
Don Juan Carlos de Borbón cumple este lunes 5 de enero ochenta y ocho años. ¿Dónde festejará, si es que le apetece en sus circunstancias actuales, este aniversario? Ya se sabrá, suponemos. ¡Hola! está muy atenta a esos eventos.
Resulta difícil verlo apoyado en sus muletas con la ayuda de uno de sus guardaespaldas. Cruel es este exilio cuando como español no hay nada que debiera impedirle regresar a nuestro país, el suyo. Otra cosa es comprender de qué manera malgastó su caudal como Jefe del Estado, quien renunció a sus privilegios para estar al frente de la democracia instalada con el paso previo de la Transición. Y entonces nadie le regateó su apoyo y, aunque con sombras todavía en el pasado cuando sucedió en 23-F, don Juan Carlos de Borbón podía sentirse satisfecho de haber cumplido con sus deberes patrióticos. Pero ese importante historial quedaría empañado para muchos con sus errores en las últimas décadas.
La donación de 65 millones
Ha querido don Juan Carlos, puede que equivocándose, publicar unas memorias, bastante descafeinadas, con el título de Reconciliación. Le ha servido para su "mea culpa". Aunque no nos haya descubierto nada nuevo sobre su vida pública. La personal, queda soslayada, con su confesión de haberse equivocado. Y mucho. Con la Reina Sofía, con su hijo pero sobre todo con Letizia. Y no digamos con su última amante, la cortesana con quien estuvo a punto de casarse. Obvia en el libro ese deseo. Los lectores del libro no esperaban que contara intimidades, propias de las revistas del corazón. Pero sí que desvelara asuntos de Estado que no estuvieran sujetos al secreto. O que nos contara mucho más sobre los personajes con quienes se ha relacionado en sus años de reinado.
Decepcionante empeño, salvo para Luis María Anson, cuando otros colegas suyos han dejado claro que para este viaje no se necesitaban alforjas. Por ejemplo, la biografía que firmó José Luis de Vilallonga resultó más interesante. Sólo los jóvenes que no vivieran los últimos años del franquismo y la Transición pueden enterarse con la lectura de Reconciliación de cuanto su autor relata más o menos minuciosamente lo que a él le interesa. Pedirle que fuera más explícito sobre el 23-F o qué distanciamientos tuvo con su padre, sería entre otras carencias lo más reprobable.
Dejando de lado sus intimidades amatorias, sí que existe un asunto que él también obvia: la donación que hizo a Corinna Larsen por importe de ¡sesenta y cinco millones de euros! Ello ocurrió en 2012. Dinero que procedía del rey Abdalá de Arabia Saudí, canalizado a través de una fundación panameña que la mencionada cortesana justificó como un regalo de don Juan Carlos "como no solicitado por mí, motivado por amor y gratitud", dijo ella, añadiendo que era para asegurarse su futuro y el de su hijo. Se procedió en Suiza a una investigación que pretendía determinar si esa abultada cantidad de euros procedía de comisiones del AVE a la Meca, supuestamente relacionadas con Juan Carlos I. Esa comisión no pudo encontrar pruebas definitivas al respecto.
Se dijo que Corinna Larsen hizo firmar a don Juan Carlos un documento para que la donación que ella recibió de sesenta y cinco millones de euros fuera irrevocable. Fondos que llegaron a manos de la mencionada amiga desde una cuenta suiza vinculada a una fundación panameña (Lukun/Lacum), tras la transferencia que el rey de Arabia Saudí realizó para que la recibiera don Juan Carlos. Insistimos en que en sus memorias, él silencia tan importante episodio.
Cazado en pelotas
Un personaje como don Juan Carlos, apodado "El Campechano" por un líder de la radio, tiene un anecdotario amplísimo, del que podía haber echado mano sin que el libro perdiera rigor. Hay capítulos en blanco que hubieran resultado tan amenos como interesantes, por ejemplo las veces que los "paparazzi" lo captaron con sus potentes cámaras en pelota picada, sobre la cubierta de su barco. El asunto no es baladí, y no ha querido referirse a él en sus memorias. Y no lo es porque desde el mismo lugar donde los reporteros enfocaban sus objetivos, podrían haber estado terroristas capaces de atentar contra el Jefe del Estado. Eso, a pesar de la cantidad de agentes especiales desplazados en verano en aguas mallorquinas.

Uno de esos avezados "paparazzi" de larga carrera profesional, Antonio Montero revelaba algunas de las veces que junto a otros compañeros consiguieron pillar al entonces Rey en paños menores. Desde luego terminarían descubiertos por los agentes policiales, pero ya cuando tenían un montón de carretes con las imágenes de don Juan Carlos. Material que escamotearon en parte. Parte del cual quedó en cajones secretos de alguna revista, sin que se publicaran, y también en manos de un abogado de la Asociación de la Prensa. Algún "paparazzi" traicionó a sus compañeros, los que habían renunciado a que aquellas fotografías vieran la luz, para malvenderlas a cierta revista italiana de poco prestigio, que dio en portada y páginas interiores imágenes del monarca tal y como su madre lo trajo al mundo. Se permitía el citado Montero apostillar que don Juan Carlos podía sentirse orgulloso al estar bien dotado por la Naturaleza.
Se tiró en plancha al suelo en una recepción
La peña periodística Primera Plana, de la que fui uno de sus fundadores a partir de 1973, se dio a conocer por sus premios anuales, los Naranja y Limón, que se concedían tanto a personajes afables con la prensa como los contrarios. Y en 1996 le otorgamos a don Juan Carlos un Naranja Especial. En viajes o en actos públicos, el Rey siempre acentuó su disposición, y buen humor si la ocasión lo requería, para departir con la llamada en broma "canallesca". Tengo anotado en un polvoriento ya diario que fue el martes 28 de mayo del citado año cuando los componentes de la mencionada peña fuimos citados para acudir a una recepción regia. Tiempo acordado, media hora. Resulta que don Juan Carlos estaba tan a gusto que canceló la siguiente cita extendiendo media hora más el encuentro con los periodistas.
Fui testigo aquella tarde de un hecho como poco pintoresco, inusual, sorprendente. Casi todos los peñistas se hallaban conversando a lo largo del salón del Palacio de la Zarzuela, ajenos a cuanto ocurría en un rincón donde el Rey departía con Carlos Herrera, encontrándome yo en esos instantes próximos a ambos. Tras interesarse por su salud y en concreto alguna de sus últimas caídas en la nieve, Herrera hizo mención a una de aquellas ocasiones en las que don Juan Carlos fue objeto de aquellas fotografías indiscretas, en bolas. Al momento, él aludido dijo: "¡Ah, no, a mí ninguno de vosotros me habéis cogido de improviso sin ropa en el barco tomando el sol!" Acto seguido se tiró al suelo, en plancha, como si quisiera realizar un ejercicio gimnástico. Y así estuvo sobre la alfombra al menos dos minutos. Nadie de los reunidos, salvo Carlos y yo, contemplamos incrédulos aquella escena. Si hubiera sido registrada fotográficamente, tendría su consiguiente importancia. Pero a los miembros de la peña Primera Plana se nos había exigido que no lleváramos cámara alguna.
Se incorporó de pie nuevamente y don Juan Carlos ya continuó de grupo en grupo departiendo con la cordialidad de siempre. Entre algunas minucias, recuerdo que nos dijo que casi nunca llevaba dinero encima, lo que le ocasionó a veces algún contratiempo. Y también que no toleraba que nadie a su servicio lo ayudara a terminar de vestirse y mucho menos a hacerle la maleta cuando se iba de viaje.
Salimos de la Zarzuela muy complacidos. Yo mucho más y presumo que también Carlos Herrera, espectadores mudos un par de minutos ante la espontánea reacción del Rey. Por cierto: el locutor almeriense, que luce buena pluma en sus artículos semanales de ABC, tenía a punto un libro sobre don Juan Carlos para darlo a la imprenta, fruto de sus conversaciones con él, alguna en Abu Dabi. Pero el monarca le pidió que esperara un tiempo para publicarlo. Sería probablemente de interés si Carlos se decide algún día a que vea la luz.


