
…En un Primark. Como si de un parque de atracciones para niños se tratara, pero llevado al consumismo material más accesible, me encuentro absolutamente perdida a la par que impresionada por la cantidad de estímulos que una tienda (o más bien, todo un edificio) te puede aportar. Insisto. He decidido entrar a un Primark por primera vez en mi vida (sí, nunca he estado en uno) y dejarme seducir, u horrorizar, por la cantidad de artículos que uno puede adquirir. No sé si hay alguien más en Madrid que no haya sucumbido todavía a los encantos de este gigante textil y otros enseres para el día a día. También confieso que he entrado a consecuencia de tenerlos al lado de casa: ya saben que la logística facilita mucho la fantasía de entrar a un "supermercado" para no comprar nada.
Cuando uno adquiere un objeto, debe compensar eliminando otro de su vida. Como con el amor: un amor borra otro. La reflexión va a ir más allá de si Primark es bueno o malo, o si recomendaría o no su ropa. Los que me conocen saben que soy de amores a largo plazo, y con la ropa también. Con eso lo he dicho todo. Calidad y no cantidad.
La reflexión va al hilo de la necesidad que tenemos de acumular en esta vida objetos compañeros que son olvidados con el paso del tiempo. Y es que todo sucedía cuando hace escasos tres lunes (aún era verano…), a la una de la madrugada, mientras disfrutaba de una serie de Netflix en la cama (y a punto de dormirme con mi gata Cibeles), oía un ruido en la habitación de al lado. ¡Horror! Mi "burro" con vestidos se había caído, resultado de haber colgado mi vestido de flamenca de la temporada pasada. De pronto, me encontraba con decenas y decenas de vestidos tirados por el suelo, que, ante la limitación espacial, tuve que ir trasladándolos de tres en tres al salón.
Mi salón permanecía invadido por infinitos trozos de tela que no son más que el uniforme de libertad que nos ponemos para transmitir algún tipo de mensaje corporal. Uniforme y libertad son tan contradictorios como parejos. Al final todos vestimos más o menos igual. Y la culpa la tienen los gigantes textiles de producción acelerada que, aunque generen riqueza y empleo (cosa que siempre celebro), también nos homogeneizan porque han democratizado la moda para aburrir los modos.
Aquella crisis mía (problemas de primer mundo, perdonad) repercutía en mi psique atormentandome no por el hecho de que la ropa pudiera arrugarse (algo puramente material), sino en el concepto del ruido visual que generaba un completo ruido emocional. Aquella noche no dormí, porque el blanco de la nada se había visto salpicado por estampados, cuadros, rayas y demás colorinchis. Mi amigo Miller bromeaba con que tengo síndrome de Diógenes. Craso error, porque nada me encanta más que tirar (o regalar, claro, para seguir siendo sostenibles y solidarios). Deshacerme de objetos compañeros perecederos y caducos es uno de los mayores actos de liberación emocional que podemos llevar a cabo. Tengo otros síndromes, pero ese no.
A los días me ayudó Ramos, el portero del edificio, a arreglar ese perchero del vestidor. Sólo hizo falta encajar unas ruedas. Le llevó 3 minutos arreglarlo. Me sentí profundamente imbécil, pero las noches de reflexión sobre la acumulación de objetos compañeros no me las quita nadie.