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La verdad de los correos borrados del fiscal general del Estado

La condena del Fiscal General reabre un debate técnico esencial.

La idea de que un correo electrónico "desaparece" al pulsar "eliminar" es una de las percepciones más extendidas entre los usuarios, heredada del mundo físico, donde destruir una carta equivale a borrar su contenido para siempre, salvo que alguien haya hecho fotocopias antes. Sin embargo, el funcionamiento real del correo electrónico es mucho más complejo. La reciente condena del Tribunal Supremo al Fiscal General del Estado, Álvaro García Ortiz, por un delito de revelación de secretos, ha puesto en primer plano hasta qué punto es importante comprender bien cómo se desarrolla la vida de un simple correo electrónico y hasta qué punto la noción intuitiva de "borrar" resulta insuficiente para comprender lo que realmente ocurre en los sistemas informáticos.

El viaje de un email: copias, servidores y rastros

Cuando un usuario envía un correo, este no viaja como un único objeto. El mensaje se genera en el dispositivo del remitente, se almacena temporalmente en los servidores de su proveedor y recorre distintos nodos de Internet hasta alcanzar el servidor del destinatario. En ese proceso se generan diversos registros técnicos y, en muchos casos, copias parciales o completas del contenido.

Además, prácticamente todas las aplicaciones de correo que utilizamos conservan automáticamente una copia en la carpeta de "Enviados". Cada uno de los destinatarios recibe la suya.

Los servidores guardan información operativa —IP, fechas, rutas, identificadores— y los proveedores mantienen sistemas de respaldo que duplican contenido para garantizar continuidad.

Todo esto implica que el mensaje no reside en un único lugar, sino en un entramado digital. Es decir, una vez que pulsamos enviar, el email deja más rastro que un saco de escayola roto.

Qué pasó al borrar los correos en Gmail

Volvamos a los correos del fiscal. Cuando pulsó "eliminar" en Gmail, solamente los cambió de ubicación dentro de la propia cuenta. Pasaron a la papelera, donde permanecen unos treinta días.

Después dejan de estar accesibles para el usuario, pero no necesariamente desaparecen. Google emplea almacenamiento distribuido, con copias redundantes.

Estas copias no buscan servir al usuario, sino proteger el sistema. Aun así, pueden ser relevantes ante un requerimiento judicial, si alguna copia sigue viva.

La investigación: dispositivos borrados y peticiones a Google y Meta

Durante la investigación, se analizaron los dispositivos del fiscal, que aparentemente borró su ordenador y cambió de móvil siete días antes del requerimiento.

Luego se pidió información a Google y Meta, que alegaron limitaciones de cifrado y políticas de conservación para afirmar que no tenían los correos.

El olvido: un error de cálculo

Sin embargo, un detalle quedó fuera: los correos no solo viven en la infraestructura del destinatario.La copia del remitente puede mantenerse intacta durante años. Si hubo múltiples destinatarios, la eliminación en un buzón no afecta a los demás. También quedan restos temporales en dispositivos sincronizados.

Y además, la legislación americana obliga a empresas como Google y Meta a facilitar información a la NSA, incluso si vulnera leyes europeas como el RGPD. El ecosistema donde puede vivir un correo es mucho mayor que cualquier buzón individual.

¿Se puede borrar un correo realmente?

En definitiva, "borrar un correo" resulta técnicamente difícil. Que desaparezca de tu bandeja no significa que desaparezca de la red.

En un mundo donde cualquier comunicación deja huellas múltiples, la comprensión técnica e institucional es imprescindible para proteger derechos y valorar correctamente las pruebas en procedimientos judiciales.

Claramente necesitamos más educación digital, más allá de cursillos subvencionados, formaciones genéricas y discursos de pasillo. Sobre todo cuando la mayor parte de la vida de todos transcurre delante de una pantalla digital.

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