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Amando de Miguel

La cochina envidia

Algunas personas pretenden dar envidia, cuando ellas mismas son envidiosas de otras personas.

Los pecados capitales clásicos se basan en una pasión, un deseo placentero, por mucho que también pueda acarrear daños. Empero, uno de esos pecados, la envidia, no tiene nada de eso; solo provoca desazón, malestar, reconcomio. Suele caracterizarse por el resentimiento, el típico "quiero y no puedo". No obstante, estamos ante una de las pasiones más comunes en la vida de muchas personas. Lo malo es que no suelen reconocerla. No se explica bien la resistencia general a ocultar el resentimiento, cuando tan humano parece.

La envidia se desprende de una intensa relación entre dos personas próximas. El arquetipo clásico es la de los hermanos Caín y Abel. Se trata de una estudiada reciprocidad: el envidioso anhela ser como la otra persona, la envidiada; y esta disfruta dando envidia a la primera. En el primer supuesto, el más aparente, se traduce en que el envidioso se niega a reconocer los méritos del otro individuo. Dice Fernando Díaz Plaja en El español y los siete pecados capitales: "Una de las cosas más difíciles es elogiar al otro". Tanto es así que reforzamos tales elogios a la muerte del individuo en cuestión. Precisamente, el abuso de las expresiones afectivas en el trato cotidiano ("querido amigo", "estimado cliente", "muy señor mío", etc.) sirve para disimular la resistencia al elogio verdadero.

La unidad mínima de reconocimiento de los méritos de la otra persona (la envidiada) es resistirse a la comparación con ella. Nótese que en castellano la acción de comparar suele estar mal vista. Lo dicen algunas frases hechas: "Las comparaciones son odiosas", "no tiene ni punto de comparación" (para expresar que es algo óptimo), "perdone el comparando".

Aunque analíticamente se distinga el envidioso del envidiado, lo más notable es que ambos papeles pueden darse, simultáneamente, en el mismo individuo, según sean las circunstancias. Es decir, algunas personas pretenden dar envidia, cuando ellas mismas son envidiosas de otras personas. Digamos que se trata de un factor de personalidad, íntimo y profundo.

Aunque nos encontramos ante un pecado general, la envidia se destaca más en ciertos ambientes profesionales muy competitivos: artistas, escritores, profesores, deportistas, políticos, etc.

Insisto en que las relaciones de envidia, en los dos sentidos expuestos, normalmente se dan entre individuos que se hallan próximos por distintas circunstancias. No es envidia la admiración extrema que se siente por una personalidad lejana, conocida solo por su singularidad en la televisión o en otros medios.

Hay muchas estrategias para manifestar la envidia y, al tiempo, disimularla. Una muy simple es la de la persona que da envidia al proclamar que todo lo hace bien, que tiene suerte, incluso buena salud. La parte correspondiente del envidioso es ocultar el sentido profundo o latente de tratar de ser como el envidiado, pero sin que se le note mucho. Eso es, precisamente, lo que se llama resentimiento. Miguel de Unamuno expone magistralmente esa doble operación en su novela Abel Sánchez, un monumento de penetración psicológica. No cabe duda de que el vasco de Salamanca tuvo que representar grandes arrebatos de envidia en los dos sentidos dichos. De esa forma se explica su inmensa capacidad creativa.

Dado que nos encontramos ante una relación de ocultamiento recíproco, se debe anotar que estos procesos explican una gran paradoja: la sociedad española es propensa a todo tipo de envidias, resentimientos y disimulos. Por eso mismo se muestra tan extravertida, simpática y cordial. Valga lo uno por lo otro.

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