
A propósito de las declaraciones de Arturo Pérez Reverte sobre la juventud, y al hilo de una conversación que tuve el otro día con mi amiga Érica Torregrossa (la CEO de Diplocor, sabe mucho de diplomacia y protocolo…), puedo confirmar, tras dedicarle una reflexión etílica e idílica, que pertenezco, no a la generación de cristal, sino a la generación de las crisis.
Mi amigo Martinelli dice que los de mi generación, y los de la de su hijo que tiene unos veinte, padecemos la ansiedad por no obtener respuesta inmediata por whatsapp. Es verdad (y es cierto, redundancia mediante) que antiguamente un sms no te generaba la obligación casi inminente de responder, y menos aún te notificaba si te habían leído o no. Esa expresión de 'dejarte en visto' o 'marcarse un ghosting' era algo que brillaba por su ausencia, entre politonos y buzones de voz divertidos que uno se podía descargar, previo pago. Los sms simplificaron nuestra manera de expresarnos con el fin de ahorrar espacio y céntimos. Amábamos en siglas y las vocales podían suprimirse: 't veo mñna n ksa 18h. TQM'. Todo era más simple y menos sofisticado. Ahora hay quien te deja audios como si fueran auténticos podcast. Y yo confieso tener una relación amor-odio con los audios: dependiendo de quién me los manda, me divierte oirlos o simplemente los archivo. Y viceversa. En estos momentos mientras les escribo, debo confesar también que tengo 460 chats archivados (muchos sin leer). Lo que Martinelli aún no ha comprendido es que el tema de la intensidad en las comunicaciones virtuales es ajena a la edad y al género. Que él sea un ser que practique el desapego a las ideas y pensamientos de terceros, pudiendo ser capaz de recibir estímulos y no emitir reacción alguna ante los mismos, no significa que todos los de su generación o las anteriores a la suya padezcan esa absoluta parsimonia y pasividad ante las emociones. Practicar el desapego emocional es muy enriquecedor porque dejas de depositar tus sentimientos en manos de otras personas, pero corres el riesgo de morir en vida.
Los jóvenes sentimos, pensamos y ayudamos. Y ahí abro un melón. Mi querido Arturo Pérez Revete: los jóvenes también producimos, hacemos y apoyamos. Soy consciente de que se han sacado de contexto sus declaraciones, pero como millennial que soy le diré que me han tocado las tres crisis en los momentos más cruciales de mi vida. Empezar la carrera con 18: año 2008, crisis financiera. Terminar la carrera con 22: año 2012, la desgracia de Zapatero. Iniciar tu negocio y probar a ser empresaria: año 2020, cuando Pedro Sanchez decidió encerrarnos en casa. Y aquí sigo. Y como yo, se me viene a la mente un sinfín de jóvenes emprendedores y empresarios, que siguen reinventándose con cada crisis que asoma.
El otro día recibí la llamada de la interiorista Claudia Schultheis para ser parte de un movimiento llamado 'Interioristas en Acción' cuya finalidad va a ser ayudar a reconstruir los hogares y negocios en Valencia tras la DANA. Y la verdad es que me parece brillante y estoy muy motivada de poder apoyar este proyecto al que ya se suman más de 100 interioristas y arquitectos.
Sé que hay quienes piensan que los influencers que ahora están ensuciándose de barro en los pueblos de Valencia sólo buscan blanquear su imagen. Y para nada es así. Empezaré hablando de Violeta Mangriñán, que por cierto fue portada de Fearless. Es una mujer que ha paralizado totalmente su agenda para volcarse en ayudar. Los que tienen millones de seguidores tienen un compromiso con la sociedad para influir. En una etapa tan dramática como en la que está sumergida toda España, ellos más que 'creadores de contenido' hoy son 'influencers', porque su misión es influir. Influir para hacer el bien. Y quien diga lo contrario se equivoca.
Con todo esto, y aun con la nostalgia de aquellos felices 2000 en los que el amor no estaba adscrito a la vorágine de Tinder, tiempos en los que recibir un correo electrónico era más excitante que subir un storie a Instagram, me despido amenazándoles con que -quizá- mi próxima entrega estará escrita en lenguaje de sms (con siglas, sin vocales y sin puntos, como aquel capitulo de Rayuela de Cortázar). ¡Feliz domingo!