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Rosa Belmonte

El dardo en el palabro

Obama, Hillary y otros personajes de ese pelaje usaron el término Easter Worshippers para nombrar a los muertos en Sri Lanka.

Rosa Belmonte
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Atentado en Sri Lanka | EFE

Por los atentados de Sri Lanka he conocido una nueva expresión: Easter worshippers, adoradores de la Pascua, adoradores pascuales. La escribieron Obama, Hillary Clinton y otros personajes de ese pelaje. Daban sus condolencias por los Easter worshippers y los turistas muertos o heridos. A esos representantes de la progresía estadounidense les achacan no querer decir cristianos y utilizar esa melonada para señalar a las víctimas (los ataques, además de a hoteles, fueron a iglesias el Domingo de Resurrección, donde estaban los cristianos, los católicos). ¿Pero cómo se adora la Pascua? ¿Qué es eso? Una cosa son los adoradores de Satán (Devil worshippers), ¿pero de la Pascua? Jesucristo, Dios, no sé…

Desde luego que tengo manía a las palabras. A veces porque sí (no me gusta nada antaño), a veces porque se pretende darles una significación política o ideológica. Ahí está migrantes, por no hablar de la apropiación de relato. Sostiene Javier Pérez Andújar (qué estupenda su novela La noche fenomenal) que cuando éramos libres un relato era una manera pedante de decir cuento. Lo usan todos esos a los que no se les ocurre decir cuento. O tabarra. O matraca.

Ahora me entero también de el adjetivo glocal es un acrónimo bien formado de global y local (se usa en el ámbito económico pero también en la cultura). Y también vale glocalización. Como si no tuviéramos bastante con gentrificación (es escucharla o ver un bar moderno y pensar en la Lillian Kaushtupper de Kimmy Schmidt). Es verdad que en Up in the air (2009), Anna Kendrick decía a sus jefes que el nuevo mundo de los negocios unía local y glocal y hablaba de fenómeno glocal. Es un término feísimo, una palabra que suena mal, que parece que estés diciendo de forma incorrecta, que seguro que la tienes que repetir para explicarte. Una más para la bolsa de no pronunciables.

El otro día en El País, Álex Grijelmo, en un artículo sobre los lenguajes identitarios (palabro), se plegaba a lo de jueza. A que en el futuro dominará en el uso de los hispanohablantes. Y a la fuerza de su utilización en España porque "añade identidad" frente a "la juez". Pues a mí de la juez no me bajan, ni de la concejal, ni de la fiscal. Lo mejor es cuando recuerda lo que decía Lázaro Carreter. Jueza apareció en el Diccionario Manual académico de 1989 (no ya como mujer del juez, a lo Norma Duval insatisfecha, sino como juez mujer). Y también en el ‘Diccionario Usual’ de 1992 (pero aquí con las dos acepciones). Así que en 1996, Fernando Lázaro Carreter, entonces director de la Real Academia, le dijo a Joaquín Vidal en una entrevista: "Se introdujo antes de que yo fuera director y no tengo la menor idea de quién la trajo… ‘Jueza’ es realmente espantoso y estamos intentando llegar a un acuerdo para eliminarla del diccionario". Qué hombre, qué mente preclara, qué dardo en la palabra espantosa, qué pena que no se haya podido cumplir su misión. Pero al menos nos dejó La ciudad no es para mí, la obra de teatro, que el guión adaptado es de Pedro Masó y Vicente Coello. Jueza, Juezas y jueces para la democracia (porque era muy necesario ese cambio). En algunas cosas sí vamos a peor. Miren, hemos pasado de Pipi Calzaslargas a Greta la climática. Y tenemos adoradores de la Pascua y de las juezas.

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