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Creer o no creer

El ateísmo que sustento se manifiesta como una toma de posición personal frente a los interrogantes que nos plantean la vida y la muerte.

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Las vueltas de la vida y el peso de los años han impuesto la presencia en nuestro hogar de una trabajadora social, desde la mañana hasta el anochecer. Ronda los sesenta años, es de origen colombiano y, dato capital, es evangélica pentecostal. Su religiosidad no conoce límites. Dios y Jesús están permanentemente en sus labios y no pierde oportunidad de colmarnos con sus bendiciones. En sus ratos libres lee y relee la Biblia y, lógicamente, considera que tiene el deber de intervenir, siempre discreta y respetuosamente, en la salvación de nuestras almas.

Católicos críticos

Aquí es donde tropieza con mi inveterada resistencia a todo lo que traiga consigo resabios de lo sobrenatural, cualquiera sea el sello religioso, esotérico o metafísico que los identifique. De todas maneras valoro, al mismo tiempo, que el amor al prójimo, la abnegación y la compasión que pone en el desempeño de sus tareas son fruto de sus creencias. Lo cual me obliga a reflexionar sobre lo que estas tienen de positivo, al margen de mi ateísmo y sin renunciar a él.

La novedad reside en que nunca tuve la oportunidad de convivir muchas horas bajo un mismo techo con una persona tan apegada a sus creencias religiosas y dependiendo, hasta cierto punto, de su ayuda. Nunca me faltaron amigos creyentes. Todavía echo de menos las veladas de discusiones fecundas que mantenía con dos de ellos, católicos críticos, ya fallecidos. Uno era el periodista y ensayista argentino Rodolfo Pandolfi, y otro el uruguayo Héctor Borrat, profesor de Ciencias de Comunicación en la UAB y en Blanquerna y colaborador asiduo de la revista católica El Ciervo. A ambos me unía no sólo el afecto sino también la admiración por su lucidez. Hoy me gustaría conocer la opinión de ellos, acérrimos antiperonistas como yo, sobre el hecho de que un Papa argentino, con un discurso en el que aflora con demasiada frecuencia la demagogia peronista, disfrute de autoridad espiritual y, por qué no, política sobre más de mil millones de almas esparcidas por todo el mundo y ajenas a esa lacra tercermundista. Pero la religiosidad de estos dos amigos entrañables, repito, crítica, era muy distinta de la religiosidad hermética con la que me encuentro ahora.

Cúmulo de errores

Lo que tuve claro desde el comienzo fue que no debía responder a sus esfuerzos por salvar mi alma con otros míos para inculcarle las razones sobre las que descansa mi incredulidad. Siempre aplico a estos casos la advertencia que formuló en una entrevista Ignacio Morgado, catedrático de Psicobiología de la UAB (LV, 12/3/2011):

Deploro la arrogancia de los científicos que ridiculizan la fe ajena sin ofrecer al creyente otra alternativa para esa parte de su vida. Si Dios existe para tantos es porque les ayuda a adaptarse a una existencia dura.

En primer lugar, no estoy en condiciones de ofrecer esa otra alternativa; en segundo lugar, debo agradecerle su generosa dedicación a nuestro bienestar, acompañando dicha gratitud con el respeto por el sentimiento religioso que la impulsa a comportarse como lo hace; y en tercer lugar, el cúmulo de errores que he cometido a lo largo de mi vida me ha vacunado contra la tentación de impartir lecciones disuasivas a quienes no piensan como yo… siempre que la tolerancia sea recíproca. Fernando Savater se explaya sobre este tema con su habitual ironía en La vida eterna (Ariel, 2007):

¡En cuántas otras ocasiones me habré empeñado yo en cultivar creencias igualmente infundadas, falsamente esperanzadoras y a la postre decepcionantes! En términos amplios podemos considerar que los parámetros científicos son el método mejor para adquirir creencias justificadas. Sin embargo, una gran mayoría de nosotros tiene algún tipo de creencia paranormal –es decir, que viola alguna regla o principio científico–, sea de tipo religioso o profano (y en muchos casos, de ambos).

Una nueva iglesia

El ateísmo que sustento se manifiesta como una toma de posición personal frente a los interrogantes que nos plantean la vida y la muerte. Nunca como un acicate para el proselitismo ni como la culminación de un proceso de perfeccionamiento intelectual. Tampoco experimento la necesidad de asociarme a aquellos con quienes comparto esta interpretación de la condición humana, porque ello desembocaría, paradójicamente, en la creación de una nueva iglesia. Una iglesia que habría contado entre sus logros la creación de regímenes monolíticamente ateos que compitieron en perversidad, durante el siglo XX, con el paganismo nazi. Y que habría contado, entre sus apóstoles, a crápulas como Lenin, Stalin, Trotski, Mao y el Che Guevara.

Me chocó, por estas razones, el artículo "Eran ateos", de Nicole Muchnik (El País, 19/2), que subrayaba como una virtud que lo fueran las víctimas del atentado terrorista contra Charlie Hebdo, y como la causa de su asesinato. Falso: si sólo hubieran sido ateos podrían haber compartido la ideología de los crápulas arriba nombrados. Y no era así. Los caídos en Charlie Hebdo eran librepensadores que los ateos totalitarios también habrían masacrado en sus satrapías. Los asesinaron porque los yihadistas tienen en la diana a todos los que se sitúan fuera de la órbita del califato universal: católicos, protestantes, coptos, judíos, animistas, ateos y herejes (chiíes cuando los matarifes son suníes y suníes cuando los matarifes son chiíes). Sus víctimas se cuentan por centenares de miles y sólo una ínfima minoría de ellas son ateos.

Con una salvedad: tampoco debemos canonizar la postura ideológica de los mártires de Charlie Hebdo, porque el martirio no basta para dar la razón a quien lo padece, y el nihilismo que practicaban es el que abre las puertas a la infiltración e implantación de las alimañas que los asesinaron y de otras igualmente peligrosas.

Maldad intrínseca

Alguien escribió:

En una ciudad civilizada, es infinitamente más útil tener una religión, incluso mala, que no tener ninguna.

¿Fue Juan Pablo II? ¿Acaso Benedicto XVI? No, fue Voltaire, en el artículo "Ateo, ateísmo" de su Diccionario filosófico (Akal, 2007). Y no lo escribió por amor a la religión sino porque creía en la necesidad de poner límites a la maldad intrínseca del ser humano. En ese mismo artículo dictaminó el escéptico e ilustrado Voltaire:

¿En qué sentido una sociedad de ateos resulta imposible? En cuanto que se juzga que los hombres que no tuvieran un freno no podrían jamás vivir juntos; que las leyes no pueden nada contra los crímenes secretos; que hace falta un Dios vengador que castigue en este mundo o en el otro a los malos que escapan de la justicia humana.

Para añadir más adelante, anticipándose a lo que serían los totalitarismos del siglo XX:

No me gustaría tener que vérmelas con un príncipe ateo que estuviera interesado en machacarme en un mortero: con toda seguridad me machacaría. No me gustaría, si fuera soberano, tener que vérmelas con cortesanos ateos interesados en envenenarme: por si acaso tomaría todos los días un antídoto. Es pues imprescindible para el príncipe y para los pueblos que tengan bien grabada en el espíritu la idea de un Ser Supremo, creador, gobernador, remunerador y vengador.

Papel policial

Voltaire, reitero, no escribía esto porque amara la religión sino porque le adjudicaba un papel policial para controlar la perversidad humana. Y cuantas más religiones, mejor. En el capítulo "Tolerancia" de su diccionario lo explicó mordazmente refiriéndose al guía del Imperio Otomano:

Ya se os ha dicho y se os ha repetido: si tenéis entre vosotros dos religiones, se cortarán el cuello; si tenéis treinta vivirán en paz. Ved al Gran Turco: gobierna sobre guebras, banianos, cristianos griegos, nestorianos, romanos. El primero que quiere provocar un tumulto es empalado, y todo el mundo está tranquilo.

Guiándome por la sabia filosofía de Voltaire, respiraré tranquilo mientras nuestra acompañante evangélica siga inspirándose en aquellos pasajes escogidos de su Biblia que estimulan el amor al prójimo, la abnegación y la compasión (afortunadamente sin hacer caso de las abundantes exhortaciones a emprender matanzas y cometer otras iniquidades con las que también nos intoxican los textos sagrados), y empezaré a temblar si un día la veo consumiendo el veneno que destilan las convocatorias al enfrentamiento cainita que circulan con el aval de nacionalistas, populistas o progres de pacotilla.

Nota bene: escribí este artículo pocos días antes de que falleciera mi esposa, que disfrutó en el último tramo de sus 87 años de vida de los cuidados y los mimos que le dispensó con ternura instintiva, devoción religiosa y esmero profesional, la evangélica pentecostal Cecilia. Gracias, Cecilia. Y gracias, Darlenis, la amiga cubana que también fue un bálsamo en el difícil trance y que veló durante muchos años por nuestro bienestar.

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