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Iván Vélez

Aquilino Duque (1931-2021)

En los años 60 formó parte de esa lista de jóvenes no franquistas que la Fundación Ford ayudó en el proyecto para una Europa federal y antisoviética.

Iván Vélez
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Conocí a Aquilino Duque el 4 de abril de 2019, tras la presentación que de mi libro, La conquista de México, organizó Francisco José Contreras en la Facultad de Derecho de Sevilla. Una fugaz conversación en las escaleras fue todo lo que dio de sí ese primer contacto. Un año después, el 20 de junio de 2020, tuve la oportunidad de conversar durante una hora, pantallas mediante, en una entrega de Teatro Crítico. Para entonces, quien hasta el momento era para mí un polígrafo de indudable sevillanía, había adquirido un enorme interés, pues su biografía se cruzó con algunos de los protagonistas de Nuestro hombre en la CIA. Guerra fria, antifranquismo: Guerra Fría, antifranquismo y federalismo, libro que el propio Aquilino Duque reseñó, ofreciendo datos para mí desconocidos.

Con la lupa puesta sobre Duque, el regreso a las fuentes manejadas para escribir el libro sirvió para que su nombre emergiera de obras como Los cuadernos de Velintonia, imprescindible referencia para todo aquel que pretenda ahondar en las conexiones entre la oposición no comunista al franquismo y el proyecto de una Europa federal y antisoviética impulsado desde Washington. Tal y como dejó escrito José Luis Cano ya en los tiempos del felipismo triunfante, fue él mismo el que, en el curos de una comida a la que asistieron Pierre Emmanuel y Vicente Gaos, celebrada el 25 de marzo de 1960, dio el nombre de Aquilino Duque, al cabo colaborador de la revista Ínsula que él mismo dirigía, al emisario de la Fundación Ford, entidad que estaba dispuesta a entregar becas y bolsas de viaje a jóvenes no franquistas. Junto a Duque, Cano pronunció los nombres de Jesús López Pacheco, Rafael Soto y Carlos Sahagún, personalidades a las que había que ayudar para que pudieran "trabajar aquí sin la angustia económica". Duque había conocido a Pierre Emmanuel recientemente, durante la cena celebrada el 20 de octubre de 1959 en el madrileño restaurante Zarauz, a la que asistieron, entre otros: Vicente Aleixandre, Gerardo Diego, Pedro Laín, Julián Marías, Aranguren, Torrente Ballester, su admirado Dionisio Ridruejo, Fernando Baeza, Luis Rosales y Leopoldo Panero -a los que frecuentaba en el bar del Instituto de Cultura Hispánica-, Rodrigo Uría, José Ortega Spottorno, Paulino Garagorri, Luis Felipe Vivanco, José Antonio Maravall, Luis Díez del Corral, Ignacio Aldecoa, Jaime Ferrán y Antonio Buero Vallejo.

En arranque de la década de los 60, Aquilino Duque, becado en Cambridge, con un máster cursado en Dallas, se había recuperado del fugaz entusiasmo con el que acogió la revolución castrista, ilusión que quedó definitivamente atrás el integrarse en las estructuras de la ONU en Ginebra. Fue a finales de esos años cuando Duque, que había comprobado con sus propios ojos la realidad soviética, se distanció definitivamente de los movimientos que condujeron a mayo del 68. Las consecuencias son bien conocidas. Aunque obtuvo algunos reconocimientos, Duque sufrió en sus carnes los rigores del sectarismo hispánico. En cuanto a su relación con la política activa, Aquilino Duque estuvo en embrión de Alianza Popular antes de que cuajara como partido político, sin que los cantos de sirena del Jorge Verstrynge de entonces lograran atraerlo a la órbita de Manuel Fraga.

De Aquilino Duque conservo algunos documentos de su archivo que me hizo llegar amablemente. El paralizante tiempo coronavírico impidió que celebráramos una reunión que quedará para siempre pendiente. Sirvan estas líneas como agradecimiento al amable trato que siempre me dio.

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