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El oso polar negacionista: crónica de una extinción que se niega a ocurrir

Un estudio científico revela que los osos polares no adelgazan, no desaparecen y no respetan el guion climático

Durante años, el oso polar ha sido condenado a muerte con una puntualidad casi administrativa. Primero fue "en peligro", luego "al borde de la extinción" y, finalmente, "sentenciado por el deshielo". Cada nueva cumbre climática traía su propia esquela anticipada y su correspondiente imagen: un oso flaco, solitario y convenientemente derrotado, mirando a cámara como si pidiera perdón por seguir vivo.

La historia era perfecta. Tan perfecta que nadie pareció preguntarse si era cierta.

El problema —siempre incómodo— es que el oso polar no ha colaborado. Ni ha desaparecido cuando tocaba, ni ha adelgazado como se le exigía, ni parece dispuesto a sacrificarse por la causa climática. Y ahora, para colmo, la ciencia vuelve a estropear el relato.

La hipótesis sagrada

Durante más de dos décadas se ha repetido una idea con rango de dogma: el oso polar depende del hielo marino para cazar focas; si el hielo disminuye, el oso pasa hambre, deja de reproducirse y acaba extinguiéndose. Una cadena causal tan limpia que resultaba irresistible para titulares, campañas y documentales con música triste.

A partir de ahí se construyeron modelos, proyecciones y predicciones cada vez más seguras de sí mismas. En 2008 comenzaron los anuncios formales de extinción futura. En 2025 ya se hablaba abiertamente de que "la mitad de los osos polares habían desaparecido" y que los supervivientes estaban "mucho más flacos". El apocalipsis estaba en marcha. Solo faltaba que los osos se enteraran.

El escenario ideal para confirmar el desastre

En enero de 2026, Scientific Reports —revista del grupo Nature, no precisamente sospechosa de tibieza climática— publica un estudio liderado por el Instituto Polar Noruego que decide hacer algo temerario: comprobar si todo eso es verdad.

Para ello elige el peor lugar posible para el oso polar. Svalbard, en el mar de Barents, es la región del Ártico donde el hielo marino se ha perdido más rápido que en ninguna otra población de osos polares. Si el colapso tenía que manifestarse en algún sitio, era aquí.

El estudio analiza 25 años de datos (1995–2019), con 770 osos adultos, 1.188 capturas, mediciones morfométricas estándar y modelos estadísticos bayesianos avanzados. No es un trabajo puntual ni anecdótico: es una de las series más largas y robustas disponibles para esta especie.

La hipótesis de partida es clara y perfectamente ortodoxa: si la pérdida de hielo perjudica gravemente a los osos, el primer síntoma detectable debe ser un empeoramiento del estado corporal. Antes incluso de que fallen la reproducción o la supervivencia. En términos menos técnicos: si la cosa va mal, los osos deberían estar más flacos.

El resultado que nadie quería

Aquí es donde el relato empieza a chirriar.

La pérdida acelerada de hielo marino no ha provocado una reducción del estado corporal en los osos polares adultos de Svalbard. De hecho, tras una bajada inicial hasta el año 2000, machos y hembras muestran una mejora sostenida de su condición corporal durante las dos décadas siguientes, justo cuando el hielo desaparece más deprisa.

No es un error tipográfico. No es un matiz estadístico. Es el resultado central del estudio. En la región donde el impacto climático debería ser mayor, los osos no solo no empeoran: engordan.

Una conclusión difícil de encajar en el imaginario del oso famélico flotando hacia la nada.

Cuando la biología arruina el activismo

El estudio no recurre a explicaciones políticas, sino biológicas. Los osos polares muestran una flexibilidad ecológica notable: cambian estrategias de caza, pasan más tiempo en tierra y amplían su dieta. No viven exclusivamente de focas sobre hielo inmaculado, por mucho que esa imagen resulte más rentable.

Su menú incluye focas comunes, renos de Svalbard, aves, huevos, carroñas de ballenas y una población de morsas en recuperación. A eso se suma una eficiencia energética extraordinaria: pueden obtener hasta el 70 % de su energía anual en unos pocos meses y ayunar más de medio año gracias a sus reservas de grasa. Un detalle que muchos modelos trataron como irrelevante.

Y luego está el factor menos fotogénico: la protección legal. Desde la prohibición de la caza en 1973, la población se recuperó y sigue probablemente por debajo de su capacidad de carga. Menos competencia significa osos mejor alimentados, no exactamente el final épico que se había prometido.

Lo que el estudio no dice (pero molesta igual)

Los autores no niegan el cambio climático, no afirman que el hielo no importe ni aseguran que los osos estén a salvo para siempre

Pero hay una diferencia fundamental entre advertir sobre escenarios futuros y vender como hechos consumados procesos que los datos no confirman. Y ahí es donde el oso polar empieza a resultar peligroso, no para el clima, sino para el relato.

El verdadero problema

El oso polar no es el símbolo de una extinción anunciada, sino el recordatorio de que la naturaleza no responde a consignas ni adapta su biología a los calendarios del activismo.

La ciencia avanza cuando los datos obligan a corregir expectativas; el problema no es que un modelo falle, sino que se siga defendiendo cuando la realidad lo desmiente. Y a veces, el mayor acto de negacionismo no consiste en negar el cambio climático, sino en negar los datos cuando arruinan el apocalipsis.

Especialmente cuando esos datos llegan en forma de osos vivos, sanos, reproductivamente activos… y tan poco colaborativos como para seguir engordando.

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