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El muro que queda en Cuba

La URSS era para él la tierra de promisión, la buena nueva del futuro, y el mayor laboratorio para encontrar la justicia social y la realización humana.

Xavier Reyes Matheus
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Escrutar el futuro de Cuba, tras las medidas anunciadas por Obama y por Raúl Castro, no es tarea sencilla. Me faltan las facultades de Nostradamus, y no es cuestión de escribir un artículo para limitarme a hacer votos por el feliz desenlace de los acontecimientos. Me decido, pues, por compartir con los lectores un recuerdo que con todo esto me ha venido a la cabeza: el de Alexander Berkman (1870-1936) y su libro El mito bolchevique, que hasta el año pasado no se había conocido en edición española.

Berkman, nacido en Vilna (Lituania), fue un anarquista que llevó a cabo su actividad subversiva en los Estados Unidos, y que en 1892 resultó condenado a veintidós años de cárcel por atentar contra el dueño de una fábrica en Pittsburgh. Cumplió catorce, y al salir continuó trabajando intensamente en la difusión de sus ideas, hasta que fue deportado a Rusia en diciembre de 1919. Como puede imaginarse, la Unión Soviética era para él la tierra de promisión, la buena nueva del futuro, y el mayor laboratorio para encontrar de una vez por todas la justicia social y la realización humana.

Recogiendo sus impresiones en un diario (que habría de transformarse en el libro antes citado), Berkman registró la visita que en mayo de 1920 hizo a Petrogrado una delegación del Partido Laborista Británico, especialmente recordada porque entre sus integrantes se contaba Bertrand Russell. El evento se vivió en Rusia con una mezcla de curiosidad y entusiasmo; preguntándose la gente, por una parte, si los proletarios ingleses acabarían ganados para la causa comunista tras contemplar lo exhibido por las autoridades bolcheviques; y, por la otra, esperanzada por que aquello se tradujera en una apertura que aliviase el bloqueo económico impuesto por Occidente, y que comenzaba a cargar al pueblo con una sensación de aislamiento y de resistencia numantina que se iba haciendo ya demasiado pesada (en efecto, en 1921 el gobierno de Lloyd George suscribió un tratado de comercio con el régimen revolucionario).

Todavía para entonces, Berkman tenía esta visión de las cosas:

Tampoco es un secreto que Rusia pase hambre, y es un crimen fingir bienestar con magníficos banquetes y cenas. Al contrario, que dejen a los delegados contemplar los terribles efectos del bloqueo, que dejen ver la espantosa enfermedad y mortandad resultado de ello.

Sin embargo, conforme fueron pasando los años, la opinión del combativo anarquista fue transformándose. En un pasaje especialmente interesante de su diario, relató una anécdota muy representativa del sentido que fue tomando esa conversión. Cierta vez, contaba, le preguntó a un comisario de su departamento por qué los bolcheviques habían nacionalizado absolutamente todo, salvo los izvostchiki (cocheros).

"Verás", me dijo, "sabemos que si no alimentamos a los seres humanos, estos buscarán sobrevivir de cualquier manera. Pero si no alimentas a los caballos, las bestias estúpidas se mueren. Esta es la razón por la cual no hemos nacionalizado a los cocheros.

Lo que había detrás del incesante discurso sobre la "soberanía" y la "dignidad" soviéticas le quedó también patente en una conversación que sostuvo con un funcionario del Departamento de Economía:

"Los bolcheviques quieren abolir el comercio privado y destruir la especulación. Sin embargo, no hay otro lugar en el mundo en donde haya más especulación que en Rusia; todo el país es barrido por esta fiebre. La nacionalización del comercio significa que toda la nación está a la venta", nos decía nuestro humorista. "Lo cierto es que todos nos hemos convertido en especuladores", continuó cansinamente. "Cada familia depende más en la actualidad de la venta de sus mesas y camas que del salario pagado por el gobierno soviético".

Cualquier parecido con Cuba, por supuesto, no es coincidencia. Y tampoco conviene despreciar la analogía de las conclusiones que saca Berkman al final de su libro, al examinar el fracaso del modelo soviético (aunque al morir el lituano quedaba todavía más de medio siglo de aquel suplicio): "En vano se lo atribuyen al bloqueo y el ataque armado contrarrevolucionario. Estas no son las verdaderas causas del colapso y la debacle», explica. Y reconoce:

Las masas esperaron con impaciencia la anhelada oportunidad para la libertad social y económica. Aunque pueda sonar paradójico, la dictadura comunista no contó con mejor aliado, en el sentido de fortalecer y prolongar su existencia, que las fuerzas reaccionarias con las cuales se enfrentaba.

El problema fue cuando las cosas se estabilizaron:

Entonces se hizo evidente que el más temible peligro para la revolución no estaba en el exterior, sino dentro del país (…) La explotación de la fuerza de trabajo, la esclavitud de los obreros y campesinos, la anulación de la ciudadanía como expresión del ser humano, como personalidad, y su transformación en una parte microscópica de un mecanismo económico universal propiedad del gobierno; la creación de grupos privilegiados favorecidos por el Estado; el sistema de servicio laboral y sus órganos punitivos; éstas son las características del bolchevismo.

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