Un torero bajo la lluvia
Pensé que los toros sobreviven precisamente porque son uno de los últimos lugares donde la estética sigue teniendo valor por sí misma.
Llovía como si Madrid hubiera decidido convertirse en Londres por un momento. Llovía sobre los tendidos, sobre los capotes, sobre la arena de Las Ventas. Llovía sobre los fotógrafos, sobre los turistas y sobre los que habían acudido simplemente a contemplar algo cada vez más raro en estos tiempos: la belleza.
Porque la belleza tiene mala prensa. Vivimos una época obsesionada con la utilidad. Todo tiene que servir para algo. Todo debe ser rentable, productivo, rápido, eficiente. Hasta las emociones parecen sometidas a una auditoría permanente. Si algo no genera resultados inmediatos, se cuestiona.
Por eso me impresionó tanto ver a Andrés Roca Rey bajo la lluvia. No porque toreara. Torear es lo que se espera de un torero. Lo extraordinario fue la imagen. Probablemente estamos ante el torero más importante de su generación. Poderoso. Valiente. Arrollador.
"Poderío por bandera", me decía Ángel Teruel Dominguín. Y lo decía alguien que sabe perfectamente de qué habla. "Es un torero valeroso. Poderoso. De los que pasan por encima de las circunstancias".
Y pensé que quizá los toros sobreviven precisamente por eso. Porque son uno de los últimos lugares donde la estética sigue teniendo valor por sí misma.
La tauromaquia es muchas cosas. Es tradición. Es rito. Es controversia. Es cultura. Pero también es una defensa radical de la belleza. La belleza de un traje de luces que desafía cualquier lógica contemporánea. La belleza de un pase ejecutado con lentitud en una sociedad que vive acelerada. La belleza de un silencio compartido por miles de personas. La belleza de alguien que decide permanecer erguido mientras todos los demás buscan refugio.
La lluvia acabó llevándonos al palco de Modular Home. Allí estábamos la doctora Eugenia Cervantes, amiga de Andrés Roca Rey; Carlota López-Chicheri, hija de Tristán López-Chicheri (L35), uno de los arquitectos del nuevo Bernabéu; Borja Esteras, arquitecto, socio y amigo; y Ángel Teruel Dominguín.
Pensé entonces que el Bernabéu y Las Ventas tienen algo en común. Ambos son coliseos contemporáneos. Dos lugares donde miles de personas se reúnen para contemplar algo que trasciende el mero entretenimiento. Uno celebra la épica del deporte. El otro, la épica del valor. Ambos sobreviven porque todavía existen cosas capaces de emocionarnos colectivamente.
Quizá por eso las fotografías de aquella tarde parecían cuadros. El albero convertido en barro. El cielo gris. El agua cayendo sobre el oro bordado. El torero avanzando entre la tormenta como si perteneciera a otro siglo. En un tiempo donde todo parece provisional, la imagen tenía algo eterno.
Después la noche continuó en el Palace. Como suelen continuar las grandes tardes taurinas. Entre conversaciones, recuerdos y anécdotas entendí otra de las razones por las que los toros siguen resistiendo el paso del tiempo. Porque unen. Unen a padres e hijos. A amigos. A familias enteras.
A personas que probablemente jamás se habrían sentado juntas en otra circunstancia.
Hace apenas siete días yo no imaginaba que estaría hablando de ganaderías, de dehesas, de encastes, de cicatrices, de toreros y de valor. Tampoco imaginaba que descubriría que ver los toros acompañado de un torero es uno de los grandes lujos que aún quedan. Porque un torero no te explica una corrida. Te explica una vida. Y un torero bajo la lluvia no es sólo un torero. Es una metáfora. La metáfora de todos aquellos que siguen creyendo en la belleza incluso cuando el cielo amenaza tormenta.
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