El problema es que no hay problema. Eutanasia
Cuando el Estado se empeña en legislar sobre cuándo hemos de nacer y morir, estamos al borde del abismo.
La politización de la muerte es una forma de totalitarismo. La legislación española sobre la eutanasia es un ejemplo. El socialismo español también aquí le ganó la partida al PP. Recuerdo bien, cuando en el año 2008, un extraordinario cirujano del 12 de Octubre de Madrid, el doctor Carlos Prieto Carles, recientemente fallecido, decía: "Después de 38 años como médico en dos grandes hospitales y en contacto permanente con pacientes aquejados de gravísimas enfermedades, nunca, jamás, ningún enfermo ni familiar me ha planteado la eutanasia para sí mismo o su familiar. Con la eutanasia se está montando una polémica falsa desde el punto de vista político. Es una falacia plantear la eutanasia como una reivindicación de la ciudadanía. Nadie pide que se le adelante la muerte". Este tipo de declaraciones fueron alabadas en Libertad Digital no sólo por su intrínseco valor profesional, sino también por el compromiso ciudadano de unos médicos que se enfrentaban a las mentiras de un Gobierno capaz de hacer propaganda hasta de lo más digno del ser humano: la vida y la muerte.
Por desgracia, la oposición de los médicos sirvió para poco. La ideologización de la muerte por parte del PSOE creció de modo imparable hasta que en 2021 aprobaron una ley de la eutanasia. La eutanasia activa en España es legal y regulada. No entro en la valoración de la ley, pero tiendo a pensar que la politización de la muerte como la del nacimiento nos lleva directamente a sociedades salvajes. Cuando el Estado se empeña en legislar sobre cuándo hemos de nacer y morir, estamos al borde del abismo. La muerte de Noelia Castillo nos sitúa ante el precipicio. ¿Cuál es la validez de la voluntad de una persona en tratamiento psicológico y con una discapacidad del 70%?, ¿qué tipo de sociedad es la nuestra que somete el nacimiento y la muerte a una decisión del Estado?… El debate sobre la eutanasia siempre fue incómodo. Pero el auténtico problema aparece, en 2026, cuando el debate deja de ser enojoso. Cuando todo se reduce a estar a favor o en contra de ella, entonces estamos ante el peor de los abismos: desaparecen por completo los problemas de conciencia. Deciden por nosotros el Estado y sus malditas leyes.
Sí, cuando la eutanasia deja de ser un problema de conciencia, para convertirse en una cuestión de legislación, entonces nos aproximamos a sociedades salvajes que utilizan el derecho para estabularnos como animales. Hoy, en España, se acepta la legislación sobre la eutanasia sin apenas objeción alguna. Se acepta como una imposición más de carácter totalitario. ¿Qué legitimidad tiene el Estado para decidir cuándo se debe nacer y morir? Ninguna. Y, sin embargo, también sobre la muerte lo decide casi todo… Persigue incluso a quienes, como los médicos, se nieguen a practicar el aborto y la eutanasia. Terrible.
En todo caso, quienes dudan, piensan y se ponen en la posición del otro a la hora de hablar del aborto y la eutanasia, merecen toda nuestra atención. Deben ser escuchados con todo el respeto del mundo. Sus pro y contra son argumentos que debidamente contextualizados quizá nos ayuden a conformar un criterio más desarrollado desde el punto de vista moral y político. ¿Quién sabe si los abismos del alma y el mundo pudieran servirnos para hallar la verdad de la inteligencia e incluso un sentido providencial? Es un asunto capital de todas las grandes filosofías que se niegan a resolver desde el yo, desde el ego cartesiano, la cuestión del nacimiento y la muerte. Los filósofos que desconfían del idealismo, o sea quienes se angustian con rigor, como Pascal y Unamuno, ante el hecho vital de la muerte, pueden ayudarnos a salir de sí mismo para buscar en el mundo algo que resolviese nuestras angustias. En otras palabras, la tragedia de la existencia humana, o mejor, a partir de los problemas de la vida del hombre y de su concreción histórica se trata de encontrar algo que nada tiene que ver con nosotros que pudiera ayudarnos. Y, entre esas cosas que hay en el mundo, está el cristianismo. La vida y la muerte no dependen del Estado sino de la Providencia.
Elijan entre la Providencia y la ley estatal de la eutanasia, pero no olviden que esta última quizá sea una trampa para maquillar las cifras de suicidio en España. Resultan alarmantes las cifras de suicidio en España, sobre todo si se comparan con las de accidentes mortales de tráfico. He aquí los datos que me ha ayudado a elaborar José Luis Roldán: las cifras más recientes disponibles y, cuando 2025 no está aún cerrado oficialmente en una estadística (como ocurre con el suicidio) son de 1.119 personas fallecidas en siniestros de tráfico (dato provisional de la DGT, vías interurbanas). Es una cifra muy consolidada (aparece repetida en todas las fuentes oficiales y medios) y convierte 2025 en uno de los años con menos muertes en carretera desde 1960.
Contrastan esos datos con el número de suicidios en España (2025); a pesar de que no hay aún cifra oficial cerrada para 2025 (el INE publica estos datos con retraso de más de un año), teniendo como referencia más cercana 2024, es entre 3.846 y 3.953 fallecidos por suicidio (datos provisionales del INE según distintas publicaciones). Se espera que 2025 esté en un rango similar, pero esto todavía no es oficial. En todo caso, la comparación es clara: el número de muertes por tráfico es de 1.119 muertes, mientras que el de suicidios es de 3.800-3.950 muertes. O sea, el número de suicidios es aproximadamente tres veces más muertes que los accidentes de tráfico en España. El suicidio, pues, es la principal causa de muerte externa en España, mientras que los accidentes de tráfico, pese a su visibilidad mediática, tienen hoy un peso mucho menor.
Tres veces más muertes por suicidios que por accidente de tráfico. A la vista de estos datos, nadie con dos dedos de frente podrá negar el fracaso de la sociedad española. ¿Acaso se está utilizando la ley de eutanasia para propiciar el suicidio asistido? Pudiera ser, porque la aplicación de la eutanasia en España, durante 2025, consolidó una tendencia al alza, con Cataluña y Madrid liderando en solicitudes y un incremento significativo en regiones como el País Vasco, que registró un aumento del 61,6% en peticiones. Es en esta horrible circunstancia española donde debemos situar el caso de Noelia. Una absoluta barbaridad. Un siniestro caso de suicidio asistido. He ahí la única ayuda que el Estado le ha ofrecido a una persona para aliviar sus sufrimientos. Horrible. ¿La ley de eutanasia se hizo solo para eso, sí, para darle matarile al que está deprimido o con trastornos pasajeros?
Las mil preguntas que se abren ante el caso de Noelia Castillo son pavorosas. Y, sobre todo, lanzan un mensaje oscuro y pesimista a todos aquellos que están necesitados de ayuda y estímulo, cuidado y ánimo, para salir del pozo negro en el que una enfermedad los tiene sumidos y amargados. Si el único consuelo que les ofrece el Estado es la inyección letal, la ley de eutanasia, están en su derecho quienes claman por la derogación de ese bodrio de ley. Mala es, sin duda alguna, esta ley, pero es aún peor que no nos hagamos problema ni social ni personalmente de la eutanasia.
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