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Los glaciares contradicen el discurso climático

El cambio climático se explica a golpe de modelo, pero los glaciares, con siglos de memoria, insisten en no obedecer al relato ni al CO₂.

Durante décadas, el discurso climático dominante ha presentado el retroceso de los glaciares como una prueba directa e inequívoca del calentamiento global antropogénico. Sin embargo, según explica el glaciólogo Javier G. Corripio, la experiencia directa de campo, el análisis físico de los balances energéticos y la historia climática documentada muestran una realidad más compleja que la que reflejan los modelos, con glaciares que avanzan o retroceden según múltiples factores naturales, más allá del papel atribuido al CO₂.

Una imagen que, en su caso, le llevó a replantearse los supuestos del consenso climático que él mismo asumió al inicio de su carrera.

Del consenso inicial a la duda fundada

Doctor por la Universidad de Edimburgo y especialista en glaciares y balances energéticos, Corripio ha trabajado en centros de referencia como el ETH de Zúrich o Météo France, y ha desarrollado modelos aplicados en cordilleras como los Alpes, Andes o el Himalaya.

Corripio comenzó su carrera científica dentro del marco climático establecido, confiando en los trabajos previos de la comunidad científica. "Uno asume que el trabajo de los colegas está bien hecho", explica, "porque si no, no podríamos avanzar".

En una entrevista para Libertad Digital, explica que este punto de partida cambió al preparar una conferencia sobre el futuro de la nieve en España. Decidió entonces revisar los argumentos críticos al consenso climático con el objetivo de refutarlos. El resultado fue, en sus palabras, inesperado: los argumentos críticos encajaban mejor con los datos disponibles

Lejos de adoptar posturas extremas, Corripio sostiene que se limitó a abandonar explicaciones que, según él, exageran la influencia del dióxido de carbono y de la acción humana sobre el clima sin una base física suficiente. Subraya que su cambio de enfoque no ha sido ideológico, sino el resultado de un proceso científico basado en la observación y el análisis.

Glaciares que avanzan, retroceden… y revelan el pasado

Una parte central de su razonamiento procede de su propio trabajo de campo. Corripio describe cómo, al estudiar glaciares en retroceso, han aparecido restos de bosques maduros: troncos de gran tamaño y suelos bien desarrollados que requieren cientos de años para formarse.

Según explica, estos hallazgos indican de forma clara que hubo periodos más cálidos que el actual en tiempos relativamente recientes, como el Óptimo Climático Medieval. Él mismo menciona el ejemplo de Groenlandia, donde los vikingos cultivaban cebada, algo incompatible con las condiciones climáticas actuales.

Posteriormente, añade, esos mismos glaciares avanzaron durante la Pequeña Edad del Hielo, en un periodo previo a la industrialización moderna. Para Corripio, observar esta sucesión de avances y retrocesos en escalas de siglos y milenios relativiza la idea de que el clima actual sea excepcional.

La rapidez del calentamiento, ¿realmente inédita?

Corripio también cuestiona una de las afirmaciones más repetidas en el discurso público: que el calentamiento actual es el más rápido jamás registrado. En la entrevista recuerda que, aunque no existan termómetros antiguos, los datos proxy permiten reconstruir cambios climáticos abruptos del pasado.

Cita como ejemplo el final de la última glaciación, hace unos 11.000 años, cuando regiones como Escocia experimentaron aumentos de temperatura de entre 5 y 10 grados en apenas medio siglo. Un ritmo, señala, muy superior al actual y claramente no causado por actividad humana.

Desde su punto de vista, estos datos deberían formar parte del debate climático con la misma relevancia que las series instrumentales modernas.

Energía en los glaciares: más allá del CO₂

Cuando se le pregunta por el papel del CO₂ en la dinámica glaciar, Corripio responde desde su experiencia directa midiendo balances energéticos reales. En glaciares de montaña, afirma, el factor dominante es la radiación solar, muy por encima del aporte térmico atribuible al CO₂.

A ello se suman variables clave como el albedo de la nieve, la nubosidad, el viento y, especialmente, el momento de la precipitación. Corripio destaca que una nevada tardía, cuando la radiación solar es máxima, puede proteger un glaciar más eficazmente que un invierno frío.

En este contexto, sostiene que el efecto del CO₂ existe, pero es prácticamente insignificante frente al conjunto de factores naturales que controlan el balance energético.

Modelos climáticos, límites reales

Corripio reconoce el valor técnico de los modelos climáticos, pero advierte sobre los límites estructurales que presentan. Como experto en simulaciones, recuerda que en meteorología cinco días ya suponen un límite crítico, a partir del cual las simulaciones divergen de forma notable.

Le resulta especialmente problemático el uso de los llamados multimodel ensembles. Según explica, promediar modelos completamente distintos no equivale a un ensemble real y puede dar una falsa sensación de robustez. "Es como promediar relojes estropeados", resume gráficamente.

En su opinión, estos modelos deben usarse con cautela, y no como base directa para decisiones políticas.

Cuando el fallo es información, no un escándalo

Para Corripio, los fallos de los modelos no son un fracaso, sino una oportunidad científica. Indican qué procesos no se comprenden bien y dónde es necesario investigar más.

El problema, señala, surge cuando modelos que ya se sabe que no representan condiciones realistas —como el escenario RCP 8.5 del IPCC— se utilizan para justificar leyes y políticas que afectan de forma directa a la vida de las personas.

Ciencia, financiación y silencio incómodo

Finalmente, Corripio atribuye la creciente penalización del disenso científico a la estructura de financiación de la investigación. El clima, explica, concentra enormes recursos económicos, y salirse del marco dominante implica quedar fuera de proyectos, becas y líneas de financiación.

A su juicio, este contexto convierte el escepticismo —pieza esencial del método científico— en algo incómodo e incluso sospechoso.

Cuando los modelos sustituyen a la realidad y el disenso se penaliza, la ciencia deja de ser una herramienta para comprender el mundo y se convierte en un argumento de autoridad. Los glaciares, con su memoria de siglos, recuerdan que el clima no responde a consignas, sino a leyes físicas que no entienden de discursos ni de mayorías.

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