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Santiago Navajas

El Prado falsifica a Goya

En el pack "progre" no cabe el disenso pero es el fundamento de la Ilustración.

Santiago Navajas
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En el pack "progre" no cabe el disenso pero es el fundamento de la Ilustración.
Pedro Romero entrando a matar en una de las obras de la Tauromaquia de Goya. | Museo del Prado

Cuando el Prado se inauguró había tres pinturas de Goya: dos retratos ecuestres de Carlos IV y María Luisa de Parma y El garrochista. Es decir, un picador de toros. Para celebrar los 200 años de la institución se ha organizado una gran muestra de dibujos y grabados. Qué menos. Pero los comisarios, Manuela Mena y José Manuel Matilla, no han podido resistirse a la tentación de reinterpretar a Goya presentándolo como si fuese el ancestro ideológico de los dogmas políticamente correctos y del Matrix socialdemócrata contemporáneo.

Cabría admitir ciertamente que Goya era un feminista que denunciaba la violencia contra las mujeres, pero se han olvidado Mena y Matilla de apuntar que también era implacable en la denuncia de la violencia que las mujeres ejercían también. Uno de los grabados más terroríficos es en el que vemos a un grupo de mujeres asesinando a un hombre al que han introducido una lavativa de cal viva. Y es que Goya fue un retratista de un realismo descarnado de todo tipo de violencia, fuese ejercida por las hombres o los hombres, los españoles o los franceses. Al fin y al cabo, era ilustrado por lo que su feminismo era liberal y no el de género que diferencia maniquea entre seres humanos por su condición sexual.

Pero es en el apartado sobre la tauromaquia donde los comisarios del Prado se convierten en émulos de Kinbote, el disparatado y arbitrario personaje de Nabokov en Fuego pálido, en el cual sintetiza el novelista ruso-americano a los académicos que parasitan una obra artística para convertirla en un deshecho al servicio de sus propios sesgos ideológicos. En este caso, el síndrome Kinbote de Mena y Matilla se manifiesta en todo su esplendor en esta frase: "Al contrario de lo que se podría pensar, Goya no es taurino".

Que el más grande pintor de tauromaquia, -al que siguieron Picasso y Dalí, Miquel Barceló y Mariano Aguado-, sea retratado como antitaurino exige tal grado de cinismo hermenéutico y de violencia interpretativa que los autores no tienen problema en intentar obligar a los espectadores a pensar como ellos a pesar de toda la evidencia disponible. Es usual en la muestra la expresión "deben ser interpretados", lo que significa "prohibido desviarse de la ortodoxia que imponemos los comisarios". Sin duda, Mena sabe si un cuadro es original de Goya al primer vistazo pero debe mejorar mucho su capacidad hermenéutica. Gadamer y Eco llorarían si se enterasen de esta bárbara exégesis del pintor aragonés para satisfacer estos caprichos de la guerra de interpretaciones.

Mena y Matilla tienen una idea de la Ilustración muy básica y simplista que le lleva a considerar que Goya es un "racionalista absoluto", como si la Ilustración no considerase los aspectos emocionales, rituales y trascendentes del ser humano. Se sorprendería la buena mujer si conociese cuán profundamente religioso era el Kant que escribió La religión dentro de los límites de la razón natural. O a los autores de la Ilustración escocesa que ponían más énfasis, si cabe, en los sentimientos y en las sensaciones que en la propia razón. Solo desde racionalismo simplista que Mena identifica con la Ilustración se puede decir que "en el imaginario perdura esa idea de Goya como una persona machista, nacionalista o torero. Pero era muy racional y político", lo que da una idea de la amplitud de miras de la galáctica experta en Goya pero reduccionista analfabeta en Filosofía. Pertenece Mena a los que confunden la Ilustración con amaneramiento afrancesado, frívola superficialidad e ironía condescendiente. En las antípodas de Goya que no solo no se rebajó a ser una versión de lo francés sino que llevó a Burdeos todo el ser español que habitaba en su experiencia vital y su arte pictórico.

Dado que ilustrado y torero resulta incompatible para los prejuicios de Mena se trata de retorcer los conceptos y las palabras para presentar una imagen falsificada de Goya, el cual ha pasado de ser manipulado por los marchantes que falsificaban su obra a serlo por los ideólogos del Prado, que tergiversan su figura. Nada nuevo en un ambiente cultural posmoderno donde la Carmen de Bizet ya no es asesinada para no ofender a las feministas de lazo. En el pack "progre" no cabe el disenso pero es el fundamento de la Ilustración. En realidad, un "progre" es un reaccionario que viste de forma descuidada, se alimenta de bazofia pseudo ecologista y ha convertido el arte en un sermón laico.

El reduccionismo de Mena se pone de manifiesto sobre todo cuando analiza la serie sobre Tauromaquia que, afirma, "no son una exaltación de la fiesta nacional sino una crítica a la violencia". Como si no fuese posible considerar que no hay ninguna contradicción entre ser un taurófilo y, a la vez, mostrar que hay elementos de la Fiesta que pueden ser reformados para reducir los elementos de violencia innecesarios. De esta manera, en lugar de ser Goya un enemigo de las corridas, como pretenden Mena y Matilla contra toda evidencia, se convertiría este torero de la pintura en un precursor de las sucesivas reformas que se han producido en las plazas desde su época, como es la posibilidad de los indultos a los toros y la obligación de que los caballos lleven petos.

Que tras este disparate del Prado se esconden prejuicios antitaurinos por los que confunden la Ilustración con ser "progre" lo evidencia que el comisario de la exposición sobre 'Otras tauromaquias' en la Calcografía Nacional sostuvo que "Goya encabezaría hoy la lucha contra la barbarie de la mal llamada fiesta de los toros. Decir que era taurino por su tauromaquia es una osadía". Efectivamente, defender que Goya es taurino por sus tauromaquias es una osadía en estos tiempos en los que el adoctrinamiento de grupos animalistas y progresistas ha conseguido que haya un ministro animalista, José Guirao, en el ministerio que tiene bajo su control la organización y fomento de las corridas. Pero dado que no se atreven a atacar directamente la Fiesta Nacional (no está claro si le molesta más lo de Fiesta o lo de Nacional) organizan estos aquelarres académicos que serían la delicia de un Goya que, no les quepa duda, dibujaría a Mena y Matilla como unos nuevos inquisidores. Argumenta, en un libro editado por Matilla, Blas Benito que

en el fondo, para la apreciación de la Tauromaquia en toda su intensidad la cuestión del posicionamiento del artista no resulta irrelevante, ya que su contenido no es lúdico, tampoco crítico, domina siempre el patetismo trágico.

Lo que no entiende Benito es que precisamente el aficionado supremo, lo que era Goya, comprende de esta manera la tauromaquia, y que es dicho "patetismo trágico" el que eleva lo que no sería sino un divertimento pueblerino en una obra de arte total.

Las Manuelas Menas del futuro también tratarán de hacer creer a las futuras generaciones que El llanto por Ignacio Sánchez Mejías y el Guernica son denuncias de la tauromaquia, para lo que no dudarán en manipular a Lorca y Picasso convirtiéndolos en enemigos de los toros. Entre las últimas litografías realizadas por Goya antes de su muerte en Burdeos se encuentran "El famoso (torero) indio americano Mariano Ceballos", "Bravos toros", "Diversión en España" y "Plaza partida", lo que no está nada mal para ser antitaurino. Necesitamos en España más Ilustración como la de Goya, Picasso y Lorca a la vez que menos ilustrados de pacotilla que conviertan al Museo del Prado en un centro de agit-prop posmoderno.

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