqueza del gimnasio y con ello, su personal (ergo, empleo), pero no se contamina.
En cualquier caso, la vida es un oxímoron en sí mismo, en el que el equilibrio se genera compensando y uniendo esos extremos. Del sentido común a la tontería, y viceversa.
Las modas, y los modos. Vamos. Nunca habrá consenso, ni habrá paz, ni una armonía de felicidad. Yo tengo la nevera llena de cremas porque ya no sé ni dónde guardarlas. Entre el champú y el serum, queda un recóndito espacio para alguna lata de mejillones y cierto embutido, con grasa, de algún cerdo. A este ritmo al que vamos ni eso nos dejarán comer. Como dijo Mariló Montero en aquel célebre programa suyo "yo es que veo a un cerdo y me dan ganas de comérmelo". El día en el que el planeta reviente nos quedarán un sinfín de botes de champú sin haber sido acabados a causa de las modas de proteger el pelo para proteger el planeta. Y así, podemos entrar en un bucle sin fin. No hay champú ni para tanta grasa, ni champán para evadirse de tanta estupidez. De pronto, voy a hacer la colada. Voy a retar al planeta. Trataré de economizar la higiene de mis bragas, no vaya a ser que el fin del mundo nos pille planchando.