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Santiago Navajas

Rajoy, Tocqueville y Wittgenstein entran en un bar

Un liberal no tiene por qué elegir entre el nativismo cutre de Rajoy y el buenismo administrativo de Sánchez.

LD

En una de sus humoradas sarcásticas, Rajoy cayó de lleno en el racismo vulgar, valga el pleonasmo, al cuestionar que los jugadores negros de la selección francesa no son auténticos franceses. ¿Qué son entonces, mercenarios, una combinación de parásitos y traidores? Casi todos ellos han nacido en Francia y los vi cantando La Marsellesa como si fuesen de la familia Le Pen. Por cierto, hasta el portavoz del partido de Marine tildó de racista a Rajoy, que es capaz de defenderse objetando que tiene amigos "de color", criadas filipinas y que su jugador favorito del Madrid es Bellingham.

Hay que señalar que otros próceres internacionales están de acuerdo con Rajoy, de Ousmane Sonko, presidente de la Asamblea Nacional de Senegal, a Nicolás Maduro pasando por el comediante socialista sudafricano Trevor Noah. Pero solo se han roto la camisa como Camarón cuando ha dicho la racistada un tipo blanco de derechas. Lo que es otra racistada, pero esta vez racialmente correcta. Por cierto, ojo, en la Copa Africana de Naciones de 2025, de los 658 jugadores que compitieron en este continente, 107 habían nacido en Francia. ¿Europa se está africanizando o África se está europeizando?

Fue un francés de pura cepa, Tocqueville, el que nos advirtió de que "ser de una comunidad" no es solo la adscripción cerebral a unos valores abstractos, sino también y sobre todo, la realización de una forma de vida ligada a hábitos y tradiciones. Por otro lado, pero en paralelo, un austríaco "descastado", Ludwig Wittgenstein en su última filosofía insistió en las prácticas que constituyen una "forma de vida", que solo se puede alcanzar mediante la práctica diaria, como se aprende originariamente una lengua. Por supuesto, cabe aprender una lengua siendo un extranjero y llegar a dominarla tan bien, o mejor, que un nativo, pero para esto último hace falta un esfuerzo consciente cimentado en el amor por dicha lengua y los modos culturales que la encarnan, véase el checo Milan Kundera con el francés o el ruso Vladimir Nabokov respecto al inglés.

Cambiemos de terreno, pero sigamos con la misma perspectiva sobre cuáles son las condiciones de la francesidad, la españolidad y otras esencias no metafísicas, pero sí socio-históricas. Porque las coordenadas sociofilosóficas de Tocqueville y Wittgenstein tienen que ver política y económicamente con la regularización masiva que ha decretado Pedro Sánchez, ya que supone el peligro de desvertebrar todavía más España y de tensionar todavía más el Estado del Bienestar. El cual, como apunta el profesor de Economía en Penn, Fernández Villaverde, afronta riesgos estructurales que una inmigración masiva y desordenada multiplicará. Dicho de otro modo, no es lo mismo que el inmigrante al que abras la puerta de tu país sea Leo Strauss, filósofo político de primera fila, o Sayyib Qutb, líder de los fanáticos Hermanos Musulmanes.

Volvamos al filósofo francés que mejor pensó los Estados Unidos y el filósofo austríaco que se convirtió en el monarca de la filosofía anglosajona desde su reino en Cambridge. Tanto Tocqueville como Wittgenstein desmontan, cada uno a su manera, la simpleza racial de Rajoy y, de paso, la simpleza administrativa de Sánchez.

Tocqueville no hablaba de sangre ni de apellidos cuando trataba de explicar qué mantenía unida a una nación de inmigrantes, colonos y disidentes religiosos que no compartían ni origen ni iglesia. Hablaba de "hábitos del corazón", esto es, las costumbres, las asociaciones locales, la práctica cotidiana del autogobierno en el municipio, la manía americana de reunirse para todo, desde apagar un incendio hasta fundar una biblioteca. Para el aristócrata normando, las leyes son importantes, pero las mœurs –las costumbres y hábitos que configuran un carácter moral que no se puede demostrar, solo mostrar–, son lo que de verdad sostiene una nación o una república. Y es que tanto la nación social y política como un sistema liberal y democrático no se sostienen sobre arquitecturas jurídicas sino sobre prácticas sociales compartidas. Un pasaporte meramente se firma en un despacho; unas mœurs se transmiten, se imitan, se heredan por ósmosis y se ejercen en la plaza, en las calles, en los bares, cafeterías o hamburgueserías, no en el Boletín Oficial del Estado.

Tocqueville temía, además, algo muy distinto del mestizaje racial que parece angustiar a Rajoy. Porque lo grave es el "despotismo democrático", esa uniformización blanda en la que un Estado benefactor, a fuerza de tutelar y subvencionar, atrofia la costumbre de asociarse y sustituye la ciudadanía activa por la dependencia pasiva. Un aviso, dicho sea de paso, que le vendría de perlas a cualquier ministro de Inclusión que confunda dar de alta en la Seguridad Social con construir una comunidad de nacionales involucrados en el destino de una nación.

Wittgenstein, por su parte, llegó a una conclusión parecida por el camino opuesto, el de la lógica y el lenguaje. En las Investigaciones filosóficas desmonta la idea de que entender una regla, una palabra o un valor sea un acto puramente mental, una chispa privada en la cabeza de cada individuo. Seguir una regla, dice, es una práctica, algo que se hace en compañía, dentro de una "forma de vida" compartida con otros que ya juegan el mismo juego. No hay lenguaje privado, y por extensión no hay pertenencia privada, por lo que uno no decide en soledad ser francés, español o europeo por convicción íntima, del mismo modo que no puede inventarse un idioma solo para sí mismo y esperar que signifique algo. Se pertenece porque se participa del entramado de usos, gestos, chistes, silencios y sobrentendidos que una comunidad reconoce como propios.

Aquí reside la ironía que a Rajoy, tan irónico, se le escapa por completo y es que los jugadores que él señala con el dedo llevan toda la vida jugando exactamente ese juego. Nacieron en Francia, fueron a la escuela francesa, discuten en argot parisino, cantan el himno con la mano en el pecho y entienden los chistes franceses sin necesidad de subtítulos ni explicación. Si la pertenencia wittgensteiniana consiste en compartir una forma de vida, ellos la comparten con más intensidad que seguramente el propio Rajoy comparte la suya con Santiago Abascal. Lo que Rajoy propone, en el fondo, es sustituir el criterio de la práctica compartida –el único defendible desde la filosofía y desde el sentido común– por un criterio biológico, el color de una piel, que ni Tocqueville ni Wittgenstein habrían reconocido como relevante para nada que mereciera llamarse comunidad política.

Ahora bien, y aquí es donde el argumento se vuelve también contra la izquierda que aplaude cada vez que alguien pone en su sitio a Rajoy. Si la pertenencia real exige tiempo, práctica, reciprocidad y aprendizaje de unos hábitos compartidos, entonces la regularización masiva que Pedro Sánchez ha decretado este año merece exactamente el mismo reproche, aunque desde el lado contrario del error. El Gobierno calculaba unos 500.000 beneficiarios, pero las solicitudes han superado el millón doscientas mil, y algunas estimaciones, más alarmistas pero no descabelladas, hablan de hasta tres millones de personas si se suman los procesos de reagrupación familiar que la propia regularización extraordinaria arrastra consigo. Fuentes del propio Cuerpo de Extranjería han advertido, off the record, de que el sistema puede "romperse" por el volumen involucrado de regularizaciones. Y no ha sido, además, una regularización tramitada por la vía ordinaria, ya que diversos juristas han señalado que el decreto sortea exigencias que la Ley de Extranjería exige para el arraigo, como los dos años de residencia acreditada, la prueba de una oferta laboral o, en muchos casos, la simple identificación con pasaporte. Es, literalmente, ciudadanía de papel firmada con más voluntarismo que garantías.

Sánchez ha defendido la medida con el argumento utilitario de manual económicamente correcto de que sin inmigración, España perderá un 19% del PIB de aquí a 2050, y el envejecimiento se llevará por delante 90.000 bares, 220.000 explotaciones agrarias y 50.000 aulas por falta de manos y de niños. Una argumentación al nivel de su, ejem, tesis doctoral. El argumento no es descabellado en sus premisas –España se despuebla y envejece– pero es tramposo en su conclusión, porque trata la inmigración como una variable homogénea, como si dar de alta a un millón de personas fuera aritméticamente equivalente a rejuvenecer la pirámide demográfica y engordar la caja de la Seguridad Social.

Ahí es donde entran argumentos como los de Fernández Villaverde, que no niega que España necesite inmigración, pero teniendo en cuenta que el Estado del Bienestar, tal y como está diseñado –basado en una redistribución en la que el 70% de la población recibe transferencias netas de las administraciones públicas y solo el 10% superior contribuye en términos netos–, es estructuralmente incompatible con la llegada masiva y no seleccionada de inmigración poco cualificada. Su cálculo es que cada inmigrante no cualificado supone para las arcas públicas un coste neto a lo largo de su vida cercano a los 200.000 euros, una consecuencia mecánica de un sistema fiscal progresivo aplicado a personas que, en su inmensa mayoría, entran por la parte baja de la distribución de renta. La inmigración, insiste el economista, no está resolviendo el colapso demográfico español sino que, por el contrario, lo está agravando, porque añade presión sobre un sistema de pensiones y sanidad ya tensionado sin aportar, a corto y medio plazo, los cotizantes netos que el relato oficial promete.

Aquí es donde Tocqueville y Wittgenstein vuelven a ser útiles porque si la pertenencia de verdad –la que hace de un extranjero un conciudadano y no solo un titular de DNI– consiste, como decía, en compartir hábitos, mœurs, una forma de vida, entonces esa pertenencia no se decreta de un plumazo administrativo ni se resuelve con una casilla marcada en una solicitud telemática. Se construye con tiempo, con escuela, con lengua común, con trabajo regular, con la convivencia cotidiana en el municipio que tanto fascinaba a Tocqueville.

Un decreto que regulariza a un millón y pico de personas en cuestión de meses, sin las garantías ordinarias de arraigo y sin un plan de integración a la altura del desafío –505 millones de euros suenan a mucho hasta que se dividen entre el número de beneficiarios y se comparan con lo que cuesta de verdad escolarizar, formar en el idioma e insertar laboralmente a esa cantidad de gente– no está construyendo una forma de vida compartida, sino que está expidiendo pasaportes como si fuesen churros y votantes cautivos. Es el mismo error que comete Rajoy, pero en sentido opuesto. Rajoy le niega la pertenencia a quien ya la vive, por una cuestión de pigmentación. Sánchez se la concede en el papel a quien todavía no ha tenido tiempo material de vivirla, por una cuestión de aritmética electoral y urgencia demográfica. Los dos separan lo jurídico de lo vivido, cada uno tirando para su lado del mismo hilo roto.

Un liberal no tiene por qué elegir entre el nativismo cutre de Rajoy y el buenismo administrativo de Sánchez. Puede, y debe, defender a la vez dos cuestiones que se suelen presentar como incompatibles. Por un lado, que ser francés o ser español no depende del color de la piel sino de la práctica compartida de una lengua, unas leyes y unas costumbres, y que precisamente por eso la incorporación de un inmigrante a esa práctica compartida requiere procedimientos ordenados, exigencias razonables y un Estado del Bienestar que se cuide de no prometer lo que no puede pagar.

La alternativa a Rajoy no es la ausencia de criterio, sino sustituir el criterio racial por el criterio nacional y la condición cívica, que quien aprende la lengua, cumple la ley, cotiza y participa en los usos y costumbres merece la ciudadanía tanto como el que nació aquí por accidente geográfico. Pero ese mérito cívico no se improvisa en tres meses de ventanilla ni se financia con voluntarismo presupuestario. Fernández Villaverde no está pidiendo cerrar la puerta a los inmigrantes, pero sí está exigiendo que quien la abra sepa contar 2+2 y que, sobre todo, no pretenda que suman 5, algo que ni a Rajoy ni a Moncloa parece interesarles demasiado, ocupados como están en marcar goles retóricos de cara a su respectiva grada.

Al final, entre el ministro que ve razas donde hay franceses cantando su himno y el presidente que ve estadísticas de PIB donde hace falta una política de integración con nombres, apellidos y presupuesto real, uno acaba añorando algo tan poco español, hasta que aparecieron Luis de la Fuente y Rodri, como la mesura. Tocqueville la habría llamado prudencia democrática. Wittgenstein simplemente habría dicho que antes de jugar el juego conviene no solo aprender las reglas, sino practicarlas e interiorizarlas. Lo que es seguro es que ninguna de las dos cosas se consigue gritando desde la grada como un forofo descerebrado o un tahúr que pretende ganar en los despachos por su impotencia para hacerlo en el terreno de juego.

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